sábado, 31 de julio de 2010

¿Para esto les pagan a los de la Real Academia?

Llegan noticias a Latinoamérica de que los miembros de la Real Academia han incorporado nuevas palabras a su curioso diccionario, al que Jorge Luis Borges alguna vez se refirió como "cementerio de palabras". Se trata de "currante", "flipar", "guay", "pasota", "tapear", "jopé" y "tropecientos", lo que, muy probablemente, beneficiará a los casi 300 millones de hispanohablantes de Latinoamérica. Tal vez el esfuerzo de los académicos ayude a comprender mejor qué dicen algunos de los personajes de las películas de Almodovar.

viernes, 30 de julio de 2010

El tópico de las malas-traducciones-sudamericanas vuelto a examinar


Tal vez la mejor manera de terminar el mes sea este nuevo texto de la argentina Marietta Gargatagli, escrito con verdadero arte, donde se trata un tema que suele crispar a algunos colegas españoles.




La traducción y la amarilidácea incompleta

Me parece que cada cierto tiempo cambiamos el modo de leer. Ahora leo de forma secuencial y no sé el motivo. Dentro de un tiempo esa modalidad será sustituida por otra, así que no vale la pena indagar las razones de hábitos destinados a desaparecer. Cuando digo secuencial me refiero a que un amigo me prestó las cartas de Manuel Puig (que no había leído) y, al terminarlas, me sumergí en La traición de Rita Hayworth (que había leído muchas veces) y después en Boquitas pintadas (que había leído muchas más) para terminar por descubrir, con inmensa alegría, que tenía la biografía que hizo Suzanne Jill Levine, que tradujo Elvio Gandolfo, que había leído una sola vez y mal porque no vi muchas de las cosas que me llaman la atención ahora.

El orden que refiero fue exacto: la descripción de la secuencia puede resultar engañosa. No fue un itinerario académico, fue emocional. Las cartas de Puig eran tan idénticas a las cartas a los padres de cualquier argentino prófugo (hasta la letra) que era necesario buscar el Puig que no era nosotros mismos.

Así volví a la biografía de Suzanne Jill Levine, que años atrás recorrí por un interés un poco exclusivo en la oralidad, y recordé que se trataba de un libro apasionante. Las zonas más extraordinarias son los comentarios cinematográficos de las películas que le gustaban al biografiado, en cuya biblioteca de clásicos del séptimo arte podría colocarse este libro con toda naturalidad. Mérito superlativo si se piensa que el discurso sobre el cine es una de las pocas actividades de género marcadamente masculino.

Debo decir también que leí con lupa todo lo referido a la literatura y a la sociedad argentinas y el único error que encontré es que Carlos Gardel murió en 1935 y no en 1937, como se dice en la página 201. Por lo demás, que es todo, se trata de una biografía excelente y es un ejemplo perfecto de cómo hacer una biografía. Y hago explícito el elogio y lo enfatizo porque la única reseña que encontré on line de este extraordinario estudio podría resumirse en una de sus frases: “El resultado es algo así como un ejemplar monotemático de ¡Hola! multiplicado ad nauseam.”

Esas alabanzas, sobre las que volveré, no son el tema principal, sin embargo. Quiero hablar de Manuel Puig y la traducción. Como si se tratara de la planta herbácea bienal de la familia de las amarilidáceas, más conocida como cebolla, la cuestión tiene capas plurales, pero sólo podré ocuparme ahora de la superficie exterior que, en esta amarilidácea en particular, anticipa las láminas interiores: la traducción de la obra de Suzanne Jill Levine que hizo Elvio Gandolfo en 2002 para una edición argentina, que se publicó después en Barcelona en el 2003.

Cuando, en estas páginas, meses atrás, se preguntaba qué es una buena traducción, mi respuesta hubiera podido ser: cualquiera que se parezca a esta traducción que firma Elvio Gandolfo. Alguien podría pensar que Manuel Puig y la mujer araña no representa los singulares desafíos verbales de la traducción de narrativa o de poesía. Es verdad. Sin embargo, la mayor parte de lo que lee una persona culta son libros como el de Suzanne Jill Levine y por su amplio número son los que terminan formando los hábitos de la lengua. Por eso importa que nos fijemos en el caso.

¿Y qué es lo que está bien en este texto? Me gusta que los habitantes de Manuel Puig y la mujer araña parezcan sensatos y sus costumbres lingüísticas también: nadie lanza estridencias ni vulgaridades, no hay frases que crujan, el texto avanza alegremente sobre el asunto sin que el lector tropiece con palabras raras o desagradables, no se grita ni se llena el escenario de circunloquios inútiles o de frases hechas, que en la lengua castellana moderna no existen aunque mucha gente cree que sí. La traducción (como las cartas) es una ficción y resulta buena o perfecta cuando la trama verbal de esa ficción es buena o perfecta.

Dejaré estacionada esta cuestión en uno de los ángulos retóricos del texto y ahora vuelvo.

La experiencia demuestra que muchos libros traducidos fueron escritos por personas que no tienen sensibilidad alguna para las infinitas reverberaciones de su propia lengua. Esa falta de sensibilidad puede deberse a muchas razones: al sentimiento de que se posee una lengua materna tan perfecta que no admite dudas, a la certidumbre de una tradición literaria, a los hábitos de la comunidad lingüística donde vive el traductor, a la idea de que la traducción es una tarea menor y no tiene relación alguna con el pasado o el futuro de la lengua. Tales defectos acechan también a los que comentan traducciones y con ello vuelvo a los encendidos elogios de arriba. Decía el reseñista:

“En lo que se refiere a la edición española, esa sintaxis invertida, cursi –«giros de frase de bolero»– que Puig le pedía a su traductor francés, se lleva a cabo sin ningún problema en la traducción de su biografía, pero sólo por no saberse sacudir el corsé del original. Hay algún «sin embargo» (pág. 217) al final de una frase, en lugar de al principio, que parece un pastiche del estilo que emplea el impertérrito locutor de Les Luthiers. Y esto no sucede una sola vez, sino muchas: demasiadas. En cuanto al masacrante uso de las preposiciones, ya sea por mímesis («Hollywood sobre el Tíber» para referirse a Cinecittá [sic]) o por ignorancia de la correcta («agregó en lápiz»), peor es meneallo. Y para rematar este capítulo, algunos descarrilamientos como «arcano» por vetusto, «corte» por juzgado, «los árboles de tilo» por los tilos, «como así» por así como, «capullos de naranja» por flores de azahar, y un casi infinito etcétera, nos ponen los pelos de punta incluso a los calvos de solemnidad. Pasando a la cultura general, hay una página (95) donde se nos habla de «los años 60 postexistenciales» –los que siguen al existencialismo–, y que no se trata de un despiste nos lo confirma la página 128, donde el pobre Roberto Arlt es motejado de existencial. Y no quisiera dejar de mencionar un chiste involuntario, por posible desconocimiento de una expresión latina y lo que significa: en la página 292 se nos cuenta que al enterarse Manuel Puig de la noticia –que lo habían propuesto para el Nobel– «se la tomó con un grano de sal». Como si fuera un tequila, vamos.”

No parece necesario discutir lo obvio. Sartre publicó El existencialismo es un humanismo, en Buenos Aires, en Sur, en 1947, antes de que saliera la edición francesa; Vicente Fatone, el maestro de Julio Cortázar, escribió El existencialismo y la libertad creadora. Una crítica al existencialismo de Jean-Paul Sartre en 1948; la revista Contorno, unas de las lecturas más fieles del existencialismo y del primer estructuralismo (Lévi-Strauss, Barthes o el Foucault inicial) empezó a salir en 1953. Casi al mismo tiempo que se empezaban a traducir –en Buenos Aires– todas las obras relevantes, todas las polémicas y todas las secuelas de las polémicas que produjo la existencialismo que tuvo un influjo tan perdurable como para que la prosa de los mejores ensayistas argentinos conservara durante años los movimientos sintácticos de lo que había sido, en el mero plano de la escritura, una inmensa novedad. ¿Son estos los lectores y traductores que, después de haber leído la reseña, deberán sustituir la palabra postexistenciales por la larguísima postexistencialistas para ampliar su cultura general? ¿Son los mismos lectores y los mismos traductores que habrán de “motejar” al “pobre Roberto Arlt” con el calificativo futuro que indique el reseñista para poder salir de su ignorancia?

