miércoles, 25 de abril de 2018

La contribución del gobierno de Macri a la ficción de la cultura argentina, en vísperas de una nueva Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

La Argentina es un país que ha pasado sensiblemente de la realidad al “como si”. De hecho, vivimos como si la cultura tuviera la misma importancia que en otras partes del mundo, pero nadie está demasiado dispuesto a pagar por ella. El Estado la financia cada vez menos, y cuando lo hace crea una ficción de gratuidad que termina por desalentar a los empresarios y productores, logrando en ese trámite, producir en los usuarios la ilusión de que es gratuita y que no vale la pena el esfuerzo de sostenerla.

Cada rubro de las llamadas industrias culturales tiene lo suyo. Y el sector del libro, también. De hecho, el escritor y periodista chileno Gonzalo León, en el artículo publicado en el diario Perfil el pasado 21 de abril –y que se reproduce a continuación–, da cuenta de ello. En la bajada se dice: “Las cifras preliminares no logran poner de acuerdo a los distintos actores, aunque todos coinciden en que 2017 fue otro mal año para el libro. La llegada de Amazon complicaría aun más la situación”.

 

¿Una crisis sin frenos?

 

El panorama de la industria editorial no es sencillo: algunos señalan que desde 2016, con las primeras medidas económicas del gobierno de Mauricio Macri, se frenó el consumo y comenzó la caída en las ventas de libros, mientras que otros indican que esto había arrancado en 2015. Sea como sea, la industria del libro lleva dos o tres años de caída. Si se observa, por ejemplo, el informe de la Cámara Argentina del Libro (CAL), que reúne a más de quinientos editores, libreros y distribuidores, el total de libros impresos, vale decir la oferta, viene cayendo sostenidamente desde 2015: de 129 millones en 2014 pasó bruscamente a 84, luego en 2016 a 63 millones y en 2017 a 51. En números, hay una caída de un 60% de la oferta. Algunos se precipitarán a decir que se debe a que el Estado, desde el último año de gobierno de Cristina Fernández, dejó de comprar libros de la manera que lo venía haciendo, fenómeno que se agudizó durante el primer año de gobierno de Macri. Sea cual fuere la razón, la industria del libro parece estar contra las cuerdas y no se explica cómo no cierran más librerías o más editoriales, ya que a la caída de la oferta se ha experimentado otra caída, la de la demanda, que en sólo dos años acumula un desplome de un 30%, según Martín Gremmelspacher, presidente de la Fundación El Libro, organizadora de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Sin embargo, y a diferencia de otros años, se estaría produciendo una divergencia acentuada entre los datos que miden la CAL y la Cámara Argentina de Publicaciones (CAP), las dos cámaras que entregan informes sobre el sector; una divergencia que se extiende a la percepción de las grandes, medianas y pequeñas editoriales.

Rodolfo Reyna, presidente de la CAP y director de Catapulta Ediciones, señala que en la Argentina no hay datos publicados de consumo en los puntos de venta como en otros países, por eso “es bastante más difícil procesar los datos y no queremos cometer errores”. De esta manera explica el retraso de la publicación del Libro Blanco de la Industria Editorial, que encargan a la consultora Promage y que debió salir antes del comienzo de la FIL.

De todos modos, se pueden comentar algunos datos o apreciaciones, entre ellos el más relevante “no sólo desde mi función en la cámara, sino como director de mi propia editorial, es que en los pasados dos años hubo una caída de la venta que acumula un 20%. Ese 20% se produce 15% en 2016 y 5% en 2017; si tú lo mides mes a mes es una curva que se atenúa y pareciera que hemos tocado una base sólida y que la caída no continuará”. Los primeros números de este año son bastante similares a los del año pasado, por lo que, de persistir la tendencia, “no creemos que haya ni crecimiento ni decrecimiento, en mi creencia deseo que hubiera más ejemplares vendidos. En Argentina, que tiene una enorme cantidad de puntos de venta, esa caída no va a continuar”. Algunos datos indican que 2018 sería un año “más predecible que los dos años anteriores”, porque tanto en Europa como en Estados Unidos ha habido una retracción del mercado del libro en un 20%, que, según Reyna, “tiene que ver con un cambio en el consumo cultural, que casi digo que combatimos más con Netflix que con otras editoriales. Hay un cambio en el paradigma de la lectura y por tanto de la compra”.

Por alguna razón Fernando Zambra, director de la consultora Promage que provee de datos a la CAP para la confección del Libro Blanco, es en algunas cosas más optimista que Reyna. Para él, pese a las quejas sobre todo de las grandes editoriales, 2017 estará más cercano a una caída del 5% que del 10%, “eso siempre en mercado interno, y puede ser que las grandes editoriales se quejen más porque ahora les tocó más a ellas: 2016 golpeó a todos, pero las grandes lograron pasarlo mejor, y 2017 fue al revés”. Ya desde finales del año pasado las grandes editoriales –Planeta y Random House– señalaban que su caída estaría por encima del 10%. Esta percepción se debe, según Zambra, a que “fue un año en el que no hubo grandes éxitos editoriales, y eso les pega especialmente a las grandes, probablemente las pequeñas y medianas tuvieron mayor capacidad de reacción”.

Pese al buen arranque del año, Zambra discrepa con Reyna en el sentido de que, para él, la incertidumbre persiste y frente a esa incertidumbre, “de dos años donde no hubo buenas noticias”, los grandes grupos han decidido ser más precavidos (las editoriales pequeñas ya habían tomado sus precauciones): “Todavía estamos en un período inestable: mientras la inflación no se controle y persista la incertidumbre, especialmente por las tarifas y por si se mantendrá el trabajo, las personas cuidarán más lo que consumen”.

