jueves, 20 de julio de 2017

La RAE ahora también se ocupa de pospelotudeces

La RAE, siempre atenta al habla de los locutores, ha decidido aceptar un neologismo traducido directamente del inglés para su inclusión en el “nuevo” diccionario virtual. Eso cuenta el siguiente suelto sin firma, publicado en el diario El Espectador, de Colombia, el pasado 29 de junio.

La RAE incluirá en su diccionario la palabra "posverdad"

La "posverdad", una palabra que se ha popularizado no solo en el país con el proceso de paz entre el Gobierno y las Farc sino también internacionalmente con la era de Donald Trump, será incluida en el diccionario de la Real Academia Española en diciembre, según lo anunció este jueves su director, Darío Villanueva.

"Aparecerá a finales de año como neologismo en la primera actualización de nuestro Diccionario de la lengua española, ofrecido gratuitamente en la red", indicó Villanueva citado en un comunicado.
Posverdad refiere "a toda información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público", explicó el comunicado.

El término es una traducción de la expresión inglesa "post-truth", que fue elegida como palabra del año por el diccionario Oxford en noviembre pasado, ante la popularización de su uso en el contexto de la votación del Brexit y las elecciones que ganó Donald Trump en Estados Unidos.

En una conferencia sobre "Verdad, ficción, posverdad", Villanueva indicó que este último término, "interesante a la vez que preocupante", tiene antecedentes políticos y literarios, por "el potencial (...) que la Retórica tiene para hacer locutivamente real lo imaginario, o simplemente lo falso".

El creciente uso de la palabra es una señal de que en la actualidad "lo real no consiste en algo ontológicamente sólido y unívoco, sino, por el contrario, en una construcción de conciencia, tanto individual como colectiva", agregó.

miércoles, 19 de julio de 2017

Un Quijote brasileño

La historia de una muy exitosa traducción del portugués al castellano de Don Quijote, el libro escrito por Miguel de Cervantes y publicado en Madrid en 1605/1615, que fue adaptado para el público infantil en 1936 por el famoso editor/escritor/traductor brasileño Monteiro Lobato y publicado con el título Dom Quijote das Crianças fue el tema de la reunión de ayer del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

Gracias a Silvia Cobelo, nos enteramos de que la obra que ya había llegado a varios países de habla portuguesa, fue traducida en Buenos Aires en 1937 por Benjamin de Garay (editorial Claridad). Luego, en 1944 hubo otra traducción, Don Quijote de los niños, firmada por el hasta hoy desconocido(a) M.J. de Sosa, en una edición que integró una colección infantil (26 libros) de Americalee y después, por Losada, en la esa versión que conquistó Argentina y toda América Hispana. Actualmente la editora Losada está republicando esa misma colección infantil, con las traducciones originales, pero con nuevas ilustraciones.

Próximamente podrá verse el video de esta charla.


Silvia Cobelo es traductora literaria (portugués, inglés y castellano) y guionista graduada por la UCLA. Nacida en Buenos Aires y radicada en San Pablo desde 1966, se especializó en traducciones y adaptaciones de las obras de Cervantes, con investigación de maestría y doctorado [FFLCH-USP] sobre la recepción de Don Quijote en Brasil. Actualmente investiga las adaptaciones intersemióticas para el Carnaval, además de películas, obras de teatro y otros elementos semióticos. Investigadora senior en tres grupos de investigación del CNPq: GREAT (Grupo de Estudio de Adaptación y Traducción) liderado por el Dr. John Milton (USP); Estudios y Traducciones del Teatro Español Clásico y Contemporáneo dirigido por el Dr. Miguel Ángel Zamorano Heras (UFRJ) y Cervantes: poética, retórica y formas discursivas en España de los siglos XVI y XVII, encabezado por la Dra. María Augusta da Costa Vieira (USP). Miembro activo de asociaciones españolas/cervantistas y Estudios de Traducción/Adaptación, participa en los principales eventos y publicaciones dentro de esos campos. Sus trabajos han sido incluidos en diversos libros. Ha producido de guiones originales, además de crónicas, cuentos y novelas.

martes, 18 de julio de 2017

La edición, "unas gotitas de Walter Benjamin", etc.


Damián Tabarovsky publicó la siguiente columna en el diario Perfil, el 2 de julio pasado. En ella se refiere a una nota que Daniel Gigena les hizo a Patricia Piccolini y Alejandro Dujovne en el diario La Nación  el 27 de junio de este año y que fue subida a este blog el 4 de julio que pasó. Parece todo muy difícil, pero si lo piensan un poco, verán que no. Y vale la pena leer ambas notas en secuencia.


