viernes, 16 de febrero de 2018

Cuando los clásicos huelen a estafa

En la cadena de  Yenny-El Ateneo y en la cadena Cúspide, del Grupo Clarín –que son a las librerías lo que MacDonalds a los restaurantes– pueden verse los libros que ilustran esta entrada.

Se trata de obras escogidas de autores clásicos, todos muertos hace más de setenta años, por lo que para publicarlos no hay que pagar derechos de autor. Son de Edimat Libros, casa española, fundada en 1991, "como continuación del negocio familiar que don Augusto Mateos López inició hace más de cincuenta años en la calle General Álvarez de Castro, 14, sita en Madrid, España", según se lee en la presentación que la editorial hace de sí misma en su sitio web (http://www.edimat.es/sobre_nosotros.php).

Siempre según la publicidad, "en estos casi veinticinco años, Edimat Libros ha publicado más de cuatro millones de ejemplares de un fondo de aproximadamente tres mil títulos, estando presentes tanto en España como en todos los países de Latinoamérica y en Estados Unidos. Para ello cuenta con una activa red de distribuidores nacionales en los diferentes países o bien mediante relación directa desde la central de Madrid, España, con los clientes finales (librerías, grandes cadenas, etc.)".

No es todo. El texto continúa así: "Desde su inicio, la meta que Edimat Libros se propuso fue crear colecciones populares en las que tuviesen cabida los temas más variados: los clásicos universales de la literatura, donde la narrativa, el teatro, la poesía, la filosofía y el ensayo nos acerquen  a sus autores. En ellos podemos encontrar desde los clásicos Homero y Virgilio hasta autores de nuestros días como Federico García Lorca. Los libros ilustrados de las más diversas materias: enciclopedias de automóviles, barcos, motocicletas, pistolas, de animales, todos ellos con magníficas ilustraciones y fotografías a todo color". 

Si el lector no vomitó hasta ahora, puede hacerlo cuando, después de hojear la página de los créditos de las obras traducidas que publica Edimat Libros se tope con la siguiente leyenda sobre la traducción: "Realizada o adquirida por equipo editorial". 


El detalle en cuestión es que en ninguna parte se menciona quiénes forman parte del "equipo editorial", lo que permite sospechar que se trata de una traducción "fusilada"; vale decir,  copiada de una fuente que se nos oculta deliberadamente, o levemente adaptada a partir de otras traducciones  que existen en el mercado, cuidando de cambiar aquí o allá alguna palabra para evitar demandas judiciales. La práctica no es nueva, pero sí deshonesta, y condena a los traductores al más absoluto anonimato... para no decir que es una manera de publicar el trabajo ajeno sin pagarlo.

Lo que sí consta es el nombre de Francisco Caudet Yarza (foto), pintoresco autor de la introducción de las antologías de Flaubert, Jack London, Lewis Carroll, Tolstoi y todos los demás.

Puesto a buscar en Internet, uno descubre que Francisco Caudet Yarza (Barcelona, 1939) "ya en la infancia manifiesta su inclinación hacia la literatura y se apasiona con la lectura de clásicos franceses y rusos (Dumas, Tolstoi, Verne), autores que simultánea con los españoles de la novela de kiosco como Mallorquí, Donald Curtins, Mark Halloran y otros, en especial Guillermo López Hipkiss con el que se identifica de tal modo que, pasado el tiempo y siendo ya un profesional de la novela popular, reconoce que él ha sido el auténtico detonante de su vocación literaria". Cuando uno piensa que ya leyó mucho disparate todo junto se sorprende al enterarse de que hay más: Caudet Yarza "debuta en 1965 en el mundo de los 'bolsilibros' con la madrileña Editorial Rollán que le publica su primer original en la legendaria serie FBI, con el título de Enigma. Dos años después, la barcelonesa Bruguera le ofrece un contrato de colaboración en exclusiva para novelas de bolsillo, empresa que comercializa durante años sus originales que  rozan los cuatrocientos títulos y que firma con el más conocido de sus seudónimos: Frank Caudett. Con el devenir del tiempo incursiona en otros ámbitos literarios y publica con diferentes editoras, entre ellas Edimat, Libsa, Planeta, Ediciones Obelisco, etc. Algunas de sus obras más significadas son Al correr del tiempo..., Generaciones castradas, Historia Política de Cataluña 1880-1936, Las profecías de Nostradamus, Franco: resumen biográfico y es autor, junto con su esposa, la documentalista María José Llorens, del primero libro sobre la Ouija que se publica en la España de la transición. Desde varios años colabora con un holding editorial sudamericano". 

Para quien desee enterarse, Caudet Yarza, alias Frank Caudett, es también Frankie Cauyarz, Kyle Brown, Michael Bannister, Montana Blake, Ariel Sinclair y Winston McNeil. En una de ésas, en sus ratos libres también puede que sea Mariano Rajoy.

Ahora bien, todo esto sería simplemente grotesco si no contribuyera a la deshonestidad de los responsables de estos engendros. En todo el mundo existen ejemplos de ediciones populares honestas, prologadas por especialistas y con el debido crédito dado sus traductores. Pero aquí todo suena a estafa: libros prologados por una misma persona que tanto puede ocuparse de Flaubert como de Nostradamus y Franco (para no hablar de los "galanes míticos del cine", de "los mejores refranes", de las "leyendas de Japón", etc., etc., etc.), en ediciones en las que no se consigna traductor ni el nombre del "equipo editorial", expuestas en los supermercados de libros como ristras de chorizos a precios falsamente bajos porque, de hecho, comprar una buena traducción no cuesta mucho más que los A$R 349 (unos € 17) que valen en las cadenas .