El presidente de la CAP, por su lado, cree que el hecho de que 2017 les haya pegado a las grandes editoriales se debe a que cuando hay una disminución de los consumos y volúmenes las grandes son más lentas en responder: “Lo que pasa es que si vos tenés una estructura de edición con ciclos –pensá que desde la decisión editorial y hasta que el libro está en el mercado pasan más de doce meses– y seguís adelante sin tomar adecuadamente lo que te están diciendo las ventas, cuando te das cuenta ya es tarde, o se acusa el golpe con mayor fuerza”.

Ignacio Iraola, director editorial del Grupo Planeta, estima de partida que la caída para ellos fue de un 10% y observa que “siempre cuando viene una crisis afecta primero a las pequeñas y medianas y luego a las grandes. ¡Eso es lógico!”. Aunque observa que los primeros en advertirla fueron los libreros en 2016: “El problema básicamente es que la gente no tiene plata. Y el libro es la última cosa que se le pasa por la cabeza a la gente cuando tiene que consumir. Vos tenés librerías que están absolutamente agobiadas porque les subieron las tarifas de los servicios y hay una baja del consumo y una inflación que no para. Ahora imaginá que si el año pasado bajó la cantidad de gente que fue al supermercado, a partir de ahí te muestra la crisis que hay en el país”.

En cuanto a los números que entregan la CAP y la CAL, Iraola dice que desde su óptica pueden servir, pero “también sabemos que los números se pueden dibujar como pasó con el Indec, entonces ya desde el momento que digan que la caída fue del 5% cuando para nosotros fue el doble, hay una cosa que no calza”.

Para afrontar la crisis, y sobre todo la incertidumbre, Planeta ha hecho un ajuste, que se traduce  en una disminución de 150 títulos de un año para otro, porque no se puede mantener la oferta si la demanda no crece, “tratando siempre de ser certeros, de afinar al lápiz, de intentar vender más, pero así y todo nuestro plan editorial se redujo en un 15%”. Además se redujeron las tiradas, pese a lo cual siguen apostando a los best-seller: “Somos más cautelosos, porque precisamente no sabemos si tocamos fondo. Esta crisis, como la de 2001, siempre te obliga a estar un poco más atento, pero no podemos dejar de apostar, Planeta es así”.

Los datos que maneja Iraola con respecto a las ventas que permanentemente monitorea el grupo editorial indican que efectivamente enero y febrero fueron mejores que el año pasado, pero marzo ya no; según él, porque la gente “optó por salir en Semana Santa: ir a la playa o salir a comer, etcétera. Esa semana fue una lágrima, una de las peores semanas en años”. Marzo le hace dudar de que la caída de las ventas haya tocado fondo, y por eso más bien es escéptico. Si se toca fondo y se sale del hoyo, mejor. Observa que cuando hay un daño en el mercado, la cicatriz queda, por eso no cree que el mercado se recupere tal como estaba en 2014 o 2015: “Quizá haya que asumir que hay público que perdimos, tal como sucedió en España”.

Juan Manuel Pampín, tesorero de la CAL y gerente de Ediciones Corregidor, comparte con Iraola que no se va a recuperar mercado, pero no se refiere a 2014 o 2015, sino a 2011 o 2012, “después si comparamos 2017 contra 2016 la caída fue menor, es cierto, pero si la comparamos contra 2015 es espantosa”. Aquí coincide también con la apreciación del presidente de la Fundación El Libro de un 30%. Con respecto a que 2016 les pegó más a las pequeñas y medianas y 2017 a las grandes, disiente con ese diagnóstico, porque lo que pasa “es que las chicas y medianas sentimos más la crisis porque una editorial más grande puede achicar un departamento, poner diez empleados menos, pero la realidad de una empresa es distinta, trabajamos con un plantel mínimo, que ronda entre las tres y ocho personas”.

Esta apreciación la comparte Víctor Malumián, uno de las cabezas de Ediciones Godot, que este año arranca, al igual que otras editoriales pequeñas y medianas (Blatt & Ríos y Bajo la Luna, la primera retiró la distribución de Waldhuter en 2016 y la segunda de Galerna el año pasado), con distribución propia: “No sé si pegó más en las pequeñas o en las grandes, lo que es seguro es que nosotros no tenemos la espalda financiera para resistir la caída constante en las ventas. La distribución propia ayuda a mejorar la logística del libro, personalizar el trato con el librero y optimizar el volumen de títulos que tenés para que no estén en los lugares incorrectos. No creo que sea la solución a todo, pero creo que alianzas entre editores para reducir costos y aprender más rápido son un camino a recorrer”. Malumián aclara que la decisión de tener distribución propia fue una decisión muy meditada y que coincidió con la crisis del sector.

El cambio de conducta en los patrones de consumo también está afectando, según Pampín, al sector, ya que “hoy competimos por tiempo libre, competimos contra Netflix, contra Spotify, contra Facebook, y hace unos años eso no pasaba, porque vos competías contra las novedades de Planeta y Sudamericana”. A eso hay que sumarle la importación indiscriminada, la cual se observa principalmente de títulos de editoriales extranjeras, que son “rezagos, y eso es peligroso, porque el mercado español, por ejemplo, tiene tiradas mucho más grandes que las nuestras, entonces si envían tres mil ejemplares de un título, que a todo esto ya dieron por perdido, el daño que genera en cuanto a la competencia es muy grande”. Pampín observa que esta importación puede que esté llegando a un techo, pero la importación ligada a la producción local no, porque antes cuando uno pensaba hacer una producción en China o en India no pensabas en menos de cinco mil ejemplares de tirada, hoy en cambio “se hacen tiradas muchísimo más pequeñas”.

