viernes, 20 de enero de 2012

Pónganse al día, che.

Este blog se toma un descanso hasta el mes de marzo de 2012. Por lo tanto, todos los que se quejan de la cantidad de entradas, tienen tiempo hasta entonces para ponerse al día. Un saludo muy cordial a los lectores.

jueves, 19 de enero de 2012

Éramos pocos y parió la abuela: ahora van por los americanismos


Blecua a la izquierda y el otro

Directamente del portal de la Real Academia, una noticia publicada el 16 de junio pasado. Según ésta, la Fundación Endesa, que depende de la empresa Endesa –sí, la misma que se ocupa de la energía eléctrica y que su buen dinero viene recaudando en Latinoamérica– va a colaborar con la Academia Irreal para ver qué americanismos quedan y cuáles se van del famoso DRAE, ese cementerio de palabras, según la observación de Jorge Luis Borges. En fin, otra fantochada más de estos tipos que, a esta altura, podríamos tratar de incorregibles.

Las fundaciones Endesa y pro Real Academia Española
renuevan su convenio de colaboración

El presidente de la Fundación Endesa, don Rafael Miranda, y el vicepresidente de la Fundación pro Real Academia Española, don José Manuel Blecua, han firmado hoy un nuevo acuerdo de colaboración para 2012. Este convenio es una continuación de los  suscritos desde 1999 entre ambas entidades. Su finalidad primordial es la revisión de los americanismos que aparecen en el Diccionario de la lengua española, el DRAE.

Según el texto del convenio, su objetivo es «revisar sistemáticamente las propuestas de todas las Academias asociadas, las bases de datos y las obras lexicográficas especializadas, con el objeto de ver qué voces, qué acepciones y qué rasgos gramaticales de Hispanoamérica y Filipinas deben añadirse al Diccionario y cuáles deben modificarse o suprimirse. Terminar bien esta labor adquiere una especial relevancia en los próximos cuatro años, ya que en el año 2014 se publicará una nueva edición del Diccionario, coincidiendo con la celebración del tercer centenario de la fundación de la Real Academia Española.»

Entre los fines de la Fundación Endesa, de acuerdo con sus Estatutos Sociales, destaca «la cooperación al desarrollo cultural en aquellos países en los que Endesa o sus empresas participadas desarrollen actividades, especialmente en Iberoamérica, con atención preferente a proyectos al servicio de la lengua común española».

La Fundación pro Real Academia Española, cuyo presidente de honor es el Rey, se constituyó el 20 de octubre de 1993, con el fin de favorecer y canalizar el apoyo y la ayuda de la sociedad a las actividades de la RAE. Su patronato, en el que están representadas las diecisiete comunidades autónomas españolas, lo preside el gobernador del Banco de España. El vicepresidente de la Fundación es el director de la RAE. Entre los benefactores de la Fundación, además de particulares, hay un centenar de instituciones y empresas colaboradoras.

miércoles, 18 de enero de 2012

Del rosarino messiano a la nada entre dos panes

Infatigable, la febril mente de Andrés Ehrenhaus no deja de sorprendernos. Aquí, con la muy buena excusa del tercer Balón de Oro de Lionel Messi (¿y por qué "balón", si nosotros decimos "pelota"?), reflexiona sobre la innecesaria traducción de los dichos del jugador rosarino al dialecto de la Península.

Traducir a Messi

El 9 de enero próximo pasado se arrejuntaron la Fifa, la revista francesa France Football y el esponsoreo del mundo del fóbal para celebrar con boato alzheimeriano (Europa vive su peor crisis económico financiera en décadas) la gala de entrega del Balón de Oro al mejor fumbolista del mundo en 2011, entre otros galardones. El premio tiene su miga porque los votos reflejan los gustos y opiniones de jugadores, entrenadores y periodistas deportivos de todo el orbe; no es, por decirlo así, un premio a la bartola. Mal que le pese a quien le pueda pesar, este año, igual que los dos anteriores, la votación fue unánime a favor de Lionel Messi. Pero este no es un blog de fulbo sino de traducción, así que no vamos a discutir acá si se lo merece o no, si hay, hubo o habrá otro mejor, si todavía tiene que demostrar cosas o si su contribución única a la belleza pura y efímera del juego está más que saldada. Vamos a hablar, en cambio, de lo que dijo Messi en la gala y de cómo se lo tradujo.