La observaciones sobre la lengua castellana parecen más propias del asunto, aunque no me refiero a Elvio Gandolfo, que está todavía estacionado en aquel ángulo retórico, hablo del propio autor de la reseña: ¿de qué lengua podemos hablar con alguien que parece creer que las frases hechas y el refranero popular, de los que ya se había reído Cervantes, son el equivalente español del mot juste: “meterse este libro entre pecho y espalda”, “peor es meneallo”, “poner los pelos de punta”, “para rematar este capítulo”, “lo sé de buena tinta”, “categoría de plato combinado”, “calvos de solemnidad”, “behaviorismo de vía estrecha”, “escrito al alimón”, “habría tela cortada”, “a trancas y barrancas”, “tener los cojones”, “para más inri”, “claridad cristalina”, “a lo que sólo cabe añadir: Amén.”

Alguien que utiliza esos ripios religiosos, taurinos y orales no ha reflexionado sobre su propia lengua ni sobre la lengua del traductor y el nerviosismo con la traducción (o incluso con el original) se reduce a esto: no se está hablando de la propiedad (la corrección) del idioma: se está leyendo a un propietario (el dueño) del idioma que se dirige a otros propietarios del idioma a los que pretende contagiar su aspereza.

¿Para decir qué exactamente? ¿Que un “sin embargo” está puesto al final de la oración? ¿Qué los usos normales del castellano de América lo incomodan? ¿Qué cree que Elvio Gandolfo no leyó a Plinio (ni a los existencialistas) y que la expresión “tomar con un grano de sal” no se usa en español? Demasiado lápiz rojo para un libro que tiene 392 páginas impecables.

Entiendo que la tradición castellana no sólo es riquísima, también es útil. A lo largo de siglos, la lengua castellana fue hebraísta, arabizante, latinista, clásica, galicista y se convirtió en una lengua opulenta y dúctil incorporando perfecciones que copió del latín, inventando un resplandeciente estilo oral ya en el siglo XV, descubriendo formas inéditas de pliegues y despliegues de la intimidad —como revelan las llamadas crónicas de Indias—, mostrando y ocultando pluralidad de significados en el idioma del barroco. Multiplicada en muchos modelos verbales, entre ellos los que se imaginaron en América, llegó a nuestros días con su arsenal intemporal intacto. La idea de que la lengua castellana siempre fue la misma (y es una sola) transita, dando alaridos, por la senda del disparate. La percepción de que saber escribir no supone pensar en qué lengua (literaria) se está escribiendo, también.

Sólo la sueñera mental, de la que hablaba Borges, conspira para que esa reflexión no se realice. La escritura es algo más que una redacción adocenada y doméstica. Como razonó Barthes, la escritura, es “un remanente obstinado, que viene de todas las escrituras precedentes y del propio pasado de mi escritura, y que cubre la voz presente de mis palabras.” (El grado cero de la escritura, 1953). Nada hay de inocente o traslúcido en las palabras, que siempre están diciendo otra cosa. Ese precipicio de incertidumbre, doble en el caso de la traducción, tiene bordes mayores y pequeños agujeritos. Se puede caer en los agujeritos —como le ocurrió al autor de esta reseña— y pensar que ya está seguro en alguna parte abrazado a su lápiz rojo, o mirar y ver el panorama escalofriante donde la inmensidad no contradice los esplendores. No hay una opción intermedia, lamento decirlo. O la lengua se piensa con su inquietante espesor o las fosas nos encerrarán en su siniestra, aburrida y estéril familiaridad.

Y ahora vuelvo a lo que dejé apartado en aquel ángulo retórico del texto: los méritos de esta traducción. Basta abrir el libro en cualquier página para advertir algo: quien tradujo este libro tiene, detrás o debajo de la simplicidad lógica de esta prosa, reflexiones y elecciones anteriores sobre cómo escribir. Ejemplos: disponer los adjetivos (sobre todo si son únicos y no perturban el ritmo de la prosa) detrás de los sustantivos eliminado el halo rancio y subjetivo de la anteposición; sustituir los adjetivos por el efecto calificador de sustantivos y verbos; no utilizar los nexos sintácticos para vincular oraciones o frases que caracterizaron al castellano dieciochesco y que la lengua clásica (pensemos en Quevedo) había eliminado porque confiaba en la inteligencia del lector (por eso, un “sin embargo” puede aparecer al final de la oración); repetir palabras, sin que se note y sin función enfática, porque el lector no necesita que le arrojen a la cabeza el diccionario de sinónimos; elegir palabras y expresiones por su sonoridad agradable y desechar las horribles, como cañamazo o cojones; no renunciar a los extranjerismos: affaire, chic, shorts, sweater, camp, si esos extranjerismos forman parte de la expresión normal de los hablantes; no utilizar frases hechas salvo que esas expresiones fijas se hayan convertido en enunciados de la lengua general sin marcas específicas y no se los pueda sustituir por una palabra, lo que también se llama catacresis; escribir con la naturalidad de la lengua actual, siglo XXI, pero sin certidumbres, con la distancia irónica del que sabe que las palabras no siempre dicen lo que dicen ni dicen lo mismo para todos los lectores ni siquiera para uno mismo.

Se podrá aducir que Elvio Gandolfo es escritor (y un gran escritor) y que ha practicado el periodismo toda su vida. Esas ventajas son, sin embargo, aparentes. Quizá haya ganado rapidez porque la profesionalización de la escritura enseña velocidad. Pero las preguntas sobre la lengua (¿en qué lengua voy a escribir?, ¿cómo decir lo que quiero decir?, ¿cómo decir mejor lo que quiero decir? no abandonan jamás al que tiene delante un universo estético (el arsenal intemporal intacto) y no rutinariamente gramatical.

El debate transatlántico que nos ocupa planea sobre estas reflexiones. Los lectores españoles rechazaron (sobre todo críticos y periodistas) las traducciones “sudamericanas”, como suelen llamarse, con el conocido lápiz rojo. Aunque siguen reeditándose, firmadas otros nombres o, a veces, por el auténtico artífice, forman parte de un tejido editorial del pasado. El presente está del otro lado del Atlántico donde la cuestión tiene un resumen también incómodo: a los lectores argentinos y quizás uruguayos y quizá paraguayos y quizá chilenos las traducciones que vienen de España no les gustan. Parece un movimiento parecido: hay, sin embargo, dos razones que rompen la ilusoria simetría.

La razón importante es la progresiva diferencia de los modelos de la lengua literaria: la prosa contemporánea del castellano de América –que no forma una unidad a pesar de que escritores y lectores lean lo mismo y lean poco, algo o bastante de lo que se escribe en otros países de América– nació de una ruptura común y eligió soluciones verbales diferentes, pero que no difieren en lo esencial: luchar a trompadas (como decía Strindberg) para que ese idioma, de algún modo, los represente y, al mismo tiempo, diga algo nuevo. La prosa contemporánea del castellano de España (que tiene otras tres lenguas nacionales: el catalán, el gallego y el euskera que son el vehículo de debates literarios muy semejantes a los de América) ha seguido un curso diferente. Las transformaciones de la lengua moderna fueron otras y, como la visibilidad editorial no tiene nada que ver con la visibilidad literaria, los lectores que se asoman a la lengua literaria española actual lo hacen a través de sus traducciones. Cuando alguien abre un libro traducido en Madrid o Barcelona no tiene referentes de ninguna clase para sentir interés o placer por la lectura, a menos, como ocurre a veces, que el propio libro los proporcione.

La segunda razón, que no está exactamente relacionada con la primera, es una resistencia en el plano léxico que se extiende a la prosodia y a la melodía sintáctica. No por las diferencias naturales entre zonas lingüísticas; porque esa lengua parece una rutinaria repetición del habla del traductor o del corrector o del editor sin que se puedan vislumbrar por ninguna parte los horizontes literarios. El lector no sabe qué hacer ni para qué sirven esas rarezas. Daré un ejemplo de rarezas inútiles:

Manuel Puig se rajó a Italia, bastante jaboneado aunque junaba que no era un cara de ángel, para abrirse cancha en el mundo del cine. Chapó un bulín en un periquete con unas javies que eran un plato aunque el rioba era medio fulero. Chamuyaba bastante bien el italiano y abarajó unas clases para hacer pendant con Cinecittà. De volada, los capos lo recibieron bien, pero los cumpas resultaron unos alacranes engunfiados, no le dieron calce y al final se estufaba de lo lindo. Pavada de cartas le escribía a la familia, meta bolazos para que estuvieran chochos y no lo escorcharan. ¡A la pelotita, a la pelotita!, gritaban en la casa cuando las recibían.

Esta parodia no se dirige a un lector argentino. Postula a un individuo que hubiera vivido en una zona muy limitada del Río de la Plata entre 1959 y 1970 (hasta las seis de la tarde de cualquier día de julio) antes de que esas palabras —todas ellas existentes— fueron sustituidas por otras o simplemente se olvidaron y desaparecieran. Creo que eso reduce la cifra de los lectores modelo (los de Umberto Eco) a unas (exagerando) dos personas.