Las importaciones han crecido velozmente desde que asumió Mauricio Macri y se derogó la restricción al ingreso del libro extranjero, que según muchos había afectado la bibliodiversidad. El informe de la CAL consigna que en 2017 las importaciones representaron US$ 128 millones, mientras que las exportaciones tan solo US% 26,5 millones. Es decir que hubo libro importado que no le dejó lugar al libro argentino, y por otra parte el libro local aún no encuentra el modo de salir al mundo y ser competitivo.

Para Rodolfo Reyna, tanto las políticas de intercambio internacional como el valor de nuestra moneda impidieron la participación en los mercados internacionales: “Y en el caso del libro, si por varios años pierdes el cliente, el desafío luego es recuperar a ese cliente. Con el dólar a $ 20 recién estamos entrando a hablar, por eso creemos que el precio interno del dólar tiene que acompañar a la inflación, y eso por meses no sucedió, recién ahora hay una relación peso/dólar que nos hace más competitivos. Pero hoy, prácticamente, Argentina no exporta libros”.

El panorama del sector no es ni sencillo ni alentador, pero podría ser peor. La creencia de que se ha tocado fondo opera en dos frentes: por un lado como una declaración de optimismo y por otro como un modo de detener las estrategias para navegar en estas tormentosas aguas. Mientras no se toque fondo objetivamente, lo mejor será pensar como si la tormenta continuara. Mientras tanto, mañana lunes se conmemora el Día Internacional del Libro y arrancan las Jornadas Profesionales de la FIL, que inaugura al público este jueves. Tal vez esta feria pueda dar una muy buena noticia para la industria editorial.

Amazon, el fantasma que viene
La instalación de Amazon en Argentina es otra de las grandes amenazas para la industria editorial, una amenaza que podría darle una nueva configuración al sector. Si bien es el gran jugador del e-commerce, por el momento no está en ese negocio, lo que no quiere decir, según Fernando Zambra, que en un tiempo esté: “Creo que tendremos Amazon en Argentina dentro de un año o dos. Argentina, para la industria del libro, es uno de los mercados más grandes de América Latina, y si hay una idea de un país integrado al mundo y con una economía más abierta, va a ser de interés para alguien que quiera hacer un negocio en el mercado del libro”.

El presidente de la CAP cree algo similar a Zambra y especula que si Amazon tiene una oficina aquí, “necesariamente debe haber un plan estratégico detrás. De hecho habría que hacer la pregunta al revés: por qué Amazon no entró antes en Argentina. Y a mi modo de entender fue por el elevado costo del negocio de la distribución, ya sea en parcelas o por carteles”.

Juan Manuel Pampín señala que con el cambio de política que hay en Mercado Libre hacia el libro es claro que hay actores que se están preparando “muy fuertemente para la llegada de Amazon en el e-commerce, y la mayor ventaja que tiene Mercado Libre para competir es el precio único de los libros, entonces como eso es fijo, vas a competir por el servicio que tarde menos tiempo en despachar el producto, y Mercado Libre es más rápido. Las librerías que ya llevan un tiempo vendiendo por ese portal han demostrado mucha eficiencia”.
Amazon trabaja bastante con la autoedición y, de acuerdo al informe de la CAL, de todo lo que se publicó el año pasado 13% fueron autoediciones y otro 10% servicios editoriales, es decir que en conjunto forman un 23%, que constituye un apetitoso mercado para Amazon, que en Brasil entró no solo al negocio del e-commerce, sino al de la autoedición y los servicios editoriales.

“Caída de casi un 30% en los últimos dos años”
El año pasado, el presidente de la Fundación El Libro protagonizó un duro cruce con el ministro de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto, en medio de la ceremonia de inauguración de la FIL, cuando señaló que el sector editorial estaba viviendo momentos muy delicados y que de concretarse el gravamen del IVA al libro, que planeaba el Gobierno, sería un “tiro de gracia”. La respuesta del ministro fue un seco “Conmigo no, Martín”, y agregó que no era el peor momento de la industria, que la industria había vivido momentos peores, como las dictaduras y las hiperinflaciones. Después de un año de ese cruce, Gremmelspacher no se arrepiente de nada:

—Mi descripción fue hecha con datos duros de la realidad, por tal motivo no me arrepiento. Independientemente de esto nuestras relaciones personales e institucionales son buenas y van más allá de los días de la Feria. En el año no es poco lo que logramos acordar, como el apoyo a los libreros que vienen a las Jornadas Profesionales y el Programa Libro% de Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip). Pero, justamente, la Fundación organiza el mayor encuentro anual de negocios, que son las Jornadas Profesionales, y eso solo indica que nos importa la situación. Además, todas las cámaras y federaciones del libro que nos conforman nos llegan con la preocupación de la caída en la producción y las ventas.

—Según los datos preliminares de Promage, la caída del sector será de un 5% en las ventas. ¿Cree que la industria editorial tocó fondo y que de aquí en adelante volverá a crecer?

—La caída respecto de 2016 está entre un 5 y un 10%, lo que da en los dos últimos años una caída aproximada de 30%.

—¿Cuáles son las estrategias comerciales que ha implementado la Fundación para promover el consumo de libros durante los días de la Feria? ¿Se puede promover la compra en una economía afectada por el consumo transversalmente?

—Respondiendo primero la segunda inquietud, nosotros trabajamos contra viento y marea, no bajamos los brazos, ni nos ponemos a pensar en un “para qué”, porque es peor. Salimos hacia adelante siempre. Luego, en la Feria hacemos varias acciones. Para los profesionales (libreros y bibliotecarios, sobre todo) tenemos los programas Librero/Bibliotecario Amigo, por el que pueden comprar al 50% (el margen habitual es un 10%, o más, menor para ellos); el envío gratuito para compras a interior o exterior; damos ayudas para viajar a los que vienen a hacer negocios, entre otras iniciativas. En los días de público, tenemos los chequelibros que damos a los visitantes, y que se pueden utilizar en librerías una vez terminada la Feria, y también hacemos acuerdos de promoción para descuentos con bancos y tarjetas (Ciudad, Provincia, tarjeta Naranja). Luego están las compras de Conabip, que por suerte se sostienen.