Valga decir, para el que se resista a saberlo, que Messi salió de su Rosario natal hace once años para instalarse con sus padres en Barcelona, donde vive desde entonces. Cuando llegó tenía trece años, ahora tiene veinticuatro. Messi habla poco en público, pero su fama lo obliga a significarse (verbo inefable de la prensa española) cada vez más y en ese caso lo hace con la misma prosodia y acento rosarinos que traía cuando llegó a España. Digamos, además, que tampoco articula demasiado ni falta que le hace. Así que cuando le tocó hablar ante la crem de la crem fumbolística y el universo mundo para agradecer la distinción, no varió ni un ápice su chamuyo. Estaba visiblemente emocionado, no es para menos, y eso atentaba aún más contra su locuacidad, pero quizás por eso fue elocuente, claro y conciso, como les pedía Cicerón a los locutores romanos. Le interesaba especialmente agradecer y hacer extensivo el premio a Xavi Hernández, compañero de equipo y de eso que el periodismo llama perezosamente “terna de nominados”, y presente como él en la gala. Y dijo: “Xavi, es un honor jugar con vos, vos también te lo merecés”. En realidad no dijo vos sino vo, como corresponde.

Como es de recibo en estos casos, los asistentes al acto, ni que sea los vips, podían gozar de las delicias de la traducción simultánea, lo cual es comprensible e incluso obligado dada la variedad de nacionalidades y lenguas que suele reunir el furgol. Dudo, no obstante, que los intérpretes simultáneos al castellano se esforzaran en traducir a la lengua del Manco las declaraciones de Messi u otros hispanohablantes. Total, para qué. ¿Acaso no es castellano el rosarino de Messi? Xavi, a quien iban dirigidas las sentidas palabras y en quien las ávidas cámaras se fijaron inmediatamente, sonrió emocionado, señal que cabalgamos. En España, sin embargo, la prensa escrita no pareció ser de la misma opinión, al menos no de manera unánime: varias de las crónicas o sueltos en los que se cubrió y engalanó o comentó la noticia al día siguiente optaron por traducir a Messi, casi, diría, de manera natural, inconsciente o parasimpática, como si fuera lo más normal y necesario del mundo trasladar el rosarino al peninsular estándar en aras de la riqueza informativa y el entendimiento cultural. Días antes ya me había llamado la atención un recuadro en el que el diario deportivo madrileño As reproducía, asimismo traducidas, las declaraciones de dos vecinas de los Messi en Rosario, donde el pibe que ellas recordaban pasaba a ser un chaval y otras lindezas habituales, pero esa noticia, por decirle así, estaba destinada, por su carácter colateral, a pasar más desapercibida, aún a pesar de ser tan significativa como la otra.

Doblemente soprendente resultó advertir, en cambio, que no solo los periódicos y medios ranciamente castellanos se dedicaban a traducir del rosarino al español sino que los dos prinipales referentes mediáticos de Cataluña y, por ende, adscritos sin condiciones al Barça, se abocaban a lo mismo. En la edición correspondiente del Mundo Deportivo, tanto real como virtual, se podía (y todavía se puede, claro) leer en letras de molde esta emotiva frase: "Xavi, es un honor jugar contigo, tú también te lo mereces", atribuída a Lionel Messi el día mismo de la gala. También el Sport, el otro periódico deportivo de referencia en Cataluña, tradujo las palabras de Messi; en cualquier caso, la sorpresa doble se debe a que ambos medios –redactados, eso sí, en castellano– parecen, quizás por exigencias del target, algo más sensibles al ninguneo y la prepotencia jerárquicas de la meseta en cuestiones de lengua y, por tanto, más predispuestos, en principio, a aceptar variedades lingüísticas como, por ejemplo, el rosarino messiano. ¿Qué les costaba reproducir las palabras tal como las había pronunciado el ídolo? ¿Qué los pudo llevar a verterlas en una modalidad de lengua que ni siquiera reconocen del todo como propia? ¿Pensaron acaso que los lectores quedarían perplejos y decepcionados al comprobar que Messi no solo es argentino sino que su habla transcrita también lo es? ¿Qué diferencia real, política, ideológica, existe entre una declaración y otra?