Una nota en el diario

¿Cuándo fue que la edición se puso de moda? No lo sé. Sé, en cambio, que la carrera de Edición es la que más inscriptos ha tenido en los últimos años en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Lo sé por un muy buen artículo de Daniel Gigena, aparecido el domingo pasado en Ideas de La Nación. Es una entrevista conjunta a Patricia Piccolini, directora de esa Carrera, y a Alejandro Dujovne, investigador del Conicet, uno de los coordinadores del Núcleo de Estudios sobre Historia y Sociología del Libro y la Edición. La sola presencia de esa nota en un medio masivo puede ser pensada como un síntoma: el de la posibilidad creciente y bienvenida de pensar la edición como un objeto relevante, en el cruce de la cultura, la ideología, la política y la economía, es decir, en el corazón de la episteme de una época. Pocas cosas me interesarían más que leer una buena historia de la edición argentina en ese registro (también de otros países latinoamericanos, como México). Es tal vez éste un momento incipiente, pero la aparición de esta preocupación no deja de interesarme sobremanera. Hubo un tiempo (¿cuánto hace?, ¿veinte años?, ¿treinta?) en que la carrera de Comunicación Social de la UBA se debatía entre un perfil, predominante en esa época, más bien técnico (básicamente: formar empleados para la comunicación de masas, a los que se les daba de paso unas gotitas de Walter Benjamin), y uno más intelectual, más crítico (posición que entonces no llegó a prosperar por múltiples razones, entre ellas por la baja erudición del plantel docente que defendía esta postura, cuya mayoría también había consumido sólo unas gotitas de Walter Benjamin). Con el paso de los años, por razones que me exceden, la situación parece haber cambiado. Hablo con la impunidad que me da la lejanía. Pero precisamente desde esa lejanía puedo observar dos rasgos muy interesantes. Por un lado, una evidente vocación política de muchos de los cuadros surgidos de allí (pienso en la importancia que tuvo esa carrera en la redacción y el debate de la Ley de Servicios Audiovisuales, ley que fue dada de baja de manera tan esperable como oprobiosa por Macri) y en la aparición de egresados que se suman al mundo cultural, mucho más allá de la comunicación en sentido estricto (conozco editores, escritores, directores de cine, etc., egresados de allí). Quizás a los estudios sobre edición les toque lo mismo, y poco a poco se vaya abandonando una mirada técnica y, en el mismo horizonte que el Núcleo de Estudios…, pueda surgir una generación que comience a pensar la edición de manera crítica, como un prisma que permite ver el estado de la cultura en un momento dado.

Entre tanto, en la nota, Dujovne vuelve una y otra vez, con absoluta razón, sobre el histórico déficit de políticas públicas sobre el tema (que incluye, desde el vamos, la promoción de la lectura). No se trata sólo de la clásica demanda (por cierto justa) de los (pequeños) editores ante la ausencia de subsidios y subvenciones a la edición, ni tampoco de la también justa percepción de que el ajuste brutal llevado a cabo por Macri, en alianza con la inmensa mayoría de la clase política, pone en riesgo el mercado editorial (¡muéstrenme un país con un universo editorial activo sin un mercado interno con capacidad de consumo!), sino también de intentar pensar críticamente los efectos socioculturales de esa situación.

lunes, 17 de julio de 2017

"La lengua no es solo un medio de comunicación."

El pasado 26 de junio, la agencia TELAM subió a su portal la siguiente entrevista sin firma, con la filósofa y traductora francesa Barbara Cassin, por entonces de visita en Buenos Aires.

Hay que erradicar la creencia 
de que hay lenguas mejores que otras

Barbara Cassin (Parí­s, 1947), una de las principales pensadoras francesas contemporáneas, se mueve en una escena heterodoxa que bucea en las raíces de la filosofía antigua para pensar conflictos del mundo contemporáneo: así lo hizo por ejemplo en Googleame (2008), un texto que analiza las relaciones entre las corporaciones, los estados y las democracias a la luz de las configuraciones planteadas por el famoso motor de búsqueda fundado en 1998 por Larry Page y Sergey Brin.

Discípula del filósofo alemán Martin Heidegger y en la actualidad directora del Centro León Robin que depende de la Universidad de la Sorbona, esta doctora en Filosofía y Letras ha escrito también textos como El efecto sofístico y Nuestros griegos y sus modernos, en los que trabaja la influencia de la sofística en la historia del pensamiento, el psicoanálisis, la polí­tica o la literatura.