—¿Entre el año pasado y este ha ocurrido algo para que el desgravamen del IVA a los libros se vea afectado o el Gobierno desistió de esa iniciativa?

—Lo que sabemos hasta ahora es que el Gobierno desistió de gravar al libro con el IVA.


martes, 24 de abril de 2018

Museo del Libro y de la Lengua: sospechas de cierre y desmentida de Alberto Manguel

En los últimos días ha cobrado impulso la noticia de que el Museo del Libro y de la Lengua, creado en 2011 puede cerrar sus puertas. Así lo indica un comunicado de ATE (Asociación de Trabajadores del Estado) de la Biblioteca Nacional, que circula por las redes y que se reproduce en esta entrada. La noticia –que tuvo gran repercusión en los días previos a la llegada de Mariano Rajoy a la Argentina– tal vez podría relacionarse con el enojo que le causó en su momento a la Embajada de España la inauguración de esta institución “sin que le hubiesen avisado” y con la prepotente adscripción de la lengua castellana a la risible Marca España.

Todo esto ha motivado que Alberto Manguel, actual director de la Biblioteca Nacional, lanzara un comunicado que reproduce el diario La Nación, de Buenos Aires, el 11 de abril pasado.

A continuación, ofrecemos al juicio de los lectores el comunicado de ATE y la desmentida de Manguel, en ese orden.

No al desguace del Museo del Libro y de la Lengua

La semana previa a las pascuas el Director Alberto Manguel comunicó a lxs trabajadorxs que desempeñan sus tareas en el Museo del Libro y de la Lengua la decisión de iniciar una serie de drásticos cambios en el sector. El plan que la gestión informó incluye la disolución del equipo que desarrolla cada una de las tareas que competen al anexo, de modo tal que sólo habría una muestra permanente de la historia de libro en la planta baja. El resto del mismo quedaría librado a una serie de “centros” ajenos a los objetivos para los cuales el museo fue creado. Estamos frente a una intempestiva decisión que apunta al liso y llano desarme del Museo del Libro y de la Lengua.

Esta determinación del Director desconoce que el edificio de Las Heras fue inaugurado en Septiembre de 2011 con el propósito de que nuestra Biblioteca Nacional posea una entidad específicamente dirigida a la difusión y reflexión en torno a nuestra lengua y el libro como temáticas nodales de la discusión cultural de nuestro país y su interrelación con la cultura universal. Su creación no responde a un capricho episódico de una autoridad de turno. Lo que Manguel parece ignorar, es que se trata de una política pública e institucional que debiera trascender a las gestiones, las cuales siempre están de paso.

La decisión del Director se da en el contexto del achique de las políticas públicas, despidos y cotidiana pérdida del poder adquisitivo del conjunto de lxs trabajadorxs. En nuestra Biblioteca Nacional, esto se viene sucediendo sistemáticamente desde diciembre de 2015 cuando asumieron las autoridades de “Cambiemos”. En todo aquello que compete a la Dirección de Cultura, lxs laburantxs venimos sufriendo desarme de sectores, reducción de áreas, achiques presupuestarios y progresivo abandono de políticas culturales, todas esenciales para hacer de la BN una institución que además de preservar el acervo patrimonial también sea capaz de colocarlo al alcance de todos los lectores, investigadores y público en general de nuestro país, que se llama Argentina. El Museo del Libro y de la Lengua en particular viene sufriendo distintos ataques por parte de la actual gestión y ahora parecieran querer darle la estocada final a su existencia.

Desde la Junta Interna de ATE BN nos ponemos a la cabeza del conflicto y convocamos a todxs lxs trabajadorxs de la institución a brindar su apoyo a lxs compañerxs del museo. Asimismo hacemos un llamado a la reflexión al Director para desandar esta injusta decisión. Una vez más estaremos donde tenemos que estar, defendiendo las políticas públicas y los puestos de trabajo.

 

Desmienten el cierre del Museo del Libro,

que abre nuevas salas

 

En medio de fuertes rumores alrededor del cierre del Museo del Libro y de la Lengua, Alberto Manguel , director de la Biblioteca Nacional , desmintió ayer el cese de actividades en el edificio inaugurado en 2011. Además, anunció nuevos proyectos: una muestra permanente sobre la historia del libro, la creación de un Centro de Documentación de los Pueblos Originarios y de un espacio de lectura infantil y juvenil que se llamará Dailan Kifki, en homenaje al clásico de María Elena Walsh.

En el texto de su comunicado, Manguel asegura que “de ninguna manera” piensa cerrar el museo. “Estamos generando las acciones necesarias para darle el prestigio y las funciones esenciales que merece”. Así respondió a las versiones que circularon en las redes sociales en los últimos días como responsable de la Biblioteca de la que depende el museo. Un cartel pegado en la entrada de Av. Las Heras 2555 con la frase “No al cierre del Museo del libro y de la Lengua”, escrita con fibra y firmada por ATE, había encendido la alerta y generado el runrún por Twitter y Facebook.

Unas horas antes de participar del acto final de la lectura colectiva de la Divina Comedia, de Dante Alighieri, que comenzó en enero y concluyó ayer, Manguel firmó el comunicado. Con el trasfondo de alerta de los delegados sindicales por posibles despidos, el director salió a desmentir la versión y anticipó los cambios. Se propone, por un lado, “optimizar el uso de ese espacio”, ya que según asegura, “las características propias del edificio no se prestan adecuadamente para realizar muestras temporales”. En los últimos años, el museo albergó exhibiciones importantes como un recorrido por los 50 años del Centro Editor de América Latina y un homenaje a Roberto Fontanarrosa con la muestra “Archivos clasificados”.