En síntesis, una porquería por donde se lo vea. Y ojalá todo esto no perturbe la ilustre memoria de don Augusto Mateo López, que en paz descanse ya sea que esté vivo o muerto.



jueves, 15 de febrero de 2018

Una "nuez" donde debería haber una "avellana"

El 19 de noviembre del año que pasó, el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán publicó en el diario La Tercera, de Chile, una entrevista con la escritora estadounidense Lydia Davis, también traductora de una de las más celebradas versiones de Madame Bovary al inglés.

Lydia Davis, traductora

En el mundo hispanoamericano Lydia Davis es conocida sobre todo como una cuentista excepcional que ha renovado las formas del género y una estilista admirable. No se sabe mucho del hecho de que es también una traductora de peso que ha llevado al inglés la obra de Blanchot y las cumbres de Flaubert (Madame Bovary) y Proust (el primer volumen de En busca del tiempo perdido). La semana pasada estuvo de visita en Cornell, para hablar de traducción y de los múltiples problemas técnicos asociados a esta.

Delgada y de gafas, Davis parece más una académica jubilada que una escritora. Apenas se pone a hablar, uno descubre que no está tan errado: su obsesivo interés en la traducción une la pasión por el lenguaje con el trabajo riguroso del filólogo. A los 20 años ella ya hablaba seis idiomas; hoy, con 70, se ha puesto a aprender el occitano y también traduce para The Paris Review textos de autores holandeses (A. L. Snijders) y suizos (Peter Bichsel) que le interesan particularmente. Para traducir Madame Bovary leyó trece de las veintidós traducciones al inglés que existen (“lo bueno de traducir una novela como esa es que así puedes escribir un clásico”). Después de que se publicara su traducción de Proust, hizo 1500 correcciones para la edición de bolsillo y 800 más para una edición inglesa. Publicar un libro no la detiene: hace poco revisó una reciente y muy celebrada traducción de Madame Bovary, la de Adam Thorpe, para ver en qué había mejorado él la de ella (“no quiero sonar muy posesiva”).

Traducir es para Davis desaparecer en el estilo de un autor y regresar con una sensibilidad alterada por la visita: no se sale indemne de Flaubert o Proust. Davis respeta incluso los errores en el texto (hay un momento en Madame Bovary en que Flaubert menciona a cuatro personajes que van de viaje, pero luego, en las descripciones, solo habla de tres). Proust es más difícil de traducir; una sola de sus frases monumentales podía tomarle un día entero. De Flaubert descubrió su amor por las aliteraciones y el punto y coma, su brillantez para modular el punto de vista y para usar el imperfecto (esto se pierde en inglés, pues para evitar el uso frecuente de “would” hay que cambiar el tiempo al pasado simple).

La escritura de Davis es también una reacción a sus traducciones. Alguna vez tradujo una mediocre biografía de Marie Curie (“¡tantas maravillosas frases pésimas!”), y luego separó las frases pésimas que más le gustaban y las fue uniendo hasta convertirlas en un cuento. Sus microrrelatos de una frase pueden leerse como reacciones a los estilos opulentos de un Proust. En Ni puedo ni quiero (Eterna Cadencia, 2015) hay trece cuentos que partieron como traducciones literales de fragmentos de las cartas de Flaubert a Louise Colet, para luego ser modificados levemente por Davis y convertidos en sus propios cuentos (Davis se arrepiente de algunas de estas modificaciones: en “La lección de la cocinera”, el “triple imbécil” de Flaubert se convirtió en “imbécil”, pero ahora cree que debió ser “tres veces imbécil”).

Davis reconoce que en sus traducciones hay errores todavía no corregidos (en Madame Bovary hay una “nuez” donde debería decir “avellana”). Cuando revisa su labor, la frase que la guía es: “podía haberme acercado más al original”. No es tanto confesar una derrota como aceptar que la traducción es solo una interpretación, un acercamiento, y que siempre hay espacio para las mejoras, sobre todo si quien se encarga de la labor es una perfeccionista.

miércoles, 14 de febrero de 2018

"Se impone un respiro, un alivio a una realidad demasiado agobiante"

La bajada de la nota publicada por Silvina Friera el pasado 2 de enero en Página 12 lo dice todo: “La política oficial incidió en el deterioro del sector, ya de por sí complicado con el desplome del consumo de libros. Las compras estatales se redujeron significativamente, se incentivaron las importaciones y se suspendieron los premios nacionales”.

La odisea de publicar libros 
en medio de la crisis general

“Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes”, escribió Antonio Gramsci. Es imposible pensar lo que sucedió el año pasado sin tomar partido y poner los pies sobre la tierra de un mercado editorial cada vez más complicado, tras dos años consecutivos de desplomes más que significativos del consumo de libros: descensos en las ventas de un 40 por ciento (2016) y un 25 por ciento en 2017. Si hubiera que adaptar el título de una película, el balance podría llamarse 2017: Odisea editorial. De no cambiar el rumbo de las políticas económicas, la impresión es que el hundimiento será cada vez más profundo. El libro no es un artículo de primera necesidad. Si no se lo puede comprar hoy, se lo comprará dentro de dos o tres meses, o cuando se pueda. Si se lo compra… Un informe reciente del Cuica (Centro Universitario de las Industrias Culturales Argentinas) señala que la producción de ejemplares impresos disminuyó un 25 por ciento: de 83,5 millones en 2015 a 62,6 millones en 2016, más de veinte millones menos, según datos del ISBN (International Standard Book Number). Hasta noviembre del año pasado, según cifras suministradas por la Cámara Argentina del Libro, se imprimieron 47.819.525 millones de ejemplares. Si se compara con el 2014 –año del récord histórico de producción de ejemplares, con más de 128,9 millones de ejemplares impresos– el descenso es superior al 50 por ciento.