Es posible que todo esto suene a exageración. No obstante, una de las mejores cosas que pudo hacer e hizo Messi en esa gala fue decidir no traducirse, no traicionarse, fundir fondo y forma en un todo propio, que es el secreto esencial de la retórica: alejarse del grado cero del discurso con naturalidad y convicción. Al tratar de versionarlo, la prensa deportiva española, y en especial la catalana, perdió una vez más la ocasión de entender al Otro como un todo, por cercano que parezca. No como Xavi, que lo entendió y lo entiende perfectamente. Por eso le mete tan buenos pases.

martes, 17 de enero de 2012

¿El traductor como intérprete?

Diego Fischerman es narrador y crítico musical. El sábado 14 de enero, en su excelente blog Fischerman's Tales (ver aquí) colgó una entrada a propósito de la interpretación musical, el disco y la grabaciones como formas de traducción. La reproducimos –con la misma ilustración con que se presentó–, aun a riesgo de endogamia, ya que es uno de los blogs que más calurosamente recomienda el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires.

Traducir

El año pasado, durante su visita a Buenos Aires, Minae Mizumura, la escritora de la extraordinaria Una novela real (originalmente Honkaku Shosetsu, nombre que designa a las novelas clásicas adaptadas en Japón como literatura juvenil, con nombres, locaciones y hasta finales japoneses), decía que en toda traducción se pierde algo. Los artículos y discusiones de uno de nuestros blogs amigos, el del Club de traductores literarios de Buenos Aires rondan, por supuesto, estas cuestiones, de las que el propio título de la novela mencionada es una muestra. Lo que no suele decirse (traductores traidores y todo eso) en que en las traducciones también se gana algo. Y no me refiero a las posibles mejorías que Borges podría haber introducido en Faulkner, o León Felipe en Whitman (éstas últimas bastante dudosas) sino a algo mucho más prosaico. Yo, desconocedor de muchos más idiomas que los que conozco o podría conocer, soy un lector de traducciones. Sé que la música original de los textos de Akutagawa o de Tolstoi, entre muchas otras, me es inaccesible. Sé que no es una pérdida intrascendente (¿o es que acaso ese par de versos de uno de los tercetos de un soneto de Borges –"...la memoria es una forma del olvido/ que retiene el formato y no el sentido..."– podría sonar de esa manera en otro idioma?). Pero, también, sé que, no a pesar sino gracias a las traducciones, he leído a Akutagawa y Tolstoi. Acabo de terminar de leer una discutida novela de Jonathan Franzen, Libertad (editada en castellano por Salamandra) Según el New York Times se trata de la gran novela americana de las últimas décadas. Según otros, de un fresco (o una postal) más bien superficial y a la moda de la vida norteamericana contemporánea. Creo que la indignación de unos está sobreactuada en relación con lo que se considera la desproporción del ditrirambo de los otros. Me parece que no es la mejor novela de todos los tiempos pero sí una muy buena novela. Pero no es a eso a lo que voy sino a sus jóvenes "enrollados", a su música "súper guay" y, por supuesto, a sus "capullos" y "gilipollas" distribuidos de manera pareja a lo largo de más de 600 páginas. A la molestia inicial frente a los modismos españoles para traducir modismos estadounidenses juveniles, sobrevino una pregunta. ¿Habría una alternativa mejor? Finalmente, los dialectos urbanos de Madrid ya son casi convencionales. Es posible que entienda más el "gilipollas" o el "soplapollas" que algún equivalente dominicano o del Perú. Preferiría (y en realidad no estoy demasiado seguro) el local "pelotudo" pero entiendo que sería incomprensible o por lo menos violento para la gran mayoría de lectores en español de todo el mundo. Y tampoco sería deseable un neutro y educado español para la traducción de la acalorada puteada de un matrimonio en crisis o de dos amigas al borde del ataque de nervios. Finalmente, hay una gran cuota de costumbre, como se desliza en uno de los comentarios acerca del doblaje en el mencionado blog de los traductores. En mis juegos infantiles el Sargento Sanders hablaba, con la mayor de las naturalidades, de tú y con acento centroamericano. Y, a la luz de algún reciente experimento con algún texto clásico, no digo que esté mal (no tengo la autoridad para hacerlo) pero me cuesta bastante imaginar al Sargento Sanders gritando "che, rajá de la trinchera que vienen los nazis". Hay, sí, cosas gratuitas, como el título del libro de Alex Ross, The Rest is Noise convertido, porque sí, en El ruido eterno. Y es ahí donde se me ocurre pensar a la interpretación musical, y hasta al disco y la grabación, como traducciones. Sus distancias con la vivencia directa de la música, con tocarla con el propio aire o los propios dedos, con escucharla a pocos metros de distancia y, más radicalmente, con la pureza ideal de la partitura, implican, también, pérdidas. Todos sabemos que escuchar a Jimi Hendrix o Santana en Woodstock, pero en los equipos de audio de nuestras casas (o, peor aún, en el IPod o la computadora) no es lo mismo que haber estado allí. Pero sabemos también que, dado que no hemos estado allí ni podríamos estarlo jamás, la grabación es nuestra mejor opción. Buscamos, en todo caso, el mejor sonido posible, Y en el caso de las interpretaciones, como en el de los traductores, me siento lejos –y es una cuesrtión personal y, por lo tanto, discutible– de los que se sienten autores. De los que, ante la obra ajena, buscan, en lugar de su mejor expresión posible, la de ellos. De los que no se consideran vehículos (expresivos, personales, inteligentes pero vehículos al fin) de la obra sino, más bien, entienden como vehículo (propio) a la obra ajena.