Manguel cuenta que el proyecto de renovación apunta a “albergar, en la planta baja, una gran muestra permanente de la historia del libro, que va a tener una función fundamentalmente pedagógica y en la cual están trabajando desde hace un tiempo, el director de investigaciones Javier Planas con cuatro de las personas que realizaban tareas en el museo”. La inauguración sería en dos meses, después de encarar algunas obras en el edificio.

En el primer piso se alojará el Centro de Documentación de los Pueblos Originarios, un espacio de consulta del material que “está catalogado en la biblioteca a partir de códigos europeos del siglo XIX”. Ya en la primera conferencia de prensa, al asumir el cargo, Manguel manifestó su interés por incluir el tema en la agenda de la BN.

Al lado del auditorio David Viñas, en el subsuelo, se inaugurará el Centro de Lectura Infantil y Juvenil Dailan Kifki, un espacio para que los libros estén al alcance de los chicos.

lunes, 23 de abril de 2018

Jesús Anaya Rosique: las armas por los libros

“‘Soy un francotirador. No tengo compromiso con nadie’, ratifica a sus casi 72 años el editor, traductor y catedrático Jesús Anaya Rosique, quien gracias a su pasión por los libros logró pasar de la clandestinidad de la lucha armada y el exilio a la investigación y a la academia”, dice la bajada de la nota publicada por Virginia Bautista, el 11 de febrero pasado, en el diario mexicano Excelsior.

Jesús Anaya Rosique: “Soy un francotirador”

Soy un francotirador. No tengo compromiso con nadie”, ratifica a sus casi 72 años el editor, traductor y catedrático Jesús Anaya Rosique, quien gracias a su pasión por los libros logró pasar de la clandestinidad de la lucha armada y el exilio a la investigación y a la academia.

La letra impresa, en libros, periódicos o revistas, ha sido el caldo de cultivo en el que ha navegado este ensayista desde hace más de 50 años y la industria editorial —desde diversos frentes: corrector, investigador, vendedor y editor— ha sido su casa.

“Así que lo que digo está fundamentado. Esta es una industria que no ha madurado, que sigue teniendo una serie de debilidades y de cuestiones que le impiden ser el sector editorial más importante en lengua española”, afirma en entrevista con Excélsior.

Quien ha trabajado en editoriales de México, Italia y España, entre ellas los grupos Feltrinelli y Planeta, lamenta que el país haya perdido el liderazgo que tenía en este sector durante los años 50 y 60 de la centuria pasada.

No hubo un impulso del gobierno mexicano, sobre todo para la exportación. Hubo decisiones de política económica que no midieron cómo apoyar el desarrollo de la industria editorial. Y, luego, en 1976, España regresa a la democracia, se integra a Europa, mejora sus condiciones de vida y en poco tiempo nos quitó la primacía”, explica.

En su casa de la colonia Toriello Guerra, al sur de la capital mexicana, donde nació el 5 de abril de 1946, Jesús Anaya evoca las dos pasiones que lo han guiado: la búsqueda de la justicia y de la cultura, a las que sucumbió sin límites y experimentó de manera intensa.

Colaborador de la sección internacional del periódico El Día en 1964 y después corrector en los recién nacidos sellos Era y Siglo XXI, al actual profesor de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México le cambió la vida la lucha de los jóvenes contra la censura del gobierno mexicano que comenzó en 1966, cuando tenía 20 años y estudiaba Filosofía de la UNAM.

Tras la matanza estudiantil de Tlatelolco en 1968 se integró a “un grupo subterráneo paralelo a este movimiento que se preparaba para la lucha armada”, y abandonó el país.

Antes de reencontrarse en 1975 con el mundo editorial en Italia, el ensayista secuestró un avión en 1969, estuvo en Cuba en campos de trabajo, vivió unos meses en las montañas de Venezuela, regresó a México y fue apresado en 1972 y encarcelado 18 meses en Lecumberri, hasta que obtuvo una libertad negociada.

He sido testigo y partícipe no sólo del desarrollo de la industria editorial mexicana, sino del cambio político más importante del país”, dice quien regresó a México en 1982, tras siete años de exilio en Italia, amparado por la amnistía que ofreció el gobierno en 1979.

Y, desde hace 35 años, se ha entregado de llenó al mundo editorial, tanto como editor de publicaciones como formador de nuevas generaciones de editores y libreros, y confeccionador de cursos y talleres para capacitar al personal del gremio.

El fundador de la primera Maestría en Edición de Latinoamérica, que se impartió en la Universidad de Guadalajara de 1991 a 1997, se niega a creer que México no logre retomar el liderazgo de la industria editorial en español.

El mercado real es América Latina. Cuatro de cada cinco hispanoparlantes está aquí. El obstáculo mayor es el acceso a los libros. Tenemos sólo unas mil librerías, contra las tres mil de España. Y nosotros tenemos el triple de población”, sentencia.

Piensa que el crecimiento de las editoriales independientes y el apoyo del Estado para que se abran diversas “librerías de barrio”, que tengan una mayor interacción con su entorno, podría allanar el camino para que la industria editorial del país retome el liderazgo que tenía.

Y, con la idea de precisamente formar cuadros de profesionistas que generen nuevos proyectos editoriales, Anaya trabaja con el equipo que está detrás del Centro de Innovación y Formación Profesional para la Industria Editorial, que acaba de presentar la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana en la FIL Guadalajara, donde se ofrecerán diversos talleres, cursos y diplomados.