La inmediatez de una lengua no tiene función estética y corteja el peligro de que la lengua literaria –a la que las traducciones contribuyen– tenga como modelo la oralidad directa, sin las mediaciones que convierten lo puramente oral en forma escrita, como ocurrió en la tradición clásica o, después, en la escritura de grandes narradores y poetas españoles y americanos.

¿Traducían de este modo absurdo y excluyente los denostados traductores de los libros antaño exportados a España? No lo creo. Ni siquiera entonces los buenos y malos traductores depositaron sobre el lector de ninguna parte el argot contemporáneo, sobre todo porque entre esos muchos traductores había reputados y desconocidos españoles. Como también eran en gran parte españolas (cuando no totalmente), la gestión económica, la política editorial y hasta la propiedad de las empresas que exportaron, durante la edad de oro, como la llamó José Luis de Diego, varios cientos de millones de libros (también De Diego) a España y a otros países de América Latina.

El tópico de las malas-traducciones-sudamericanas, como se las definió, resulta engañoso. Aquellos libros, que reflejaban lateralmente la voracidad cultural de la Argentina, se editaron, a menudo, de modo descuidado, quizás muy rápido, sin correcciones y con transparencias demasiado elocuentes de las lenguas originales. Lo que hace que, en algunos casos, esas traducciones parezcan deficientes no es el dialecto rioplatense: lo que nos hace formular juicios negativos es que, en muchos casos, se trataba de malas traducciones. Malestar idéntico, tengo que decir, al que pueden producir las traducciones que, por la misma época, se hacían directamente en España. Ese descuido generalizado (y los mismos defectos) los puede comprobar cualquier buen lector, si es que conservó en su biblioteca algunos de aquellos engendros, también de los años cincuenta o sesenta o setenta.

Solicito a los leyentes que hagan ese doble escrutinio y después dirijan los agradecimientos a quienes obtuvieron grandes o frugales beneficios con la venta de esos libros. No a los traductores; tampoco a las editoriales argentinas. Aquella compulsión comercial no tuvo relación alguna con los proyectos culturales del Río de la Plata: se exportaba lo que se leía en el país, no lo que se escribía.

Ese sucedáneo cultural ocultó –bajo la oscura lápida de las malas etcétera– las reflexiones argentinas sobre la traducción y las propias traducciones que habían sido el centro mismo de lo literario, porque la traducción –con argumentos que repetían los axiomas y la pulsión traductora de la Alemania clásica y romántica (Antoine Berman)– fue percibida como el instrumento esencial para la construcción de una lengua. Ese trabajo necesario con el idioma describe que la traducción se entendiera (y se entiende) como un desafío literario o intelectual y como una forma de reflexión sobre la propia escritura.

Los charlas sobre traducciones, las comparaciones de versiones, las correcciones de esas versiones que apasionaron a Borges, a Bioy (léase Borges de Bioy) y a otros escritores argentinos trazaron un límite (y lo hicieron explícito) entre la lengua de la literatura argentina y la impersonalidad flaubertiana de las traducciones. Y también trazaron otro límite entre los textos canónicos (que siguieron su camino impersonal) y ciertos modelos narrativos o poéticos contemporáneos que, trasladados a una atmósfera argentina, podían convertirse (como ocurrió) en formas verbales del porvenir.

Muchas de estas traducciones siguieron circulando en España hasta el presente, a veces con el nombre del traductor, a veces con el lamentable borramiento de un seudónimo. Contribuyeron a esa diseminación, el declive económico de los años setenta en la Argentina y el exilio o el traslado a Barcelona o a Madrid de numerosísimos actores del mundo editorial argentino: traductores, escritores, correctores, lectores, gestores, directores y, por supuesto, propietarios. Fondos enteros de lo que entonces eran novedades: narradores, dramaturgos y poetas contemporáneos, el género clásico policial y el subgénero de la novela negra, la ciencia ficción, ensayos en todos los campos y hasta manuales de autoayuda, fueron republicados en España, a partir de 1976, engrosando los catálogos editoriales de empresas que desaparecieron o se multiplicaron.

La contribución continúa, como es el caso del libro que nos ocupa: Manuel Puig y la mujer araña fue publicado por el Grupo Editorial Planeta/Seix Barral, en el 2002, con derechos exclusivos para Argentina, Chile y Uruguay, y volvió a editarse en el 2003, en Seix Barral Barcelona, con derechos exclusivos para España. Ignoro si la traducción de Elvio Gandolfo fue corregida o aumentada: es evidente, sin embargo, que fue recibida con el resoplido habitual.

Los intercambios entre España y Argentina no son nuevos. Muchos intelectuales antifascistas españoles o pertenecientes a lo que ahora se llama “la tercera España” emigraron a la Argentina y encontraron trabajo en las editoriales que sus compatriotas habían comenzado a crear en los años veinte o en los comienzos de los años treinta y tuvieron intensos contactos con el mundo académico y literario. Esas contribuciones extraordinarias no fueron anónimas. Son reconocidas, recordadas y homenajeadas. Sobre todo en la Argentina.
Me parece que no deberían ser diluidos en la nada (y menos aún con un resoplido) los traductores rioplatenses que vertieron al castellano: ensayos, poesías, novelas y cuentos, literatura religiosa y profana, que directa o indirectamente se leen todavía en el ancho mundo hispánico: Leonor Acevedo (que hizo la primera versión de Las palmeras salvajes que después corrigió su hijo), Ramón Alcalde, Raúl Gustavo Aguirre, Horacio Armani, José Aricó, Aurora Bernárdez, José Bianco, Adolfo Bioy Casares, Roberto y Alberto Bixio, Jorge Luis Borges, Oberdán Caletti, Mario Calés (Kolesnicoff), Patricio y Estela Canto, Susana Constante, Julio Cortázar, Josefina Delgado, León Dujovne, José Luis Etcheverry, Vicente Fatone, Juan Forn, Juan Filloy, Arturo Fruttero, Marco Galmarini, Patricio Gannon, Alberto Girri, Ana Goldar, Eduardo Goligorsky, Carlos Grünberg, ¿Miguel de Hernani?, Matilde Horne (Matilde Zagalsky), Maggie Howard de Martínez, Néstor Ibarra, José Isaacson, Roberto Juarroz, Moisés Katznelson, Manasés y Moisés Konstantynowski, María Rosa Lida de Malkiel, Nydia Lamarque, Aníbal Leal, Alfredo Llanos, Alfredo Martínez Howard, Floreal Mazía, Manuel Mujica Láinez, Héctor Murena, Silvina Ocampo, Victoria Ocampo, Ezequiel de Olaso, María Rosa Oliver, Félix della Paolera, Eduardo Paz Leston, Aldo Pellegrini, Ulyses Petit de Murat, Manuel Peyrou, Enrique Pezzoni, Abraham Platkin, Francisco Porrúa (y sus seudónimos), Ricardo Potchar, Enrique Luis Revol, Jaime Rest, Abraham Rosenblum, Raúl Sciaretta, Pedro Scaron, José Salas Subirats, Juan Straubinger, Norberto Silvetti Paz, Kazuya Sakai, Alberto Vanasco, Pedro Juan Vignale, Carlos Viola Soto, David Vogelmann, Rodolfo Walsh, Rodolfo Wilcock, Enrique Zadoff.

La lista es parcial pero suficiente. Si se buscan los libros que llevan estas firmas (o que todavía las llevan) es difícil que se pueda percibir en ellos ninguna voluntad de ser enfática o, incluso, tímidamente argentinos. Salvo, eso sí, en aquellos raros textos, en los que la forma buscaba (como decían los formalistas rusos) una nueva función: otra lengua, otra literatura.