lunes, 16 de enero de 2012

Lord Byron y sus aportaciones al debate de la traducción


Nuevamente Javier Ortiz García y un magnífico artículo publicado por Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 10 - Año 2008, a propósito de Lord Byron y la traducción.

Lord Byron y la traducción

La figura de Byron como traductor debe enmarcarse dentro de los profundos cambios que se produjeron en la concepción de la traducción como actividad literaria entre los siglos XVIII y XIX. En After Babel, George Steiner destaca dos fechas concretas como fundamentales en los cambios producidos en la actividad traductológica: por una parte 1792, año de publicación del ensayo de Alexander Fraser Tytler Essay on the Principles of Translation; por otra parte, en 1813 ve la luz Über die verschiedenen Methoden des Übersetzens del teólogo alemán Friedrich Scheleiermacher. Steiner defiende su afirmación diciendo que entonces se pasa de «an epoch of primary statement and technical notation» a otra de «theory and hermeneutic enquiry», en la que la noción de la naturaleza de la traducción «is posed within the more general framework of theories of language and the mind» (Steiner 1975: 236-37).

Tanto Tytler como Scheiermacher, desde perspectivas bien diferentes, mostraron especial interés por el problema del estatus de la traducción y del traductor. Es difícil determinar con una mínima precisión cuándo la traducción pasó de considerarse una escritura «creativa» a convertirse en una actividad literaria «menor» –aspecto que, por desgracia, todavía prevalece en muchos ámbitos editoriales y literarios–, pero lo que está fuera de toda duda es que este giro está directamente relacionado con los cambios producidos en el proceso de la codificación del lenguaje y con las continuas innovaciones que se fueron produciendo en los sistemas educativos, que, durante años, iban primando la importancia del trabajo escrito (lo que, en teoría, ayuda a establecer un sistema «evaluativo» más estable). Scheleiermacher llegó incluso a sugerir la creación de un «sublenguaje» independiente, para uso exclusivo de la literatura traducida, con el fin de tratar y leer el texto traducido de tal manera que se asegurara la comprensión de su particularidad intrínseca y así intentar mitigar el exceso de absorción que la cultura de llegada pudiera hacer de ese texto. Tytler, por otra parte, presenta una actitud mucho más pragmática –y más británica– cuando dice: “The Art of Translation is of more dignity and importance than has generally been imagined. I will afford sufficient conviction, that excellence in this art is neither a matter of easy attainment, nor what lies at all within the reach of ordinary abilities; since it not only demands those acquired endowments which are the fruit of much labour and study, but requires a larger portionof native talents and of genuine taste, than are necessary for excelling in many departments of original composition” (Tytler 1978: 16). Tytler, pues, aboga por la enorme importancia del traductor, que ha de poseer ni más ni menos talento que el escritor de la obra original, detalle que pareció escapar a la atención del mundo editorial del siglo XVIII –y que quizá el del siglo XXI no ha sabido recuperar todavía–. Fuera de los ámbitos propios de traductores, de estudiosos de la traducción y de algunos filológicos la traducción se ha considerado tradicionalmente como un mero ejercicio lingüístico y/o literario, algo que se puede conseguir con no mucho conocimiento de una lengua extranjera y un buen diccionario. La proliferación de diccionarios bilingües, monolingües, generales y especializados no ha hecho sino ratificar que este punto de vista se aceptara casi sin rechistar, alentado, en nuestro caso, por el mercado literario editorial, en busca casi siempre del éxito rápido en forma de textos traducidos.