CLANDESTINIDAD
Jesús Anaya está convencido de que “un editor tiene que haber pasado todas las fases para entender cada uno de los trabajos”. Y cree que todo lo que ha vivido le sirvió para su formación, empezando por su trabajo en El Día en octubre de 1964, cuando el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja (1931-2015) editaba la sección internacional.

Luego de ocho meses, la inestabilidad laboral de El Día lo llevó a trabajar a la Casa del Lago, donde presentaba películas. “En eso me tocó la huelga de 1966 en la UNAM. Vivimos tres meses en la facultad. Era una huelga que no se entendía desde afuera. Pero en realidad fue la que permitió la organización y fortaleció la presencia de la izquierda universitaria”.

Quien fue director editorial del Grupo Planeta en México (de 1997 a 2006) agrega que, de hecho, 1966 fue el ensayo de lo que sería 1968. “En 68 logramos algo muy importante: que se perdiera la rivalidad entre el área técnica o científica y la izquierda, y además se diera la unidad con el Politécnico. El Consejo Nacional de Huelga era representativo de todos los estudiantes”.

En el verano de 1968, narra, se fundó la Agencia Mexicana de Noticias (Amex), a donde entró a trabajar. “Lo de Tlatelolco, por un problema de salud llegué tarde a la plaza y no pude entrar y eso me salvó, me afectó tanto que le dije al director de la Amex, don Paco F. Álvarez, que quería irme de México. En ese momento se estaban armando las corresponsalías en el extranjero. Me dijo que sólo le quedaban Paraguay y Ecuador. Y escogí Ecuador, donde tenía amigos”.

Cuenta que estuvo trabajando unos meses en el país sudamericano hasta que, reflexionando sobre lo que había pasado con los estudiantes en Tlatelolco, decidió quemar sus naves. “Y, entonces, me llevé un avión peruano, que venía de Montevideo con una excursión de estudiantes, en un programa de la Alianza para el Progreso, y me lo llevé a La Habana. Lo desvié antes de llegar a Miami. Y, claro, con ese acto ilegal pasé a la clandestinidad en enero de 1969.

Llevaba una pistola desarmada en la funda de una grabadora, y un cuchillo. Y resulta que en el vuelo iban todos estos muchachos que siempre estaban en el baño, así que no podía armar mi pistola. Hasta que al final ya salió todo. En Cuba me tuvieron tres semanas internado en una casa, con un guardia que cambiaban cada 24 horas. Me dijeron que estaban analizando mi situación”, añade.

Anaya advierte que en Cuba sí sabían quién era. “Yo había hecho dos años antes la revista Hora Cero, una de las primeras publicaciones sobre lucha armada. La portada del número uno la hizo Vicente Rojo, la segunda Rius. Y el último número se quedó encerrado en una cajuela de auto el 26 de julio, cerca de la Alameda, porque llegó la policía. En 1967 había sido invitado a la Conferencia Latinoamericana de Solidaridad en La Habana. Y en 1968 yo estaba en contacto con el grupo de Genaro Vázquez y otras personas que con el tiempo dieron origen a varios grupos”, especifica.

En ese momento, aclara el autor del ensayo Editar en la universidad. Paradojas y retos, la relación de Cuba con México había llegado a su nivel más bajo, con Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría.

“Los cubanos decidieron no comprometerse, no reprimir ese caso. Me dejaron salir a París, vía Praga, esperando que la Interpol me regresara a México. Pero era febrero de 1969 y en Europa no estaban interesados en un mexicano. Así que de ahí me fui a Medio Oriente, a un campamento en Jordania, ayudado por mis amigos periodistas”, señala.

Yo estaba dispuesto a hacer mi peregrinación hacia la lucha armada, buscar instrucción militar. Luego pasé varios meses en la montaña en Venezuela y regresé a México en 1971, de manera clandestina”, indica.

En enero de 1972, la policía lo detuvo. “Estuve desaparecido durante tres semanas, en el Campo Militar número 1, en un lugar donde normalmente se da el tratamiento especial del pocito. Y luego me aparecieron en Lecumberri, donde estuve 18 meses preso, entre 1972 y 1973”.

Entonces, prosigue, “compañeros del Frente Revolucionario Armado del Pueblo, de Guadalajara, secuestraron al cónsul estadunidense en la capital jalisciense y a cambio de soltarlo pidieron la libertad de 30 presos políticos. Me tocó ir en ese contingente. El canje se dio el 6 de mayo de 1973. Por lo tanto, ni modo, valgo la treintésima parte de un cónsul gringo. El único error fue que aceptaron que nos llevaran otra vez a Cuba”.

Recuerda que el gobierno cubano los declaró “huéspedes incómodos”. “Hicimos una gira por la isla, para que ellos vieran cómo era cada uno de los 30 y nos pidieron que dijéramos que éramos estudiantes, no guerrilleros. Solicitamos que nos dejaran salir, que nos dieran documentos o que nos permitieran trabajar. Se negaron. Nos mandaron a un campo de trabajo, a limpiar la caca de las vacas. Desde mayo de 1973 hasta octubre de 1975, que logramos salir algunos, fue una situación muy difícil. Este año llegó un embajador mexicano a Cuba, don Edmundo Flores, a preparar un viaje del presidente Echeverría. Nos juntó a los 50 que estábamos ahí de tres viajes y dijo que nos ayudaría. Nos ofrecieron pasaporte limitado de un año a países de Europa Oriental. Muchos no aceptaron, pero unos 13 sí quisimos irnos. Yo acepté el pasaporte a Bulgaria y saqué una visa para Budapest, a espaldas de los cubanos. Con esa visa logré ir a Viena y me seguí a Italia, donde había ido en 1970 y tenía una red de amigos de la izquierda extraparlamentaria”, explica.