¿Tienen una finalidad parecida las traducciones enfáticamente españolas? Sería un alivio saberlo, para poder tirar, para siempre jamás, el conocido lápiz rojo al Atlántico.

jueves, 29 de julio de 2010

Dos mesas redondas sobre traducción en la Feria del Libro de Frankfurt 2010



La información puede ser ampliada, por el mismo precio, clickeando sobre la imagen

miércoles, 28 de julio de 2010

Sobre un poema de Osip Mandelstam


"A Osip Mandelstam le costó la vida un epigrama contra Stalin. José Manuel Prieto reconstruye ese terrible capítulo del totalitarismo al presentar esta traducción, comentada verso por verso, de la célebre sátira", dice el copete del imperdible artículo del cubano José Manuel Prieto (La Habana, 1962), publicado en el número de mayo de 2009  de la revista mexicana Letras Libres, que puede consultarse a continuación siguiendo este link:  http://www.letraslibres.com/index.php?art=13762




José Manuel Prieto es PhD en Historia en la Universidad Nacional Autónoma de México y enseñó en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) de la ciudad de México, desde 1994 hasta el 2004. En el 2004-2005 fue becario de la Margaret and Herman Sokol Fellow at The Dorothy and Lewis B. Cullman Center for Scholars and Writers en la Biblioteca Pública de Nueva York. Prieto ha sido también becario del Sistema Nacional de Creadores de México, entre enero del 2003 y diciembre del 2005; de la Santa Maddalena Foundation in Florencia, en abril del 2001 y de la Fundación Solomon R. Guggenheim en el 2002.
Autor de varias novelas, libros de no ficción, ensayos y artículos, es también un traductor de literatura rusa al español. Entre sus libros caben destacar Livadia, (Mondadori, Barcelona, 1998), Enciclopedia de una vida en Rusia, (Mondadori, Barcelona, 2003), el conjunto de relatos El Tartamudo y la rusa, (Tusquets, México 2002), el libro de viajes Treinta días en Moscú, (Mondadori, Barcelona. 2001). Livadia ha sido traducida a más de ocho lenguas con excepcional recepción de la crítica. En los Estados Unidos fue publicada bajo el título de Nocturnal Butterflies of the Russian Empire por la editorial Grove Press, en Francia se publicó como Papillons de nuit dans l´empire de Russie, en Italia como Le Farfalle Notturne dell´Impero Russo. Diarios como el The New York Times, The New York Review of Book, Le Monde, Libération y The Times Literary Supplement publicaron muy elogiosas reseñas del libro. A fines del 2004 el prestigioso Frankfurter Allgemeine Zeitung incluyó a Liwadjia como uno de los más importantes títulos de ficción publicados ese año en Alemania. Rex, su ultima novela, salió en la primavera del 2007 publicada por la editorial barcelonesa Anagrama y en ediciones simultaneas en Alemania, Francia y Estados Unidos. Actualmente José Manuel Prieto vive en Nueva York.

¿Qué son los "lectores muy intensos"?

Según el copete de la nota publicada por Martina Rúa, en la edición del diario argentino Perfil del domingo 25 de julio pasado, "en la semana en que Amazon anunció que ya vende más obras digitales que de las tradicionales, los “adelantados” criollos del libro electrónico cuentan sus experiencias.

Los argentinos que cambiaron
por los e-books no extrañan el papel

A pesar de que en la Argentina la lectura de libros digitales (e-books) se realiza en mayor medida a través de teléfonos inteligentes o directamente desde la PC, también existen fanáticos o “early adopters”, que se animaron a dar un paso más allá y ya experimentan con los dispositivos electrónicos de lectura, que hacen furor en EE.UU. PERFIL conversó con usuarios de los modelos más elegidos, quienes aseguran que la experiencia supera lo esperado y que no extrañan los libros tradicionales.

Tiempos modernos. Practicidad y comodidad son los beneficios que más resaltan los usuarios de e-readers. China es una lectora voraz que lee entre tres y cuatro libros por mes. Ella usa un Sony Reader desde hace ocho meses y, si bien no abandonó los libros de papel, confiesa leer mucho más en digital. “Cuando viajo puedo llevar más de veinte libros en mi book; además cuando hago un trámite lo saco de la cartera sin que me ocupe mucho lugar”, contó esta mujer de 68 años que cayó rendida ante el nuevo formato por consejo de su hijo Matías, también usuario intensivo de lectores digitales.

Adriana Berro, de 46, tiene un Kindle de Amazon desde febrero. “Me gustaría dejar de leer en papel, pero hay varios libros que me interesan y aún no se publican con versiones on line. Destaco la claridad de lectura de la tinta electrónica, el poder ajustar el tamaño de la letra, poder descargar los primeros capítulos sin necesidad de comprarlo, acceder a los títulos en su idioma original, que las ediciones no se agotan y acceder a títulos difíciles de encontrar en el país”, enumeró entre los beneficios esta psicóloga lectora de biografías, libros de historia y revistas internacionales. “Hasta el momento, me compré poco más de diez libros y leo mucho más que antes porque consigo más material acorde a mis intereses”, señaló.

Por su parte, Arturo Castillo, de 32 años, eligió a la vedette del momento: la tableta de entretenimiento Ipad, en la que invirtió cerca de $ 3 mil, ya que también la utiliza para trabajar. “No extraño el papel. Sí me genera nostalgia recordar las épocas en las que leía la serie Elige tu propia aventura, pero me parece que es parte de la evolución y no importa tanto el medio sino el contenido”, explicó Castillo, quien ya leyó en su iPad el Martín Fierro, que descargó de manera gratuita.

Voto positivo
Según Germán Echeverría, director de la editorial y librería on line Autores de Argentina, en un futuro cercano los lectores podrán encontrar un e-reader a su medida según el tipo de lectura que suelan realizar. “En nuestro país, los e-readers van a quedar acotados a los lectores intensos; por los menos en los próximos cinco años. La mayoría de la gente va a optar por leer desde dispositivos multiuso como celulares, netbooks o notebooks”, explicó.

Pero los afortunados que ya lo poseen sólo tienen elogios: “Ha superado ampliamente mis expectativas. Soy usuario de iPhone desde hace un par de años y nunca imaginé que una pantalla un poco más grande pudiera ofrecer tanto más. Había perdido un poco el hábito de la lectura y con la incorporación de este dispositivo lo he recuperado”, dijo Castillo. A Adriana Berro le fascinan los libros de historia que suelen ser bastante pesados. “Sostenerlos se hacía tedioso. Por otro lado las impresiones muchas veces son malas, se desarman y el tamaño de la letra me resulta bastante chico. No tengo dudas de que seguiré eligiendo esta modalidad de lectura”, arremete Berro contra el papel, en pleno idilio con su compañero digital.

Norte digital
Lo que en la Argentina es un mercado exclusivo, sólo apto para lectores muy intensos, en los EE.UU. crece sin parar. Ya es común ver en los transportes públicos personas leyendo el diario desde su iPad o el bestseller de moda en un Kindle. En 2010, se venderán más de 2 millones de dispositivos, sólo en ese país. Este año, el Nook, de Barnes & Noble, destronó al Kindle de Amazon. ¿Cómo? B&N tiene más de 700 tiendas, lo que permite al usuario interactuar físicamente con el libro, a diferencia de Amazon, que es un local virtual. “Cada vez se va a poder customizar más los e-readers. Primero surgieron los dispositivos con tinta electrónica, luego se incorporaron distintos tamaños, pantalla color, audio, wi-fi, etc. Los lectores encontrarán un e-reader a su medida según la lectura que realicen usualmente”, explicó Echeverría, de Autores de Argentina.

martes, 27 de julio de 2010

El verso fue liberado, pero hay quien no se enteró

Poeta y periodista cultural, Ezequiel Alemián publicó en el diario Clarín del sábado 24 de julio pasado un breve artículo a propósito de una polémica, curiosamente revivida por un grupo de poetas del interior del país, a propósito de la conveniencia o no de la utilización del verso libre en el seno de la poesía argentina reciente, así como en las traducciones de poesía que se publican en la Argentina. La discusión ya ha dejado previamente sus huellas en este blog, sobre todo en la reunión del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires del 22 de septiembre de 2009, donde puede verse el video de la participación de Pablo Anadón y la casi batalla campal en que terminó la agitada reunión, en la que participaron varios de los poetas mencionados en la nota de Alemián. Quien desee recordar esa velada puede hacerlo en (http://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.com/2009/09/novena-reunion-del-club-de-traductores.html).

La poesía argentina debate sobre el uso del verso libre

Un siglo y medio después de que el poeta estadounidense Walt Whitman liberara los versos de la poesía occidental de rimas y acentos medidos, un debate inesperado viene ahora a recorrer el campo de la poesía local: el debate por el uso del verso libre.

La polémica, que ya se venía incubando, estalló cuando el poeta y traductor Pablo Anadón acusó en un artículo publicado en la revista Fénix a buena parte de sus contemporáneos de “haber perdido el oído para lo idiomático, incluida la métrica”. Argumentó que esto sucedía por un defecto en la formación de los poetas, “que suele nutrirse en gran medida de traducciones, excluyendo la lectura de los clásicos de la lengua”. Dijo Andón que “el imperio de la traducción versolibrista produjo en nuestro país una imagen distorsionada de la poesía moderna, identificada exclusivamente con el verso libre”.

Eliot, Yeats, Apollinaire, Rilke, Ungaretti, Montale, Pasternak, son poetas fundamentales de la lírica moderna en distintas lenguas que experimentaron con formas medidas e incluso rimadas, pero que fueron traducidos en verso libre.

Esta postura generó una serie de réplicas en el ámbito de la traducción. “Nada está más reñido con el sentido común que la pretensión de que la música de una lengua puede reproducirse en otra por el simple recurso de trasladar un sistema concebido para unos sonidos a otro sistema concebido para otros sonidos”, señaló Jorge Fondebrider, poeta, ensayista y creador del Club de Traductores de Buenos Aires.