Pero la magnitud del desastre no se detiene ahí. Las compras estatales, que fueron tan importantes para muchas pequeñas y medianas editoriales, se redujeron tanto que basta con ver el número para comprobar que no hay exageración posible: de 1150 millones de pesos en 2015 pasó a sólo 100 millones de pesos en 2016, un descenso del 91,3 por ciento. “La política de compras del Estado nacional había tomado impulso a partir de la sanción, en 2006, de la Ley de Educación Nacional, donde los libros tenían como destino ser material de promoción de lectura en escuelas públicas de los niveles inicial, primario y secundario.

Esta política de adquisiciones fue suspendida en su totalidad y, pese al anuncio del lanzamiento de nuevas compras en 2017, estas quedaron restringidas, y en muy menor volumen, a un segmento de 10/12 sellos que se dedican a producir manuales escolares de grado, en la mayoría de los casos grandes empresas multinacionales con capacidad de lobby”, advierte Nicolás Sticotti, autor del informe del Cuica. El Ministerio de Educación compró en 2016 alrededor de 6,3 millones de ejemplares y en 2017 4,1 millones de ejemplares. Cuando la Cámara Argentina del Libro (CAL) presentó el informe editorial para el primer semestre de 2017, la gerenta de la CAL, Diana Segovia, subrayó que hay políticas de promoción de la lectura que son responsabilidad del Estado. “Cualquier país necesita una política continua de promoción de la lectura que acá no la vemos”, dijo Segovia.

A los pocos días de asumir el actual gobierno, se anunció que se levantarían algunas restricciones sobre la importación de servicios gráficos que había regido durante la gestión de la ex presidenta Cristina Fernández. El ministerio de Cultura de la Nación celebró esta decisión en las redes sociales a través del hashtag #libroslibres. Las importaciones de 2016 duplicaron las de 2015 pasando de 40,3 millones a 78, 5 millones de dólares. En el primer semestre de 2017 las importaciones alcanzaron los 51,4 millones de dólares. El déficit en la balanza comercial aumentó un 387 por ciento, de un rojo de 13,1 millones de dólares a 50,7 millones. Ni siquiera queda el “premio consuelo” de exportar el libro argentino, que resulta sumamente costoso para los países de la región. Luis Quevedo, vicepresidente segundo de la CAL, explicó por qué cuesta exportar. “Hay muchos factores como el tipo de cambio y los costos de producción interna. ¿Por qué se imprime en China un libro infantil de tapa dura? Porque es muchísimo más barato –planteaba Quevedo–. Otro tema es el IVA al papel. Nosotros pagamos IVA al papel como costo; pero los libros que vienen de afuera no pagan ningún tributo. Ahí hay una inequidad para la producción interna que hace todavía más caro producir. Nosotros estamos reclamando insistentemente la exención del IVA al papel.”

Llueve sobre mojado. Aunque no se trató “de apuro” en la cámara de Diputados el proyecto de Ley sobre Regulación de Proveedores de Servicios de Internet –presentado por los senadores Federico Pinedo (Pro) y Liliana Fellner (Frente para la Victoria)–, escritores, editores, músicos, artistas plásticos, cineastas y diversas instituciones de la industria cultural temen que insistan en convertirlo en ley cuando se abra el período de sesiones ordinarias, este año. La llamada Ley Pinedo-Fellner establece que los proveedores de Internet no son responsables por los contenidos generados por terceros, excepto cuando hayan sido notificados por una orden judicial que los intime a alguna acción en concreto para eliminar un enlace específico publicado. Este es el punto de confrontación entre las cámaras y entidades de gestión, que solicitan utilizar el sistema de notificación implementado en Estados Unidos bajo la Digital Millennium Copyright Act (DMCA) para sacar contenidos de la web, y aquellas instituciones como la Fundación Vía Libre, que defiende la libertad de expresión y circulación, o plataformas y empresas como Taringa, que están a favor de la intervención judicial. “Las grandes plataformas han encontrado un blindaje que las habilita para explotar los derechos de autor y la propiedad intelectual que no les pertenece”, alertó el librero Ecequiel Leder Kremer, vicepresidente de la Cámara Argentina de Papeleras, Librerías y Afines (Capla) durante una conferencia de prensa en la que participaron representantes de más de 25 sociedades de gestión que rechazan el proyecto. “Los mecanismos que se prevén para ejercer la defensa de la propiedad intelectual son absolutamente improcedentes. La velocidad a la cual se publican los contenidos es escalofriante. Los tiempos de la justicia son otros”, planteó Leder Kremer.