VUELTA A LOS LIBROS
El profesor de la maestría en Diseño y Producción Editorial de la UAM Xochimilco relata que ya en Italia trabajó en lo que sabía. “Llegué a Milán y me contacté con la editorial Feltrinelli, donde estuve casi 10 años. Sabía poco italiano, pero hice un gran esfuerzo y me gané el reconocimiento. El consejo de la empresa le pidió a los directivos que buscaran cómo podía estar yo legal en el país. Y a la larga conseguí la residencia legal, pero casi de manera paralela a la amnistía en México. Trabajé muy bien. Me hice cargo de una colección. Pero en 1982 hubo un recorte y me tocó. Me regresé a México, pues quería estar con mi familia”.

Antes, tras la amnistía del 79, Anaya convenció a los editores de Feltrinelli de llevar sus libros a la Feria del Libro del Palacio de Minería. “Me traje los títulos de izquierda en italiano, todo se vendió, era un momento especial. Y no sólo vendí todo, sino que me llevé pedidos. Regresé al año siguiente”.

Ya establecido en México, hizo ediciones para la Secretaría de Trabajo, cuando Porfirio Muñoz Ledo era el titular. “Tenía reticencia, porque no quería ningún tipo de relación con el Estado. Pero era una oportunidad. Hicimos un programa de humanidades. Tirajes grandes. Publicamos unos 10 títulos y luego, con el cambio de sexenio y la crisis, se acabó el proyecto”.

Después trabajó de forma independiente, fundó una revista en el ITAM, dirigió los Talleres Gráficos de Tabasco, con Enrique González Pedrero como gobernador, impartió diversos seminarios, hizo el Boletín de Editores en la Caniem y fundó la Maestría en Edición en Guadalajara.

Quien ha impartido cursos de formación profesional para editores y libreros en México, Chile, Argentina, Colombia y Guatemala consolidó su carrera como editor hace 21 años, cuando se convirtió en director editorial de Planeta en México.

La última década, confiesa, la ha dedicado a la docencia, a la observación crítica de la industria editorial mexicana y al análisis del mercado. “Penguin Random House, que ha sido comprado por los alemanes, ingleses y estadunidenses, y Planeta, que es el único grupo grande que sigue siendo español, dominan 80 por ciento del mercado de interés general en México. Las editoriales mexicanas han quedado reducidas a 20 por ciento, por eso es vital que crezcan los sellos independientes”, asegura.

La formación de cuadros competitivos para la edición es otra de las cosas que se deben reforzar, detalla, por lo que participa en la creación del Centro de Innovación y Formación Profesional para la Industria Editorial, que en marzo próximo se presentará a los socios de la Caniem.

Jesús Anaya concluye que la idea es que la oferta de cursos, talleres y diplomados que la Caniem ha tenido a lo largo de su historia se integre en un programa académico muy estructurado.

Se firmarán gradualmente acuerdos de colaboración. Las materias serán en todos los rubros: producción, edición, comercialización, mercadotecnia, distribución, derechos de autor e innovación tecnológica. “Creo que de esa forma podemos encubar empresas y hacer que crezcan y compitan”, indica.

Tras pensarlo un poco, el editor sonríe para confirmar que realmente cambió las armas por los libros.

AUTOR Y DOCENTE

Desde 2009 es profesor-investigador en la Academia de Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Es profesor de la maestría de Diseño y Producción Editorial de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco. Ha organizado e impartido cursos de formación profesional para editores y libreros en México, Chile, Colombia y Guatemala. Es miembro del Consejo Académico de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana. A partir de 2007, junto con José Luis Caballero, ha impartido el curso para editores Negociación de derechos de autor en ferias internacionales del libro, en Bogotá, Colombia, Santiago de Chile y México. Fundó en la Universidad de Guadalajara la primera maestría en edición de Latinoamérica (1991-1997). Fundó la revista del ITAM Es autor del ensayo Editar en la universidad. Paradojas y retos. Es coautor del libro Cultura escrita, literatura e historia. Conversaciones con Roger Chartier y publicó el texto de Roger Chartier El libro y sus poderes.

viernes, 20 de abril de 2018

Uno de los libros más importantes del año en traducción mexicana

Jean Starobinski (Ginebra, Suiza, 1920) es un historiador de las ideas y un crítico literario poseedor de una merecida fama internacional. De su vastísima obra, importa destacar acá que fue uno de los iniciadores en la segunda mitad del siglo XX de los estudios médico-culturales sobre la melancolía, que sólo concluyó en 2012. A este respecto, su trabajo sobre este tema específico fue dado a conocer a través de diversas obras; entre otras, Histoire du traitement de la mélancolie, des origines à 1900 (Basilea, Geigy, 1960), La mélancolie au miroir. Trois lectures de Baudelaire (París, Julliard, 1989), y L'encre de la mélancolie, (París, Seuil, 2012). Esta última obra, publicada como La tinta de la melancolía, fue traducida por el editor y traductor mexicano Alejandro Merlin (Durango, 1988) y revisada por traductor y revisor Fausto José Trejo, para su publicación en el Fondo de Cultura Económica, de México, en 2017, y sólo recientemente acaba de ser distribuida en Argentina, Chile y Uruguay. Se trata, a no dudarlo, de un trabajo mayor de uno de los mayores críticos que nos legó el siglo XX y probablemente sea uno de los más importantes libros que circulen en Latinoamérica este año.