Cassin llegó en estos días a Buenos Aires invitada por el Instituto Francés en la Argentina para participar de la presentación del libro Un pasado criminal –una colección de ensayos sobre la memoria colectiva– y para disertar en La Noche de la Filosofía, con una ponencia centrada en la traducción, otro de sus focos temáticos. En diálogo con Télam, la filósofa francesa se refirió a su texto “Decir la verdad, producir la reconciliación, fallar en la reparación”, incluido en la compilación del politólogo argentino Lucas Martin, que pone en diálogo el proceso que inició en 1995 la sociedad sudafricana para saldar cuentas con el régimen del apartheid con los juicios a las Juntas Militares llevados adelante en la Argentina para juzgar a los responsables de la última dictadura militar.

–El libro Un pasado criminal se abre con un ensayo suyo en el que revisa el proceso que llevó adelante el estado sudafricano para dejar atrás los traumas que generó el apartheid ¿Cómo evalúa este proceso que privilegió el esclarecimiento de los crímenes de Estado por sobre el castigo a sus responsables?
–La Comisión para la Verdad y Reconciliación fue un invento extraordinario que llevó adelante el estado sudafricano en un momento particular donde no había vencedores ni vencidos. Esta instancia fue elegida para evitar un tribunal como el de Nuremberg, porque si se hubiese dado un proceso similar al de esa ciudad alemana de seguro hubiera ocurrido un baño de sangre: las fuerzas del orden eran bóers, es decir, pertenecían a un gobierno que nunca había sido elegido por elecciones libres. Si estas fuerzas intuían que iban a ser condenadas, otra clase de proceso hubiera sido imposible. El propósito de la Comisión fue articular la verdad para la reconciliación y recoger los pedidos de amnistía. Para que un acto sea amnistiable se necesitan tres condiciones: que haya sido cometido en un lapso del tiempo definido –el tiempo del apharteid–, que esté ligado a un hecho político y que sea enteramente revelado. Esta última condición fue genial porque obligó a los perpetradores a decir la verdad para ser amnistiados. Si hubiese habido una justicia punitiva, en cambio, estos hombres hubiesen escondido para siempre lo que hicieron. Por otro lado, esta instancia estuvo encadenada con el accionar de la Comisión de Reparación, que decidía en cada caso cómo retribuir la pérdida de un padre, un hijo, etcétera. Ninguna reparación es digna de ese nombre pero hubo una tentativa interesante de hacerle pagar a las empresas y a las instituciones el daño provocado.

–¿Qué relación se puede establecer entre el modelo aplicado en Sudáfrica y los criterios que guiaron el Juicio a las Juntas de la dictadura militar argentina?
–Argentina y Sudáfrica afrontaron de manera distinta la relación con su pasado. En definitiva, fueron contextos diferentes los que hicieron optar por modelos distintos, uno con más énfasis en la justicia y el otro en la verdad. En el caso sudafricano, la consigna fue toda la verdad a cambio de la libertad. Se pensó en una justicia transicional antes que en una justicia punitiva. En la Argentina, en cambio, el juzgamiento a los militares que cometieron delitos durante la dictadura se realizó en el marco de un proceso judicial normal. Por lo tanto, los perpretradores de esos crímenes hicieron todo lo posible por ocultar esos crímenes. Como el procedimiento no fue hecho para que la verdad sea dicha sino para impartir justicia, la verdad quedó finalmente relegada. Más tarde se podría haber pensado en castigos más laxos a cambio de un mayor nivel de confesión, pero igual no hubiera tenido el mismo efecto de verdad.

–Usted ha acuñado el concepto de globish, que designa el proceso de homogenización en los usos de los lenguajes nativos producto de su relación con el buscador Google. ¿Cuáles son sus alcances y en qué medida su masificación puede generar a futuro una depredación de las identidades culturales?
–El concepto de globish surge en mi libro Los intraducibles. Lo escribí porque empecé a percibir en Europa la aparición de dos enemigos: por un lado precisamente el globish, es decir, la homogeneización a través de una no lengua, mejor dicho, de una lengua de nadie, que se puede percibir como un producto del capitalismo. Si uno mira sus efectos, el globish sirve para ordenar y producir jerarquías. Creo que no es descabellado pensar en la amenaza de un lenguaje único de la comunicación. Contra ese riesgo, creo que todos deberíamos manejar una segunda lengua además de la materna. El globish es un lenguaje de servicio pero no una lengua para la transmisión de una cultura. Está basado en el inglés pero no debe confundirse con él. El segundo peligro que detecto es el del nacionalismo ontológico. A la manera de Heidegger, el peligro de arraigar una lengua a una nación, a una raza. Hay que erradicar la tendencia a creer que hay lenguas mejores que otras, más aptas para decir el ser. Esto se entronca con lo que decía antes: la lengua no es solo un medio de comunicación. Produce cultura. Por eso creo que es necesario complejizar la relación entre lengua y nación. Y eso no se logra ni con el globish ni con el arraigo en una lengua.