Sin embargo, el planteo original parecía ir bastante más allá; parecía ir en contra de la consolidación de un cierto espacio poético. “El verso libre es el tipo de verso dominante, casi único, de la poesía argentina actual. Pero no lo cuestiono en sí mismo. Digo que el problema reside en que tiende a transformarse en una tiranía, al mismo tiempo que se estandariza y se vuelve indistinguible de la prosa cortada en cualquier lado”, aclara Anadón.

Con la participación de varios de los poetas aludidos, acaba de aparecer El verso libre, volumen que recoge una serie de reflexiones sobre esa forma poética. Algunos artículos responden directamente a los cuestionamientos, pero otros no.

Javier Ardúriz establece una genealogía del verso libre en la Argentina, cuyos principales referentes son Macedonio Fernández, Leopoldo Lugones, Ricardo Molinari, Oliverio Girondo y Edgar Bayley. Con Borges, Adúriz es reticente. Señala, además las características prosaicas, miméticas, elásticas, inciertas y aleatorias del verso libre. “Dio de sí la constancia de lo narrativo”, dice.

Consultado al respecto, Alejandro Bekess, participante activo del debate, mencionó como una postura básica la de incluir o no a Borges en la historia de la poesía. “Empleó el verso tradicional y el verso libre. Ambos fueron, en sus manos, eficaces para crear poesía. Para mí, su presencia es insoslayable”, señala.

Jorge Aulicino, que llama “orfistas” a Anadón (y a Bekes y Ricardo Herrera), asegura que la batalla que llevan adelante no es formal. “Es una batalla ideológica, librada por ciertas ideas, como la de la tradición. Se han complacido en la música del verso, ignorando que es una forma histórica, para convertirla en intemporal”.

Para Aulicino, la práctica del verso libre nunca ocultó la vigencia de los poemas escritos en versos medidos y rimados, sino que puso en evidencia que tales poemas son tanto o más actuales que en su tiempo, “precisamente porque fueron producto de su tiempo”.

Al mismo tiempo, Rafael Oteriño remarca que cada época suena de una forma diferente, Fondebrider argumenta que “no se puede acusar a los compositores contemporáneos de no componer los Conciertos Brandeburgueses, justamente porque ya fueron compuestos por Bach”, y acusa finalmente a los “órficos” de pretender, “con picardía”, atraer un poco la atención hacia sí.

También participan en el libro María Teresa Andruetto, Leopoldo Castilla, Alicia Genovese, Juan Carlos Moisés, Rogelio Ramos Signes, Santiago Sylvester y Alberto Tasso.

lunes, 26 de julio de 2010

Cosmopolitismo y disensión


En el último número de la revista Ñ, más precisamente el que se publicó el pasado sábado 24 de julio, el narrador y crítico argentino Luis Chitarroni (foto) publicó una columna sobre la traducción de poesía por parte de poetas, donde, entre los mencionados, cita el ejemplo de sus amigos C.E. Feiling y Matías Serra Bradford.

Sobre la extinción aparente del poeta/traductor

En una habitación mal iluminada, un joven intenta traducir un poema. Lo encontró, lo leyó como si hubiera sido escrito en el idioma que hablaba habitualmente, y celebró, poco después, como sólo en la infancia, la felicidad del autoengaño. Ahora lo lee de verdad en un idioma que entiende a medias, y pretende con un parco diccionario a mano, traducirlo. El abismo se ahonda. ¡Qué lejos de una palabra satisfactoria queda esa que escribe dolorosamente! Con el esmero de quien pretende que el dibujo confiera al sonido y al sentido una gracia de la que la palabra carece, dibuja cada letra, cada palabra. La práctica de un deporte del que uno ignora las reglas es despiadada. Para presentir un método, el joven ha colocado un libro cerca. Título y tapa –Cosmopolitismo y disensión– pueden confundir al mejor entendedor, a quienes estas pocas palabras otorgan un margen amplísimo para equivocarse. Es la antología de la poesía norteamericana hecha por Alberto Girri en 1969. Exhibe al mismo tiempo que oculta los defectos y virtudes del poeta de En la letra, ambigua selva: el gusto por el prosaísmo, la inteligencia sintáctica, el desinterés frecuente por cualquier satisfacción acústica convencional.

La tarea que el joven nunca terminó –en la tarde que sí– acentuó su admiración por aquellos que la hacían hasta el final. Con el paso de los años, con la ayuda de otros libros, otros diccionarios se dio el gusto de traducir algún poema completo. Motivo de sobra para admirar más a un amigo, quien se dio un gusto superlativo. C.E. Feiling en Amor a Roma juntó lo propio y lo de otros bajo el título Versiones, y sólo los originales de los poemas que tradujo –de Horacio, Lord Rochester, Ogden Nash– fueron condenados a llamarse poemas. El método de traducción de Feiling es un secreto. El resultado no revela el enigma, sólo el propósito: lograr en el otro idioma una proeza equivalente a la que llevó a cabo el poeta original. El oficio de poeta traductor no es tan frecuente hoy como lo era hace veinte o treinta años. La abundancia de lecturas en pantalla y la escasez de revistas dedicadas al tema (brillan las pocas que hay) acorralan su reputación.

Las traducciones de poetas ingleses que Matías Serra Bradford publicó recientemente – poetas tan difíciles como Basil Bunting o William Empson, David Gascoyne o J.H. Prynne– revelan de una vez por todas que el título de esta nota es prematuro y exagerado. Confieso que conozco pocas aventuras análogas que pueda juzgar. En los sesenta y los setenta, Eduardo Luis Revol (pero no conozco la obra de Revol como vate). Antonio Cisneros, poeta peruano, había logrado buenas versiones de los poetas ingleses que tradujo, pero tanto porque muchos de esos poemas no son muestras brillantes, como porque los que sí lo son adquieren una modesta opacidad suplente, resulta más fácil estimar el conjunto que evaluar la labor particular. La reserva se amplía cuando uno lee poemas escritos en idiomas que conoce mucho menos. Los poemas de Mallarmé traducidos al italiano por Ungaretti tienen un sabor que evoca la espléndida profesión de fe de ambos. Chateaubriand tradujo a Milton, Pound a poetas de muchos idiomas, latinos, provenzales y, magistralmente, a Rihaku (Li-Po). Su consigna: “no hay que tener miedo de adivinar”. Borges a Ponge, a e.e. cummings, a Michaux, a John Peale Bishop. Nabokov a Pushkin. Eliot a Saint John-Perse.

La extinción aparente (el adjetivo no logra atenuar la gravedad) del poeta traductor anuncia pues una alarma prematura. El gusto por la elegía implica a menudo traicionar la presencia en el mundo de un montón de cosas vivas. El resto se puede imaginar: en un cuarto cualquiera, en cualquier pueblo, ciudad o aldea (sólo son necesarios el libro, el cuaderno) alguien renueva la ceremonia, en una casa en apariencia desierta, bajo tal vez “estudiosas” lámparas, un joven transporta como útiles los elementos: un lápiz, una goma, un diccionario. Lee la primera línea, alcanza una, dos, tres palabras aproximadas. Con esmero excesivo las escribe (y garrapatea en el margen una variante prosódica). Emprende el segundo renglón. La palabra con la que creyó sustituir la que nunca encontraría dejó a su alrededor una serie estelar o una esquela invisible de connotaciones. El aprendiz de hechicero aprovecha esa pereza para irse por las ramas. Pero ahora recupera sonido y sentido en una línea que, si bien excede cualquier tolerancia métrica, satisface su provisoria intolerancia lírica con una intensidad abrumadora. Desciende en busca de más y encuentra un tesoro limitado pero suficiente. Tropieza con otra línea ajena cuando ya el impulso había logrado que se apropiara casi del poema entero. Se obliga a retroceder hasta la oración del poema menos conclusiva que la que su intrepidez dictó. Relee desconfiado y ya no se decepciona (o por lo menos no se decepciona por completo). Mientras tanto, se estuvo haciendo de noche. Es raro que la realidad –emulativa, añorante– haya acumulado su estrofa de sombra como si no importara. Son fenómenos del mundo de las semejanzas que hay que aguantar. La poesía que, de acuerdo con Lautréamont, la hacemos todos, se escribe, a pesar de nuestro empeño en traducirla, sin pedirnos colaboración.

domingo, 25 de julio de 2010

Hablando de Roma, apareció Wyndham Lewis

En 20 minutos.es del 18 del 11 de 2008, hay una noticia sobre Yolanda Morató, la traductora de Perec de la entrada anterior. Allí se lee que la Asociación Española de Estudios Anglo-Norteamericanos le concedió un premio por su traducción de una obra del escritor y artista plástico británico Wyndham Lewis (foto).