Jean Starobinski
Según señala la gacetilla de prensa, “Este libro recopila medio siglo de investigaciones producidas por Jean Starobinski relacionadas con el tema de la melancolía, desde su aspecto clínico y su evolución histórica hasta su relación con la literatura. Comenzando con su tesis sobre la historia del tratamiento de la enfermedad, presentada en 1959 en la Facultad de Medicina de la Universidad de Lausana, La tinta de la melancolía es una oportunidad para conocer los matices de esta enfermedad, ese estado de ánimo que acompaña al ser humano en lo que se conocen como las letras negras y los nidos del sentido, y que ha captado la atención de médicos, escritores, pintores, filósofos y psicólogos desde la Antigüedad hasta nuestra época.” Y luego, describiendo el contenido: “El médico, crítico y escritor Jean Starobinski rastrea los orígenes del tratamiento clínico de la melancolía y examina el concepto en cada una de sus mutaciones: enfermedad, esencia creativa o explosión del ingenio pesimista. Su análisis abarca los trabajos de Robert Burton y Søren Kierkegaard, el diagnóstico de la crisis que sufría Van Gogh, el spleen de Baudelaire y el relato de la destrucción de Troya, entre otros temas, conjuntando los trabajos que por medio siglo le ha dedicado a esta dolencia, materia de reflexión para médicos, artistas y filósofos”.

jueves, 19 de abril de 2018

"Ha llegado la hora aciaga de un cambio de estilo"


Decir que Rafael Spregelburd (actor de teatro y de cine, director teatral, escritor y traductor) es un tipo de genio es no decir nada. O mejor, es apenas una formulación que necesita algún respaldo. Para demostrarlo, sin embargo, bastaría con leer la columna que publicó el pasado 13 de abril en el diario Perfil, de Buenos Aires, donde plantea algo así como la pantomima de diálogo entre el juez Sérgio Moro, apenas un accesorio del establishment brasileño, y el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, nuevamente candidato a la presidencia de su país, con el objeto de encarcelar a este último e impedirle participar en las próximas elecciones. Cabe entonces preguntarse no sólo a qué lengua se traduce –como solemos hacer en este blog–, sino también cómo, cuándo y por qué. En este caso, para dar testimonio de una infamia.

Negociaciones conversacionales

Harold Pinter se adelantó medio siglo a esto que hoy es vox pópuli: el lenguaje es poder. Quien pregunta no tiene el mismo estatuto que quien responde, quien obedece una orden no goza de las mismas posibilidades que quien las da, etcétera. Pero extraña y afortunadamente quien da una orden imposible (como decirle “Siéntese” a alguien que ya está sentado) no siempre tendrá éxito, ni quien pretende arribar a una verdad lo logrará solo por su autoridad.

El diálogo del juez Sérgio Moro para encarcelar a Lula da Silva se me torna más pintoresco que real. Es más, dudo que sea real, pero creo inspirador replicar por escrito esta versión muy difundida:
“–¿El departamento es suyo?
–No.
–¿Seguro?
–Seguro.
 –¿Entonces no es suyo?
–No.
–¿Ni un poquito?
–No.
–¿O sea que usted niega que sea suyo?
–Lo niego.
–¿Y cuándo lo compró?
–Nunca.
–¿Y cuánto le costó?
–Nada.
–¿Y desde cuándo lo tiene?
–Desde nunca.
–¿O sea que no es suyo?
–No.
–¿Está seguro?
–Lo estoy.
–Y, dígame: ¿por qué eligió ese departamento y no otro?
–No lo elegí.
–¿Lo eligió su mujer?
–No.
–¿Quién lo eligió?
–Nadie.
–¿Y entonces por qué lo compró?
–No lo compré. 
–Se lo regalaron...
–No.
–¿Y cómo lo consiguió?
–No es mío.
–¿Niega que sea suyo?
–Ya se lo dije.
–Responda la pregunta.
–Ya la respondí.
–¿Lo niega?
–Lo niego.
–O sea que no es suyo. (...)
–Señor juez, ¿usted tiene alguna prueba de que el departamento sea mío, que yo haya vivido ahí, que haya pasado ahí alguna noche, que mi familia se haya mudado; o tiene algún contrato, una firma mía, un recibo, una transferencia bancaria, algo?
–No, por eso le pregunto.
–Ya le respondí”.

El Brasil no solo se hunde en la negrura sino que además inaugura una instancia preocupante: si la política regional siguió siempre el sucundún del realismo mágico, nos ha llegado la hora aciaga de un cambio de estilo hacia el “teatro de amenaza”, un mote con el cual los detractores de Pinter pretendían minimizar la potencia –la verdad– de su obra.

miércoles, 18 de abril de 2018

El SPET se despierta en abril con Patricia Willson

Griselda Mársico y Uwe Schoor, han hecho llegar al Club de Traductores Literarios de Buenos Aires la siguiente información:

En el primer encuentro del año, que tendrá lugar el Miércoles 25 de abril a las 18:30 en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas (Carlos Pellegrini 1515), tendremos el placer de entrevistar a Patricia Willson, fundadora del SPET. La actividad tiene por título “’... pero sí sé que se reflexiona más’. Cambios en los Estudios de Traducción entre las dos ediciones de La Constelación del Sur (2004, 2017)”
  
Patricia Willson es doctora en letras por la UBA y traductora por el IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”. Es autora de La constelación del Sur. Traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX (Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2017, 2ª ed.) y coeditora con Andrea Pagni y Gertrudis Payàs de Traductores y traducciones en la historia cultural de América Latina (México, UNAM, 2011). Ha traducido, entre otros autores, a Roland Barthes, Paul Ricœur, Gustave Flaubert, Jean-Paul Sartre, Richard Rorty, Mary Shelley, Mark Twain, H.P. Lovecraft, Jack London. Fue docente del IES en Lenguas Vivas y de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y profesora-investigadora en El Colegio de México. Actualmente enseña en la Universidad de Liège, Bélgica. Es miembro fundador de la Asociación Latinoamericana de Estudios de Traducción e Interpretación (ALAETI) y de la Asociación Internacional de Estudios de Traducción e Interculturales (IATIS).