Se impone un respiro, un alivio a una realidad demasiado agobiante. En un año durísimo, marcado fuertemente por la muerte de dos grandísimos escritores, Ricardo Piglia y Abelardo Castillo, hubo un puñado de buenas noticias. La Feria de Editores tuvo su sexta edición con la participación de más de 140 editoriales de Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Uruguay y Venezuela. En el ámbito de los festivales literarios, el Filba Internacional, que celebrará diez años en 2018, y el Filba Nacional –con seis ediciones– vienen consolidando una propuesta que pone la literatura del mundo y del país en circulación. Otro hecho auspicioso fue la primera edición del festival de no ficción “Basado en  hechos reales”.

Los escritores argentinos tienen dos importantes razones para estar profundamente indignados: la suspensión de los premios nacionales –que desde que asumió Pablo Avelluto en la cartera cultural de la Nación no se han convocado–; y el retraso de tres bienios en los premios municipales. “No hay riesgo de que se suspendan (los premios nacionales), pero aún no podemos informar cómo serán –afirmó Enrique Avogadro, entonces secretario de Cultura y Creatividad, al diario La Nación, el 24 de marzo pasado–. Quisimos revisar el sentido de los premios hoy, en función de que hay una diferencia entre su origen y la actualidad. En el escenario actual hay otros premios, como los del Fondo Nacional de las Artes o los de la Fundación Konex, con lo cual los nacionales quedan un poco desdibujados”. ¿Desdibujados? Avogadro, actual ministro de Cultura de la Ciudad, confunde lo público con lo privado; confusión que está en el ideario político del macrismo. La Unión de Escritoras y Escritores –un nuevo colectivo de escritores integrado por Selva Almada, Clara Anich, Julián López, María Inés Krimer y Enzo Maqueira, entre otros– recordó en una nota que publicaron a fines de noviembre que Hebe Uhart recibió en Chile, nada menos que de manos de la presidenta Michelle Bachelet, el Premio Iberoamericano Manuel Rojas. “Que la Argentina discontinúe o directamente no tenga políticas decididas de apoyo y promoción de la cultura y que el Estado se retire o cuestione la validez histórica y social de un galardón porque existen iniciativas privadas –como los premios Konex a los que se refirió Avogadro– resulta incomprensible.”

martes, 13 de febrero de 2018

Un ejemplo de mala traducción periodística

¿Un hombre en control de los giros de su
vida? ¿O uno que trata de entender lo que
éste artículo dice sobre él?
El 30 de diciembre del año pasado, el diario Clarín reprodujo el siguiente artículo de Julie Ho, publicado originariamente en The New York Times a propósito de la “precisión” cuando se traduce. En ninguna parte aparece el nombre de quien lo tradujo, pero su lectura revela que, justamente, en la versión al castellano, la “precisión” brilla por su ausencia. Puesto a investigar, el Administrador descubrió que este mismo texto –digámoslo– mal traducido, en el que el castellano se parece a esos folletos de instrucciones de electrodomésticos traducidos en Taiwán,  circula impunemente por diversos diarios de Latinoamérica que se nutren  de dudosos artículos de color, resumidos del diario estadounidense. Las preguntas persisten: ¿los editores periodísticos ya no leen lo que publican? O dicho de otra forma, ¿leen tan mal que todo les da un poco lo mismo? ¿ Era necesario ahorrarse unos pesos en traductores y en correctores (esta última, especie en franca extinción)? Estos engendros constituyen la mejor respuesta.

Cómo traducir la voz de un artista

Mantener una traducción fiel al original, así se trate de un libro o un filme, podría no ser suficiente. Podemos tener acceso a cintas extranjeras más rápido que nunca, pero qué tan profundamente nos identificamos con ellas tiene mucho que ver con la traducción.

Los servicios de streaming de video como Netflix están tratando de mejorar la calidad de los subtítulos para satisfacer la demanda del público. Para ayudar, el sitio de anime Crunchyroll ha recurrido al público mismo, colocando a fans en su personal de subtítulos. La idea se remonta a los días de piratería antes de que existiera Crunchyroll, cuando los fans realizaban mejores traducciones que los estudios.

“La creación oficial de subtítulos era un poco más parecida a una línea de ensamblado”, dijo Colin Decker, de Crunchyroll, a The New York Times. “Y los fans dijeron que importa la precisión. El medio los atrajo para esforzarse por entender la cultura extranjera, lo que elevó el estándar de la calidad de la traducción”.

Es un problema con profundas raíces históricas. La Odisea, de Homero, escrita originalmente en griego antiguo, ha visto cientos de años de interpretaciones y, sin embargo, hay espacio para más. La clasicista Emily Wilson descubrió un nuevo enfoque a la famosa primera línea que describe a Ulises, el rey y héroe de la historia, como politropo.

En la interpretación literal de la palabra, poli significa “muchos” y tropos significa “giro”. Pero si Ulises es un hombre de “muchos giros”, ¿acaso es un hombre en control de los giros de su vida o está a merced de éstos? Wilson nos dio: “cuéntame sobre un hombre complicado”.

“De las traducciones existentes, me parece que ninguna le transmite a un lector sin el griego la interrogante abierta que, de hecho, es la pregunta con la que abre ‘La Odisea’”, escribió Wyatt Mason, en The New York Times Magazine, sobre la traducción de Wilson. “¿Qué tipo de hombre es Ulises?”.

La interpretación de Wilson ofrece una idea distinta sobre qué tipo de hombre era Ulises.