La onubense Yolanda Morató,
premiada por traducir Estallidos y Bombardeos

La Asociación Española de Estudios Anglo-Norteamericanos (Aedean) ha proclamado a Estallidos y bombardeos (editorial Impedimenta), de Wyndham Lewis y con traducción anotada de la onubense Yolanda Morató, ganadora del Premio Aedean que se concede cada año a la traducción de "una obra de envergadura, caracterizada por su seriedad, rigor científico y calidad literaria".

En un comunicado, la editorial reseñó que Estallidos y bombardeos es la autobiografía del escritor inglés Wyndham Lewis "durante sus años más creativos", es decir, el periodo que precedió y siguió inmediatamente a la Primera Guerra Mundial.

En este sentido, resaltó que Lewis fue "un individualista insobornable, narrador de sorprendente talento, polemista de genio, testigo privilegiado de la escena artística inglesa de las primeras décadas del XX e íntimo de James Joyce, T. S. Eliot o Ezra Pound, además de archienemigo de Noel Coward y de los artistas del grupo de Bloomsbury"."

Todo ello lo convierte, según destacó la editorial, en una de las figuras "más apasionantes y desconocidas" del panorama literario de las vanguardias. En otras ediciones, este premio ha distinguido las traducciones de obras como Persuasión, de Jane Austen (traducida por Juan Jesús Zaro Vera, Cátedra, 2003) o La feria de las vanidades, de W. M. Thackeray (traducida por Marcos Rodríguez Espinosa, Cátedra, 2000).

Yolanda Morató (foto; Huelva, 1976) es licenciada en Filología Hispánica e Inglesa, tiene un máster en Literatura del Modernismo por la Universidad de Londres y se encuentra en estos momentos elaborando su tesis doctoral sobre Wyndham Lewis.

En los dos últimos años ha traducido al español Me acuerdo, de Georges Perec; El Greco o el Secreto de Toledo, de Maurice Barrès, y Primavera de España, de Francis Carco. Por último, señaló que en la actualidad prepara Más que palabras. El cuaderno del traductor, una colección de ensayos en torno a la traducción, y 1914. Las voces de la Gran Guerra, una antología de poetas ingleses de la Primera Guerra Mundial.

sábado, 24 de julio de 2010

Georges Perec traducido y discutido


El escritor español Antonio Jiménez Morato ha publicado los libros Cuestión de sexo (Aguilar, 2009) y Lima y limón (Editora Regional de Extremadura, 2010), así como la antología Poesía en mutación (Alpha-Decay, 2010), de la que fue editor. Colabora en los suplementos culturales Babelia, de El País, y ABC Cultural, de ABC, ambos de España, así como en los diarios Perfil de Buenos Aires o El País de Montevideo, entre muchas otras publicaciones. También dicta talleres de escritura creativa y clubes de lectura en diversos centros e instituciones. Fue, durante cuatro años, coordinador general de los Talleres de escritura Fuentetaja. Ha dirigido el programa radiofónico Vivir del cuento (Radio Círculo) y ha trabajado como guionista televisivo en varios programas. Traduce de vez en cuando, sobre todo del portugués, da conferencias y diseña libros. Asimismo, realiza diversas actividades de gestión cultural y administra el blog Vivir del Cuento (http://vivirdelcuento.blogspot.com/2007/01/), donde fue encontrado el texto sobre la traducción de Georges Perec que se publica a continuación, así como un interesante intercambio, que tuvo lugar entre enero de 2007 y julio de 2008 con varias personas que dejaron sus comentarios y  la traductora del texto en cuestión. Respecto de esta última –Yolanda Morató–, vale la pena leer con atención sus puntos de vista, porque ésta es una de esas raras ocasiones en que una discusión privada, que incluye la crítica de una traducción, trasciende al ámbito público y se publica.

Una vida en cuatrocientos ochenta recuerdos

Desde que doy clases de escritura, Georges Perec ha sido un escritor que se me ha hecho cada vez más interesante. Sobre todo su libro Je me souviens. Como no sé francés –no con la competencia necesaria como para leer un libro y entenderlo todo– he tenido que trabajar siempre en clase con traducciones parciales del libro. Sólo por eso la alegría de ver la edición del libro editado en español no tiene precio. Por fin podemos leer en España los cuatrocientos ochenta recuerdos que compiló Perec.

Para hacer esta edición Yolanda Morató ha contado con una colaboración de lujo, la de Juan Bonilla, posiblemente el mayor valedor de la obra en España. De hecho es muy probable que de no ser por él no tendríamos entre las manos este libro. Para los que usen esta bitácora como referencia de posibles lecturas les recomiendo el libro que hizo Bonilla desde su personal lista de recuerdos: Je me souviens, está editado por Algaida.

Leer al completo esta lista es una fuente de placer, de sugerencias, y se revela como el descubrimiento de un mundo y un modo de verlo único, el de Perec. A fin de cuentas, como se explica en el prólogo del libro, la idea de la recolección de una serie de recuerdos no es originaria de Perec, sino de Joe Brainard, un pintor expresionista abstracto, y precisamente a él le dedicó Perec el libro. Aunque la labor más profunda y más interesante la hizo Perec, ya que logró reflejar un fresco de su época y de su generación fascinante. Al leer el libro uno parece estar viviendo en el París de los años en que se fueron redactando los recuerdos.

Pero la lectura también ha sembrado ciertas dudas. En primer lugar uno reflexiona sobre cuál habría sido la mejor edición posible. Como bien señala Morató hay un libro –Je me souviens de Je me souviens– en el que Roland Brasseur rastrea el significado y las referencias de cada uno de los recuerdos. Esto, que es muy interesante para el público francés, ya que muchos de los datos incluidos en las anotaciones son desconocidos para un lector medio o joven, es fundamental en el caso del lector español, que se queda a verlas venir con muchos de los recuerdos –como me ha pasado a mí–. Tal vez, ya que se ha hecho el esfuerzo de editar el libro de Perec con algunas notas, se podría haber editado con todo el aparato investigado por Brasseur. Desde luego se podría sacar más jugo al libro si lo hicieran de este modo.

La otra duda se refiere a la traducción. En el pequeño currículo de la editora que se incluye en la solapa de la contracubierta –por cierto, es de agradecer a la gente de Berenice que muestre un verdadero respeto por los traductores al dar importancia a alguien fundamental que suele dejarse de lado– no dice nada al respeto de su competencia como traductora de francés, pero a lo largo del libro se evidencia –por ejemplo, en las explicaciones de los juegos de palabras y demás toque humorísticos del texto– que sí sabe lo que se hace. Por eso no se explica la extrañísima traducción que hace del OuLiPo (Ouvroir de Littérature Potentielle), que traduce como Seminario de Literatura Potencial. Es extraño porque en francés existe la palabra seminaire y los miembros del OuLiPo decidieron usar el término ouvroir que quiere decir taller, con la clarísima connotación de trabajo manual, como un obrador de pastelería o un taller mecánico, porque la idea de taller como lugar de trabajo intelectual tiene la palabra atelier. Todo esto puede parecer suspicaz, pero creo que es importante que no olvidemos que el trabajo manual, la acción directa, es importantísima para la cultura, la praxis es fundamental, y me molesta mucho cuando entiendo que se da de lado para enfatizar la parte académica y elitista. Uno es así, piensa que en la acción reside la revolución, o viceversa.

Por otro lado me ha sorprendido ver que la traducción de Morató es menos sugestiva que la traducción de algunas frases con las que trabajo yo en el taller. En este libro puede leerse:

Me acuerdo de la alegría que entraba cuando, teniendo que hacer una traducción del latín, encontraba en el Gaffiot la traducción de una frase completa.

Mientras que en la traducción que yo manejo para el taller:

Me acuerdo de la alegría que me daba cuando, al ir a hacer una traducción de latín, encontraba en el Gaffiot toda la frase traducida.

Que a mí me parece más sugerente, más exacta.

O esta otra, tal y como aparece en el libro:

Me acuerdo de que un día mi primo Henry visitó una fábrica de tabaco y se trajo un cigarrillo del tamaño de cinco unidos.

Que en la traducción que yo he manejado siempre en las clases es así:

Me acuerdo de que un día mi primo Henry visitó una fábrica de cigarrillos, y trajo un cigarrillo largo como cinco cigarrillos.

Que me parece más natural, menos alambicada.

Sí que reconozco que no traduzco francés y no conozco el original, hablo por tanto de una cuestión meramente estilística y desde una perspectiva subjetiva, pero estaremos todos de acuerdo en que ahí radica en buena medida la literatura.