–¿Por qué a diferencia del mito babélico de la disparidad de lenguas como disparador para la incomunicación usted cree que merece reinvidicarse la diversidad de idiomas y dialectos?
–Se necesita de la diversidad de lenguas, como parte de la diversidad de los ciudadanos. Las palabras tienen historias que nos permiten una mejor comprensión de lo que significan y cómo podemos utilizarlas. Cada palabra es el resultado de una historia y una serie de representaciones, pero solo adquiere su significado, que designa una cosa y no otra, en su diferencia con otras palabras de la misma lengua.


viernes, 14 de julio de 2017

Síganla, no los va a defraudar...

Julia, antes de la elección de CADRA
cuando todavía viajaba en colectivo.

Finalmente, la elección para elegir la nueva junta directiva de CADRA tuvo lugar y triunfo el bien. Así que, gracias a los traductores asociados que la votaron, Julia Benseñor es la primera traductora en ocupar un cargo dentro de la institución.

El breve discurso que envió cumplimentado el trámite es éste:

"Les agradezco el apoyo. Aprovecho para decirles, sobre todo a los que no me conocen, que me postulé con el compromiso de representar a los traductores y para aprovechar ese espacio integrado por editores y autores para visibilizar nuestra tarea y generar iniciativas que lleven al reconocimiento y a la mejora de  nuestras condiciones de trabajo."

En síntesis, de eso se trata: de trabajar conjuntamente para visibilizar nuestra tarea e intentar hacerles comprender fundamentalmente a los editores, mayoría en CADRA, la dificultad de nuestra labor, la necesidad de reglas claras, tarifas adecuadas a la realidad y el debido respeto que merecemos. Ojalá Julia pueda llevar a ese foro estas reivindicaciones.

Como nota al pie, vale la pena decir que sorprende que, a la fecha, sean tan pocos los traductores asociados a esta institución, encargada de recolectar los derechos reprográficos de las obras que producimos. Sobre todo, cuando estar asociado (trámite mínimo en verdad) redunda en que todos los años se nos pague religiosamente un porcentaje de lo recaudado, sin que tengamos que hacer prácticamente nada.


jueves, 13 de julio de 2017

Otra noticia de mierda para promediar la semana

Thomas Rabe (al centro) y miembros de su banda. Nótese en la izquierda la
expresión satisfecha, como para enfrentar el futuro, de Markus Dohle


Ayer, 12 de julio, Silvia Friera publicó en Página 12 un suelto a propósito de lo que está ocurriendo en Penguin Random House. Los lectores que quieran corroborar cuánta gente se queda sin trabajo pueden leer esta nota, en sintonía con la publicada el lunes 10, donde se desmentía a Markus Dohle, consejero delegado de la empresa, quien afirmaba que, con la anexión de Ediciones B al grupo, no iba a haber despedidos.

Más cambios en la industria editorial

Los movimientos sísmicos se propagan concéntricamente. Hay terremoto cuando esas vibraciones llegan a la superficie. Los desplazamientos al interior de la principal empresa editorial del mundo, que vende anualmente unos 800 millones de libros, no afectarán la autonomía de las 250 casas editoriales, distribuidas en cinco continentes, que publican más de 15.000 títulos nuevos cada año y facturan 3.400 millones de dólares. Los números, a simple vista, impactan por su magnitud. Hace una semana, Penguin Random House (PRH) finalizó la adquisición de los sellos de Ediciones B, antes propiedad del Grupo Zeta, que compró por 40 millones de euros en marzo. El grupo de comunicación alemán Bertelsmann anunció ayer que aumentó su participación del 53 al 75 por ciento en el grupo editorial PRH. El grupo británico Pearson, que controlaba el 47 por ciento del grupo, ha reducido su participación al 25 por ciento. La sorpresa “en la escala de Richter” la constituye el hecho de que Pearson había declarado, a principio de este año, que analizaba ceder la totalidad de su participación en esta empresa creada el 1° de julio de 2013, tras la fusión de Random House (Bertelsmann) y Penguin (Pearson).