“Quieres tener un sentido de ansiedad respecto a este personaje y de que vamos a ver cómo se desdoblan capas”, explicó Wilson. “Aún no sabemos bien cuáles son las capas. Así que, quería que se le dijera al lector: esté atento a un texto que no va a ser interpretativamente directo”.

Para Wilson, recalibrar las palabras originales no significa que pierden algún significado.

“¿El hecho de que sea posible traducir las mismas líneas de 100 maneras distintas y que todas ellas sean defendibles de maneras totalmente diferentes? Eso te dice algo”, comentó.

En su traducción de Ulises como un “hombre complicado”, la opción de palabras se siente moderna, hablando directamente al lector de hoy.

Cuando Carina del Valle Schorske, una traductora en Nueva York, considera un texto, lo disfruta por lo que es: una interpretación.

“Ciertas palabras se mantienen empecinadas a ambos lados de una frontera y parecen no querer revelarse”, escribió en The Times Magazine. “Tomo eso como un recordatorio de que conocer a alguien, y conocerme a mí misma, es siempre un asunto inconcluso”.

Para Wilson, los términos precisos pueden ser infieles siempre y cuando sean veraces. Explica que una interpretación aún menos tradicional de politropo sería “infiel”.

“Podría haber dicho, ‘cuéntame sobre un esposo infiel’. Y ésa es una traducción viable”, apuntó. “Pero le daría una perspectiva totalmente diferente”.

lunes, 12 de febrero de 2018

"A diferencia de las artes escénicas, la industria editorial siempre ha sido un sector comercial que ha tenido que encontrar la cuadratura de sus círculos."

También el 15 de diciembre pasado, y sobre el mismo tema del día de ayer, Claire Armitstead escribió en The Guardian un segundo artículo sobre la situación de los escritores de ficción en Gran Bretaña. Se reproduce aquí, traducido por Julia Benseñor.

La ficción literaria está en crisis.
Debe comenzar un nuevo capítulo en el
financiamiento de autores

Finalmente, la noticia es oficial: la ficción literaria se encuentra en crisis y los escritores de todo el país se pasan la noche en vela en sus buhardillas, dan clases o trabajan duro en empleos ajenos a la escritura para que el fuego siga ardiendo en el hogar. Esta imagen al estilo de Dickens fue revelada por el Arts Council England hoy en un informe que indica que es probable que deba modificar sus prioridades de financiamiento con el fin de salvar a una población suya solvencia económica y cultural se ha ido debilitando con el correr de los años.

¿Por qué se ha llegado a esta situación y cuán importante es? Lo primero que hay que aclarar es que la gente no está necesariamente leyendo menos: la venta de libros impresos entre ficción, no ficción y títulos infantiles aumentó casi el 9% en el Reino Unido el año pasado, mientras que el jueves los analistas del mercado Nielsen Book Scan revelarán que las ventas durante el importantísimo período navideño han crecido el 20% desde 2013.

Pero lo que resulta indudablemente cierto es que en la era del teléfono inteligente y los servicios de streaming, los libros enfrentan una competencia sin precedentes por atraer nuestra atención, y que cuando preferimos un libro en lugar de una película o contenidos de redes sociales, estamos corriendo menos riesgos. El año pasado, encabezó las listas el guión de la obra de teatro Harry Potter y el legado maldito, de J. K. Rowling (y Jack Thorne). Rowling también ocupó los puestos 12, 28, 64 y 95, el último como su álter ego, el escritor del género negro Robert Galbraith, un éxito debido a la combinación de marketing y familiaridad que puede mantener viva una tendencia por años, si no décadas. El libro de Philip Pullman que siguió a la serie de La materia oscura, La bella salvaje, vendió casi un cuarto de millón de copias desde octubre.

A los autores que se han vuelto intergeneracionales a medida que sus lectores jóvenes fueron creciendo les va particularmente bien con esta tendencia de familiaridad para crear afecto. Pero esto no ocurre sólo con escritores de libros infantiles. El último volumen de la muy literaria y muy adulta trilogía sobre Thomas Cromwell de Hilary Mantel tendrá megaventas garantizadas cuando llegue a las librerías.

Este imperativo de la continuidad ha formado parte desde hace mucho tiempo de los cimientos de los editores comerciales, que esperan que muchos de sus escritores más exitosos “escupan” un libro por año. Y a medida que la industria editorial se ha centralizado más y ahora concentra mucho de su poder en tres conglomerados gigantescos, se ha vuelto más despiadada.

La cruel verdad es que a los largo de las décadas del ochenta y del noventa, los novelistas literarios podían vivir de los anticipos que no generaban ganancias extra. Eran apoyados por un sistema de valores pasado de moda que autorizaba el paso a pérdidas y ganancias por el prestigio que significaba que lo asociaran con un escritor “importante” y por la creencia de que el valor literario podía compensarse con las utilidades de ediciones más pragmáticas.

Pero es fácil volverse nostálgico. Si analizamos las novelas literarias que según el Arts Council vendieron más de un millón de copias en el último par de décadas, se pone en evidencia otra tendencia: Expiación, de Ian McEwan, Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini, La vida de Pi, de Yann Martel y La mujer del viajero en el tiempo, de Audrey Niffenegger pueden no deber su éxito original a las películas que se basaron en ellas, pero han obtenido beneficios del lucrativo mercado de los productos licenciados.