De cualquier modo, por encima de estos detalles que demuestran la cantidad de tiempo libre y carencia de preocupaciones que tengo, hay que alegrarse porque este libro esté a disposición de los lectores y hay que agradecer a la editorial Berenice y a Yolanda Morató que lo hayan puesto a su alcance.

Siguen luego 5 comentarios:

Lucía dijo...
Estoy leyendo ahora La vida instrucciones de uso y todavía no salgo de mi asombro porque no habia leido nada igual. Me gusta y sobre todo me ha sorprendido, aunque me parece que me pierdo cosas y que deberé volver a leerlo. Asi que me has dado una alegría con poder encontrar los recuerdos de Perec en castellano, de los que ya leí un pequeño avance en un taller de cuento
viernes, 12 enero, 2007

Víctor García Antón dijo...
Bello, sencillo.
Muchos de los me acuerdo no me dicen nada por la falta de referencias, pero es igual, hacen. Uno lee unas páginas y se levanta como de un viaje.
Me ha encantado.
viernes, 19 enero, 2007

Yolanda Morató Agrafojo dijo...
Le agradezco la reseña. No obstante, hay ciertas cosas que me sorprenden. En el terreno de las colaboraciones, usted no sabe quién y quién no ha colaborado conmigo. Yo no traduje esta obra por encargo. La propuse a ciertas editoriales y Berenice (a través de David González de Almuzara) aceptó. En cuanto a la traducción, en efecto, a mí jamás se me habría ocurrido traducir "seminario" donde debe decir 'taller' (corregido en la 2ª ed.). El colmo de todo es que le cambien a uno las palabras en su propio prólogo (por palabras que, además, son esencialmente iguales en ambas lenguas). De hecho, en la página siguiente, si se fija, podrá comprobar que aparece la traducción de la palabra seminaire, que nada tiene que ver con "taller". Sirva esto para demostrar cómo a veces el traductor no puede controlar todo el proceso de correción de pruebas.

En el terreno de las sorpresas, se asombra de que mi traducción sea "menos sugestiva" que el tipo de frases que usted emplea en sus clases. Como comprenderá, yo no tengo nada que objetar. Usted utiliza versiones de Perec y me parece muy bien. Una traducción (versus una versión) es algo bien distinto. Como traductora, procuro no eliminar el estilo del autor, ni siquiera enmascaro la dificultad de ciertos giros. Si no, el lector leería al traductor –y no al autor– tanto en Perec como en Dos Passos, ¿no le parece?
Atentamente,

Yolanda Morató
domingo, 06 julio, 2008

Antonio Jiménez Morato dijo...
Hola, Yolanda.
Evidentemente, no sé con quién colabora o deja de colaborar. Lo supongo, lo infiero y lanzo hipótesis al respecto, nada más.
Me alegro de saber que se han realizado correcciones en el libro, yo dispongo de la primera edición.
Y, evidentemente, lo de la sugestión no es más que una opinión. Que debe respetar como yo respeto la suya, por descontado.
Cuenta con mi mayor agradecimiento por visitar y comentar el blog. Un fuerte abrazo y saludos a Juan.
domingo, 06 julio, 2008

Yolanda Morató dijo...
Le agradezco, ante todo, su rápida contestación. Si le he escrito (como comprenderá, podría haber pasado por alto su reseña y santas pascuas), es porque respeto lo que hace, el esfuerzo que pone en redactar todos sus artículos y la variedad de sus lecturas. No obstante, hay veces que hay que matizar las cosas, porque las palabras son palabras al fin y al cabo, ya estén en un blog o en la Enciclopedia Británica.

En lo referente a su opinión (sobre la "sugestión") la respeto, claro está, aunque no me negará que, como traductora, me lo pone fácil cuando dice:  "Sí que reconozco que no traduzco francés y no conozco el original, hablo por tanto de una cuestión meramente estilística y desde una perspectiva subjetiva..."

Créame que ya no me asusta oír este tipo de afirmaciones. Simplemente me escandaliza. Es un mal común que vemos en la prensa a diario: se habla de las traducciones sin conocer el texto original ni el idioma en profundidad. No le quepa duda de que en lo que concierne a temas estilísticos, siempre hay que distinguir entre "versión" (le recomiendo la magnífica versión de Los gatos de T. S. Eliot que ha realizado Juan Bonilla para la editorial El Gaviero) y "traducción" (por las razones que ya le expuse).

En cuanto a las colaboraciones, bueno, usted dice “hipótesis” y a mí me dio la sensación, por decirlo de manera sarcástica (no se lo tome a mal), de que vivía usted en mi casa cuando afirmó (creo que lo que hace es algo más que suponer): "Para hacer esta edición Yolanda Morató ha contado con una colaboración de lujo, la de Juan Bonilla, posiblemente el mayor valedor de la obra en España."

No se equivoca en que "de no ser por él no tendríamos entre las manos este libro", porque desde hace mucho años ha promovido desde artículos y talleres la magnitud de esta obra fundamental. Su entusiasmo a la hora de analizar y divulgar Me acuerdo me animó a traducirlo. Su verdadera colaboración, que iba a ser un magnífico prólogo, se frustró debido a la ineficiencia de quienes gestionaban la edición. Ahora ya puede ver cuánto se perdió en la trastienda de este libro.

Por último, me gustaría decirle que le he respondido porque me tomo muy en serio la literatura (en todos sus ámbitos, desde la lectura al coleccionismo) y no me gusta leer “inexactitudes” (al igual que a usted le “molesta mucho cuando entiendo que se da de lado para enfatizar la parte académica y elitista”). Le recomiendo, para que vea el poco énfasis que pongo yo en lo elitista y en lo académico cuando hablo de literatura, el próximo lanzamiento de Impedimenta: Estallidos y bombardeos, de Wyndham Lewis, que saldrá a principios de septiembre. Una vez más, considero a Juan como la persona idónea para escribir el prólogo. Esta vez sí saldrá.
Le felicito de nuevo por su blog.
Saludos cordiales, YM
viernes, 11 julio, 2008

viernes, 23 de julio de 2010

Una suma de despropósitos que encuentra su razón de ser en la traducción

Publicado en El Trujamán del 21 de julio, se copia a continuación un breve e interesante texto de José María Micó (Barcelona, 1961), poeta, filólogo y traductor español, especializado en los clásicos de los Siglos de Oro y el Renacimiento italiano.  

Traducir literatura

Las de Perogrullo suelen ser verdades como puños, y la tarea de la traducción literaria se puede definir con una formulación elemental: traducir literatura es traducir literatura. Esta reducción al absurdo esconde, en realidad, el germen de una operación ambiciosa y trascendental que muchos escritores y traductores antes que yo han glosado y defendido convenientemente: traducir literatura es crear literatura. Pero se trata de un ideal que también esconde la trampa de la desilusión, porque a veces no pasa de ser una actividad vocacional con difícil acomodo en las leyes y en los caprichos del mercado. Traducir, en España y en otros muchos países, es llorar.

Mis primeras experiencias de traductor fueron ocasionales y casi secretas: un soneto de Shakespeare, por devoción; un poema de Housman, por desafío; dos sonetos de Auden, por encargo; seis motetes de Montale, por capricho, y una novela de Josep Piera, por amistad. La admiración por Ludovico Ariosto me llevó a traducir las extraordinarias sátiras que el autor italiano compuso entre 1517 y 1525, siete textos actualísimos que influyeron bastante en la España de los siglos xvi y xvii, pero que nadie, que yo sepa, se había decidido a traducir al español. Cuando un tiempo después me zambullí en la traducción del Orlando furioso, labor que no se improvisa y que me llevó más de tres años de una dedicación imprudentemente intensa, algunos filólogos amigos me preguntaron por qué lo hacía. Nunca tuve una respuesta satisfactoria, ni para ellos ni para mí, pues se apartaba de mi dedicación profesional (la investigación filológica en torno a la literatura española), me distraía de mis propios versos y la recompensa económica quizá fuese digna para un trabajo de un par de meses, pero no para traducir cuarenta mil endecasílabos. Además, todo traductor lleva clavadas dos famosas y descorazonadoras sentencias del Quijote, dichas, para mayor desconsuelo, a propósito del Orlando: los libros traducidos «jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento» (I, 6) y «el traducir de lenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocución» (II, 62).

Empiezo estas colaboraciones confesando públicamente mi pecado de traducción de «lenguas fáciles», y concretamente del catalán y el italiano, dos de las lenguas más próximas geográfica e históricamente a la española, y en colaboraciones futuras pondré algunos ejemplos de lo que supone verter a otra lengua los versos de Ludovico Ariosto, Ausiàs March o Jordi de Sant Jordi.