El valor total de Penguin Random House, para esta operación, se fijó en 3.550 millones de dólares. Pearson informó que la venta de su participación, combinada con una recapitalización de esta editora, le daría un ingreso medio de 968 millones de dólares. En abril de 2018 cobrará 66 millones adicionales. Pearson, que sigue a pie juntillas el libreto neoliberal, esgrimió que sus cuentas no cierran por las dificultades de su actividad educativa de alto valor agregado en Estados Unidos. “Ajustar” es el verbo que mejor conjugan en todos los modos y tiempos. En enero de 2016 suprimió 4.000 puestos de trabajo para hacer frente a la desaceleración de la demanda. La empresa británica había reorientado sus actividades hacia el sector educativo luego de la venta en 2015 del diario Financial Times y de su participación en The Economist.

“La de Penguin Random House es una historia exitosa. Hemos completado la integración en poco tiempo; el grupo es el número uno por excelencia en todo el mundo en el sector de las editoriales”, declaró Thomas Rabe, presidente de Bertelsmann. “El negocio de los libros forma parte de la identidad de Bertelsmann desde hace más de 180 años. La transacción es muy atractiva desde el punto de vista económico, dado que la participación en beneficios de los accionistas de Bertelsmann aumentará en más de 60 millones de euros”, agregó Rabe. El grupo alemán se asegura con la mayoría del 75 por ciento más derechos de gobierno en Penguin Random House, que tendrá que nombrar al presidente del consejo de administración próximamente. Markus Dohle, miembro del comité ejecutivo de Bertelsmann y consejero delegado de Penguin Random House desde la fusión, seguirá dirigiendo la empresa. “Todo lo que Bertelsmann y Pearson han negociado y decidido es el símbolo de continuidad y estabilidad para Penguin Random House; por eso es también la mejor solución posible para autores, socios, editores y todos los empleados”, planteó Dohle.

PRH, que publicará los libros de Michelle y Barack Obama, ha editado la saga Game of Thrones (Juego de tronos) de George R.R. Martin y muchos otros best sellers como Cincuenta sombras de Grey de E.L.James y El código Da Vinci de Dan Brown. En el plantel hay 70 premios Nobel de Literatura, entre los que se destacan Alice Munro, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, José Saramago, Doris Lessing, J.M.Coetzee, Orhan Pamuk, V.S.Naipaul, Gunter Grass, William Faulkner, Ernest Hemingway, Elfriede Jelinek, Herta Müller y Svetlana Alexiévich.

miércoles, 12 de julio de 2017

Algunas observaciones basadas en la experiencia y dos reflexiones antipáticas

1) Se traduce un texto difícil, se busca remedarlo de la mejor manera posible. Aparentemente, se logra. Todo el mundo dice que se lee bien, que no suena a traducido. Luego, alguien, en un diario o revista, habla sobre el estilo del autor en cuestión, como si no hubiese mediado nadie entre el original y el texto en castellano. El traductor fue borrado por completo. Su trabajo es del todo invisible. De hecho, su nombre ni siquiera está en la cubierta del libro.

2) El texto difícil viene precedido por un prólogo, especialmente encargado por el editor. El traductor, ahora devenido prologuista, encuentra una serie de datos que nunca antes habían sido difundidos. Son frutos de su propia investigación. Firma esos datos con su nombre, sin olvidar poner cuáles son las fuentes de las que los obtuvo. Luego, se hace la reseña del libro y ésta reproduce puntualmente todo lo que dice el prólogo, pero no menciona que esos datos fueron puestos al alcance de todos por el prologuista que, recuérdese, es el mismo traductor. A los que escriben la reseña no se les mueve un pelo. De hecho, buena parte de los lectores los considera "gente culta".

3) Se estrena un espectáculo en el cual el traductor ha trabajado durante muchos meses. El resultado es correcto, incluso digno, y para la mayoría de los espectadores, la única referencia posible de un original desconocido. Los críticos van a ver el espectáculo, elogian al director, elogian a los intérpretes. Hablan del texto como si éste hubiese sido escrito originalmente en castellano. Nadie menciona que la materia sobre la que ellos trabajaron es un texto traducido de un original en otro idioma. Mucho menos se menciona el nombre de quien tradujo.

Los traductores viven de su trabajo y la única herramienta con la que cuentan para seguir trabajando es el módico prestigio que puedan alcanzar gracias a su esfuerzo. Si los "críticos" –para llamar de algún modo a esa cáfila que comenta contratapas en los suplementos literarios– no se dan cuenta de que un texto traducido es el fruto del trabajo de alguien, tal vez valdría la pena hacer algo más para sensibilizarlos. Por caso, enseñarles a leer.  

Mientras tanto, hay colegas que padecen états d'âme y se rasgan las vestiduras discutiendo sobre la necesidad de la invisibilización del traductor. Es posible que vivan de otra cosa. O tal vez se casaron bien.