A diferencia de las artes escénicas, la industria editorial siempre ha sido un sector comercial que ha tenido que encontrar la cuadratura de sus círculos. Esto se refleja en el hecho de que recibe sólo el 7% de la torta financiera que reparte el Arts Council, a diferencia del teatro, que recibe el 23%, y la danza, que recibe el 11%.

La mayor parte de ese dinero se ha utilizado para financiar a editores que producen poesía y literatura traducida, que nunca han podido abrirse su propio camino financieramente. De modo que habrá sangre en la alfombra si los recursos existentes se vuelcan a brindar apoyo a los novelistas.

Algunos argumentarán que esto sencillamente demuestra que la ficción literaria es resaca del pasado y que los pobres autores deberán ponerse las pilas y resignarse a escribir lo que la gente quiere leer realmente. Pero pocos se atreverían a decir lo mismo sobre el teatro o la danza experimental. Y esto no tiene en cuenta el hecho de que —como sucedió con Pullmany Mantel— a los escritores puede llevarles décadas lograr el éxito.

Es más, investigaciones realizadas por la Nueva Escuela de Investigaciones Sociales de Nueva York el último año indicaron que la ficción literaria tiene un valor social medible, que aumenta los niveles de empatía a diferencia de otros géneros de ficción.

De modo que, suponiendo que no vamos a decirles a los escritores qué deben escribir, y que tampoco queremos que la literatura se convierta en el dominio exclusivo de aquellos que no necesitan ganarse la vida, es preciso encontrar maneras de permitir que los demás tipos de novelistas continúen escribiendo.

Esto no quiere decir que, simplemente, haya que cortar el actual trozo de la torta en porciones más pequeñas o diferentes; implica que hay que hablar con más fuerza y convicción para que se agrande el tamaño de la porción. Aun si desconocemos su valor intrínseco, ¿dónde estarían los mundos de las películas u obras de teatro si no existieran todas esas novelas literarias y cuentos para adaptar?


•Claire Armitstead es editora asociada de cultura de The Guardian.

viernes, 9 de febrero de 2018

"Existe la creencia de que todo aquel que sabe leer es lector pero, en realidad, estamos todo el tiempo con el teléfono, todo el tiempo con Twitter"

Existe una superstición ampliamente difundida en el mundo editorial a propósito de la ficción. Así, se cree que la novela –no los cuentos–, vende mucho más que cualquier otro género. Como las estadísticas no suelen ser oficiales, el mito se mantiene. Sin embargo, en Gran Bretaña las cifras revelan otra cosa. Con este tema, Alison Flood publicó en The Guardian del 15 de diciembre del año pasado el siguiente artículo sobre la crisis de la ficción y los escritores de ficción en Gran Bretaña. En la bajada se lee: “Las nuevas cifras indican que son cada vez menos los escritores del Reino Unido que ganan lo suficiente para mantenerse, mientras que el Council atribuye la caída de las ventas a la recesión y al auge de los teléfonos inteligentes.” La traducción de este artículo fue realizada por Julia Benseñor.

La ficción literaria, en crisis debido a la drástica
caída en las ventas, informa el Arts Council England

La imagen del escritor empobrecido que escribe con dificultad su obra maestra en una helada buhardilla es tan válida hoy como hace un siglo, según un nuevo informe encargado por el Arts Council England(ACE), que reveló que la caída de las ventas, del precio de los libros y de los anticipos hace que sean pocos los que puedan vivir sólo de la escritura.

De acuerdo con el informe, la ventas de ficción literaria impresa se encuentran sustancialmente por debajo de lo que estaban a mediados de la década de 2000 y el precio promedio de un libro de ficción literaria se redujo en al menos un 15% en términos reales.

Todo esto produce un efecto en la diversidad de escritores: estamos perdiendo voces.

Sarah Crown, Arts Council England
El aumento de las ventas de libros electrónicos de géneros como el policial y el romántico no ha compensado la escasez de ficción literaria, lo que llevó a ACE a diseñar mecanismos para apoyar a los autores afectados.

“A principios de los años 90, sin duda habría sido innecesario que el Arts Council considerara intervenir en el sector literario, pero es mucho lo que cambió desde entonces —Internet, Amazon, el fin del acuerdo británico que fijaba el precio de los libros—, modificaciones que siguen en curso y que tuvieron un efecto profundo”, dijo la directora de literatura de ACE, Sarah Crown. “Hoy en día, hay un sistema mucho más implacable para los autores de ficción. Inevitablemente terminamos en una situación en la que los que están en mejores condiciones de escribir ficción literaria son aquellos que no tienen una necesidad imperiosa de ganarse la vida con eso. Esto ha tenido un efecto sobre la diversidad de quienes escriben: estamos perdiendo voces y no queremos que sea así”.

El informe, realizado por la editorial digital Canelo, analizó los datos sobre ventas de libros que publica Nielsen Book Scany constató que, entre 2007 y 2011, las ventas de ediciones de tapa dura se desplomaron en 10 millones de libras. Las ediciones de ficción en rústica experimentaron una baja más estrepitosa, ya que cayeron casi todos los años desde 2008. En 2011, las ventas de ediciones en rústica fueron de 162,6 millones de libras, mientras que en 2012 equivalieron a 119,8 millones de libras.

Entre las pocas obras literarias que han vendido más de un millón de copias se encuentran Expiación, de Ian McEwan; Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini; La mujer del viajero en el tiempo, de Audrey Niffenegger, y La vida de Pi, de Yann Martel. La novela literaria que fue bestseller el año pasado Un Dios en ruinas, de Kate Atkinson, vendió 187.000 copias, aproximadamente la mitad que Elizabeth ha desaparecido, de Emma Healey, la más vendida en 2015.