Traducir poesía, y además antigua, puede parecer hoy una suma de despropósitos, pero esta labor, que suele situarse en las antípodas de la investigación filológica monolingüe, forma parte a mi ver del mismo horizonte, del mismo paisaje y del mismo designio, porque toda traducción poética comparte el propósito más noble de la filología, que es el de entender y dar a entender los textos, y la ambición más alta de la creación, con la peculiaridad o la ventaja de ser una ambición secreta y servil, consagrada a la reconstrucción, es decir, a la recreación de una virtualidad literaria ajena. Si, como escribió Octavio Paz, «aprender a hablar es aprender a traducir», los textos literarios sólo pueden cobrar su sentido pleno cuando son reiterada e incansablemente traducidos a través de las generaciones.

jueves, 22 de julio de 2010

A las editoriales yankis les sale bien lo que a las editoriales españolas les sale mal


El artículo, que contrasta notablemente con los magros resultados de Libranda hasta la fecha, fue publicado por  Claire Cain Miller en  The New York Times y se reprodujo,  traducido por Silvia S. Simonetti, en la edición del diario Clarín del 20 de julio pasado.

Amazon ya vende
más libros electrónicos que de papel

El peso y el olor a rancio de los libros de tapa dura están un paso más cerca de convertirse en reliquia de museo.

Es que Amazon.com, una de las librerías más grandes de Estados Unidos, anunció que en los últimos tres meses las ventas de libros electrónicos para Kindle, el e-reader de Amazon, superaron por primera vez a las de volúmenes de papel.

El hecho de que los e-books se vendan hoy más que los de papel es algo "asombroso si se tiene en cuenta que vendemos libros de tapa dura desde hace 15 años y (libros) Kindle desde hace 33 meses" indicó en una declaración Jeffrey Bezos, principal ejecutivo de Amazon.com.

Amazon precisó que en el trimestre vendió 143 títulos para Kindle por cada 100 de papel, incluyendo aquellos para los que no hay una edición Kindle. Ese número incluye a las últimas cuatro semanas, cuando las ventas aumentaron a 180 libros electrónicos por cada 100 de papel. Hay 630 mil libros Kindle en la biblioteca Amazon, una fracción de los millones de libros que se venden en el sitio (Amazon vende solo por Internet).

La cifra de ventas de Kindle no incluye a los libros Kindle gratuitos, de los que hay 1,8 millones publicados originalmente antes de 1923 disponibles para bajar.

Los compradores de títulos electrónicos que no tienen Kindle pueden leer sus títulos electrónicos en varios dispositivos, incluídos las laptops, los iPhones, los iPads, los BlackBerries y los teléfonos Android.

Pero aún con la popularidad del iPad, que Apple vendió como un dispositivo para lectura durante el tiempo libre, y que cuenta con su propio comercio e-book, las ventas de Kindle están creciendo, dijo Amazon.com

Las ventas de Kindle aumentaron todos los meses durante el segundo trimestre, mismo período en el que Apple comenzó a vender el iPad, y la velocidad de crecimiento se triplicó después de que Amazon bajó el precio de Kindle de 259 a 189 dólares a fines de junio, dijo Amazon. Esto ocurrió después de que Barnes & Noble bajó el precio de su e-reader Nook de 259 a 199 dólares.

Durante aproximadamente el mismo período, Apple dijo haber vendido tres millones de iPads. Así y todo, el precio de las acciones de Amazon bajó cerca de un 16 por ciento en los últimos tres meses, debido en parte a las preocupaciones de los inversores de que el iPad amenazará las ventas de Kindle.


miércoles, 21 de julio de 2010

Señor librero, líbrenos de Libranda

El español Carlos Sánchez Almeyda (foto), Licenciado en Derecho y socio del Bufet Almeida, comenta en su blog del diario español El Mundo las dudas de los lectores y aspectos legales sobre Internet y tecnología. En su entrada del día 19 de julio pasado, se refiere a la actitud de los escritores ante los problemas que les ha planteado a los potenciales usuarios la tan cacareada plataforma Libranda.

 
El primer comprador de Libranda

El título de este artículo es una mera especulación. Lo he puesto así porque sonaba bien, y porque el pasado día 15 estrené Libranda a primera hora de la mañana. El libro pude leerlo a eso de las 5 de la tarde, después de pasarme todo el día haciendo experimentos. Mi conclusión sorprenderá a muchos: repetiré la experiencia el 15 de septiembre.

Quiero comprar libros electrónicos, y lo digo de verdad. Quiero financiar el trabajo de los escritores y traductores españoles, de la única forma posible: comprando sus libros el mismo día que salgan al mercado. El problema es que ellos no me los quieren vender.

A lo largo del fin de semana, se han multiplicado los artículos, posts y tweets echando pestes de Libranda. Las opiniones mayoritarias provenían del bando lector, frente a alguna tímida defensa del engendro por parte de sectores próximos al bando editorial.  Pero ha habido un silencio especialmente significativo: el de aquellos que se tienen que ganar la vida escribiendo o traduciendo, que no han dicho ni una palabrita sobre el tema.

Escritor/a: me gusta cuando callas porque estás como ausente, y  no estás de tertulia, ni de firmas, ni nada.  Y no eres producto, y no eres de nadie, y puedes dedicarte  a crear esperanza.

El proyecto de Libranda, que no es sino el proyecto de la industria editorial que está detrás,  no puede aspirar a competir ni con Apple, ni con Amazon, ni con Google.  Ni lo pretende: sus impulsores no entienden en absoluto el mercado digital, y lo despreciarán mientras queden suficientes compradores de libros en papel.   El único objetivo de Libranda es mantener sojuzgados a los escritores y traductores, españoles y latinoamericanos, durante el tiempo necesario para aprender cómo reciclar su negocio.

Un libro electrónico se tiene que poder comprar desde el dispositivo donde se vaya a leer, y en su defecto, la plataforma de ventas debe ser compatible con todos los lectores del mercado. La experiencia de compra ha de ser un placer en sí misma, que al menos genere la ilusión de pasear por una librería.  Que permita pasar páginas al azar, mientras se contemplan las portadas de los volúmenes expuestos.  Algo como lo que tiene Amazon en blanco y negro, o como lo que ya tiene preparado Google en color: cualquiera que haya comprado una aplicación para Android puede imaginarlo.

Los editores lo tenían fácil. Sólo tenían que preguntar a cualquiera de los escritores que tienen en nómina, puesto que todos ellos son lectores empedernidos: "¿Cómo te gustaría que se vendiesen tus libros?". Pero desgraciadamente, la industria ha preferido escuchar a los expertos en marketing, y los resultados están a la vista.

Personalmente, creo que el tema no tiene solución, a menos que los escritores tomen cartas en el asunto, y empiecen a pensar que su futuro sólo depende de ellos mismos, porque aquellos que les explotaban ya han demostrado que no saben vender libros a través de Internet.

El 15 de septiembre, coincidiendo con el final de la fase beta, volveré a intentarlo. Para entonces estaré bastante desesperado, porque sólo me quedan por leer tres títulos de los veinte que componen la serie Aubrey-Maturin. Para entonces, espero que algún escritor haya levando la voz: a Patrick O'Brian le da lo mismo que lo lea en papel, en Kindle, en iPhone o en Android, pero a los escritores y traductores españoles vivos sí que les debería importar.

martes, 20 de julio de 2010

En la reunión de julio, Ricardo Piglia habla de tradición y traducción en la literatura argentina


Ayer, lunes 19, una nutrida concurrencia desafió la lluvia y el frío para venir a oír al narrador y ensayista argentino Ricardo Piglia (fotos: Guido BonFiglio), quien, en la segunda reunión del mes del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, defendió el papel del traductor y su importancia en el seno de una literatura nacional. Quienes deseen enterarse en tiempo real de lo que se dijo, así como conocer las preguntas del púbico, no tienen más que dirigirse a http://www.ustream.tv/recorded/8385683


Ricardo Piglia (1941) es narrador y crítico literario Ha sido profesor en la Universidad de Buenos Aires, en la Universidad de Princeton, en la Universidad de California en Davis. También dirigió la revista Literatura y Sociedad. En 1995 elaboró el texto de una ópera, con música de Gerardo Gandini, basada en su novela La ciudad ausente (1992). En 1997, recibió el Premio Planeta por su novela Plata quemada. Además de ésa, ha publicado las novelas Respiración artificial (1980), Prisión perpetua (nouvelles, 1988) y La ciudad ausente (1992). Como autor de relatos publicó, entre otros, La invasión (1967) y Nombre falso (1975).  Sus ensayos son Crítica y ficción (1986), La Argentina en pedazos (1993) y Formas breves (1999). Realizó los guiones de, entre otros filmes, El astillero, La sonámbula, recuerdos del futuro y Comodines.