Los investigadores analizaron los 10.000 títulos de ficción más vendidos en los últimos cinco años y llegaron a la siguiente conclusión: “Más allá de los 1.000 autores principales (como mucho), la venta de libros impresos por sí sola no ofrece un ingreso decente. Si bien hace tiempo que se sospechaba esto, los datos lo confirman de manera inequívoca... Es más, ésta es una evaluación generosa. Una vez que el minorista, el distribuidor, el editor y el agente se quedan con su parte, 3.000 copias del título que ocupa el milésimo lugar en cuanto a ventas no dejarán mucho dinero. El hecho de que estemos retrocediendo a un contexto en el que sólo los escritores más favorecidos pueden mantenerse debería ser una fuente de mucha preocupación”.

La novelista Kit de Waal, cuyo debut My Name Is Leon, publicado en 2016, se convirtió en bestseller, fue una se los muchos autores entrevistados para el informe. “Dedicarse a escribir como carrera es muy pero muy difícil”, dijo. “Para mucha gente, las probabilidades de pasarse dos años de la vida concentrándose en escribir son nulas. La gran pregunta que se hacen los escritores de mi entorno se relaciona con escribir en los ratos libres. Si tenés que dedicar tiempo para escribir, vivís en la línea de la pobreza. Todo aquello que te nutre como escritor —las conferencias o los grupos de escritores— cuesta dinero. Si realmente estás en la bancarrota, cuesta demasiado”.

Una de las causas de la caída en las ventas de ficción literaria, según indica el informe, es la recesión, que coincide en el tiempo con el auge del entretenimiento fácil y barato. “En comparación con nuestros teléfonos inteligentes, la ficción literaria suele ser ‘difícil’ y cara: no es gratis y exige más concentración que Facebook o el videojuego Candy Crush,” escriben los autores del informe.

ACE dijo que “históricamente, se ha supuesto que la ficción literaria forma parte de la categoría de las ediciones comerciales, por lo que requería poca intervención del Arts Council”. Ahora, el Consejo propone apoyar a más autores individuales con su programa de subvenciones para las artes, priorizar el financiamiento que otorga a diversas organizaciones, sobre todo ubicadas fuera de Londres, y aumentar su apoyo a los editores independientes de ficción literaria, con esta última como una de las pocas ideas brillantes destacadas por el informe, que apunta al “desarrollo de nuevas imprentas independientes dedicadas a la ficción literaria”.

Asimismo, tiene la intención de iniciar conversaciones con el gobierno sobre la introducción de una reducción impositiva para las editoriales pequeñas, así como respaldar las oportunidades para desarrollar lectores.

“Existe la creencia de que todo aquel que sabe leer es lector pero, en realidad, estamos todo el tiempo con el teléfono, todo el tiempo con Twitter”, manifestó Crown. “Debemos reconocer que hay otras cosas que le demandan tiempo a la gente, y afirmamos que hay algo tan singular e importante y necesario y fundamental en la ficción literaria en particular que hace que tengamos que centrarnos en ella y apoyarla”.

Sin embargo, el novelista literario Will Self no se mostró optimista sobre el futuro del sector. “La ficción literaria ya está subsidiada: recordemos a todos los autores que siguen ganándose la vida enseñado escritura creativa. Ellos representan un cambio que se está dando en la literatura… Es como hacer una colcha con retazos”, agregó en referencia a los libros escritos en cursos de escritura creativa, a los que llama “emprendimientos colectivos”.

“En mi opinión, los programas de escritura creativa son una fuerza que instala el conformismo y la falta de experimentación”, agregó Self. Predijo que “a medida que quede claro que la enorme cantidad de escritores que están inscribiéndose en estos cursos no llegarán a nada [ficción seria], terminarán siendo una forma de ‘conservatorio’ practicada por hombres y mujeres jóvenes y seguida por un grupo selecto… como sucede con la música clásica o la pintura en caballete”.

La industria de las ediciones impresas se animó en 2015 cuando se reveló que las ventas de libros físicos habían aumentado por primera vez en cuatro años. Este cambio, que continuó en 2016 con una reducción de 4% en las ventas de libros electrónicos y un alza del 2% en las de libros impresos, se atribuyó a un mayor interés de los consumidores en libros de cocina y libros para colorear.

jueves, 8 de febrero de 2018

En Almagro también tienen librería independiente

Publicada el pasado 10 de enero, en el marco de la serie que Daniel Gigena viene realizando sobre librerías para el diario La Nación, llegó el turno de La Coop, una inteligente asociación de editoriales independientes.

La Coop, o donde la unión
(de sellos independientes) hace la fuerza

Ubicada en el barrio de Almagro, La Coop es uno de los efectos deseados del proyecto cooperativo que aglutina catorce editoriales independientes: Alto Pogo, Añosluz, Audisea, Azul, Conejos, China, Espacio Hudson, Mágicas Naranjas, Paisainta, Qué diría Víctor Hugo?, Santos Locos, Clubcinco, Evaristo Editorial y Clase Turista. La cooperativa también cuenta con distribuidora y participa en conjunto en ferias del libro de alcance internacional, nacional, provincial y municipal.

De la cooperativa a la librería. 
"La Coop nació con la idea de unir esfuerzos para generar más visibilidad, difusión y presencia en el mercado editorial -cuentan los editores asociados-. Hemos logrado tener presencia en más cien ferias y festivales a lo largo del país, participamos con un stand permanente en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y en 2017 nos sumamos al circuito de las ferias internacionales, con presencia en muchas ferias en toda Latinoamérica". La Coop estuvo presente en 2017 en la ascendente Feria Internacional del Libro de Lima y este año será la tercera vez que participe de la FIL de Buenos Aires.

Con una red de distribución en todo el país, Uruguay y Chile, a la que suman libros de otros sellos colegas, La Coop creó una red de 24 editoriales independientes y autogestivas. Una vez resuelta la presencia en ferias, la distribución y la generación de contenidos, decidieron que era necesaria la creación de un lugar propio para vender los libros y desarrollar actividades culturales. En diciembre de 2016, editores de Alto Pogo, Santos Locos, Conejos, Audisea y otros sellos abrieron la librería en Bulnes 640. Allí atienden de lunes a viernes de 15.30 a 20.30.

Favoritos de los lectores y best sellers. La Coop Librería se especializa en editoriales independientes de la Argentina y de América Latina. "Tenemos libros de editoriales de todo el país y un sector latinoamericano donde pueden encontrarse sellos de casi toda la región, junto a las editoriales comerciales más reconocidas", cuenta la librera encargada del local.

Los títulos más vendidos del año que acaba de irse fueron Hay gente que no sabe lo que hace, relatos de Alejandra Zina publicados por Paisanita, Los enfermos, la inquietante novela de Natalia Rozenblum (Alto Pogo), Nunca corrí siempre cobré, cuentos de Leonardo Oyola (Evaristo Editorial), Las canciones de los boliches, best seller indie del poeta y editor Gustavo Yuste (Santos Locos), y Los Wachos, cuentos del narrador, poeta y periodista cultural Walter Lezcano (Conejos).

En La Coop atiende Laura Forni, especialista en literatura infantil y cabal representante del espíritu amable que recorre la librería. "Se maneja un estilo informal, que trata de acercar el mundo editorial a todo el público -dice Marcos Almada, editor de Alto Pogo y alma máter (o páter) del proyecto cooperativo-. Muchas veces los lectores entran a buscar un libro determinado y terminan llevándose otros de editoriales nuevas, voces emergentes contemporáneas".

Forni agrega que los lectores buscan con frecuencia recomendaciones hechas por otras personas. "Así se genera un fluido intercambio -dice-. Tenemos tres grandes frentes: una colección de poesía muy amplia, una sección de narrativa que incluye sellos de Uruguay, Venezuela, Perú, Chile y Bolivia y un sector infantil a tono con la literatura emergente". De la mano de Forni, ese sector en auge se ha convertido en un espacio fundamental de La Coop Librería. Allí se encuentran títulos de Mágicas Naranjas, el catálogo del sello Calibroscopio, de la editorial rosarina Libros Silvestres y de Taller Azul Arte Infantil, de Salta.

Un lugar de encuentro. 
"Desde un principio sabíamos que la librería tenía que oficiar como un lugar de encuentro -dicen los responsables de La Coop-. Durante el verano pasado tuvimos un ciclo de escritores que actuaban como libreros invitados por un día. En doce noches participaron Selva Almada, Jorge Consiglio y Mariano Quirós, entre otros. Tuvimos tres Encuentros de Editores Latinoamericanos y fuimos sede del Primer Encuentro de Editoras. Participamos también de la Noche de las Librerías con un homenaje a Alberto Laiseca". En la librería se hicieron más de setenta actividades con escritores y editores nacionales y latinoamericanos en 2017, talleres de lectura, charlas, presentaciones de libros, lecturas de poesía y hasta algún que otro acústico.

"Nuestro local tiene la particularidad de ser centro de reunión de varios editores y escritores -agrega Forni-. Eso hace que, en muchas ocasiones, el cliente de la librería se encuentre charlando con autores y editores sobre los libros que piensa comprar. De estos intercambios casuales se han gestado pequeños proyectos editoriales". La Coop, además, es vecina de Espacio Moebius, ubicado en Bulnes 658, donde venden y exponen cómics, novelas gráficas y otras joyas del "noveno arte".

Diagnóstico del sector de librerías y del mercado editorial. 
Según los socios de La Coop, la librería no ha sufrido tanto el impacto inflacionario de la Argentina en 2017. "Eso se debe en parte a que las editoriales independientes hacen un particular esfuerzo por manejar precios muy competitivos -aseguran-. Aun así se nota una merma en las ventas. Para facilitar la situación de nuestros clientes, hicimos en dos oportunidades La Barata, un evento semestral en el que la librería absorbe el margen de los descuentos ofrecidos." Durante enero, se hace un descuento del 10% en la compra de un ejemplar y del 20% con la compra de dos o más libros.

En la Web. 
Por el momento, la librería no hace ventas por Internet, excepto pedidos por su página de Facebook. No obstante, La Coop trabaja en un nuevo proyecto cooperativo: el lanzamiento de una plataforma digital que se llamará Nube de Letras. "De todos modos, apuntamos a que el espíritu del 'librero amigo' siga instalado en nuestros clientes y no dejen nunca de visitarnos", dicen.

Dirección: Bulnes 640, CABA.
Lunes a viernes de 15.30 a 20.30