Pero, para ser justos, además de este interés «interesado», se iban produciendo en la traducción otros cambios de gran calado. La casi obsesión del siglo XVIII por la catalogación y por el establecimiento de sistemas lingüísticos llevó a un cambio hacia lo que se podría denominar como «gramatocentrismo», lo que desembocó en una actitud diferente hacia el multilingüismo. En su libro The History of Education and the History of Writing, Keith Hoskin resume lo que estaba sucediendo entonces: “The very typology of language is transformed. No longer do languages coexist in the old multilingual mode; there is a drive to eradicate multilinguality and to establish the mono lingual nation-state. There is a political history of language here which is beginning to bewritten. Figures like the Abbé Grégoire in France and Noah Webster in the USA are among those prominent in the late 18th century in the movement for monolinguality: in Webster ́s words, “our political harmony is concerned with a uniformity in language” (Hoskin 1993: 38).

Hoskin argumenta que el «gramatocentrismo» tiene una historia larga, que se remonta a la publicación de la primera gramática francesa por Jacobus Silvius en 1531 y a la Gramática Castellana de Nebrija del 1492, aunque sugiere que es en el siglo XVIII cuando encuentra su apogeo debido al nuevo estatus y alcance de la lengua escrita. El monolingüismo, cree Hoskin, es un producto de la escolarización obligatoria, que restringe las formas escritas a los ejercicios que ahí se deben realizar.

Los vínculos entre el monolingüismo y el nacionalismo tienen una función destacada en la historia de la traducción a finales del siglo XVIII y el XIX. En su peor cara, es el resultado de la actitud imperialista de escritores como Edward Fitzgerald quien, en 1851, expresaba que era una verdadera diversión para él «to take what liberties I like with these Persians, who, as I think, are not Poets enough to frighten one from such excursions, and who really do want a little Art to shape them» (Fitzgerald 1857: 321). El texto fuente queda relegado a una mera propiedad que la cultura de llegada consume y que, además, existe en una relación jerárquica –inferior, por supuesto– con esa cultura. Debido a esa jerarquía, la pericia del traductor, o la falta de ella, se convierte en un hecho irrelevante. Es también muy significativo que la traducción en cuanto que la transferencia de un texto en una lengua fuente a otro texto en una lengua de llegada se consideraba una herramienta de la enseñanza de lenguas extranjeras, donde los criterios estilísticos quedaban supeditados a los gramaticales. Este tipo de traducción –o más bien este tipo de actividad relacionada con la traducción– emplea el proceso traductológico no como un fin en sí mismo, sino, más bien, como un fin fuera de él; a saber, tiene como objetivo la mejora de la enseñanza de la lengua de la que se traduce. Curiosamente, la asociación entre translatio e imitatio –que se había mantenido en pie durante siglos y siglos– fue desvaneciéndose hasta casi desparecer.

La historia del nacionalismo y el crecimiento de una literatura nacional se ha estudiado con relativa frecuencia; lo que quizá se ha analizado en menor medida es la relación entre el monolingüismo, el nacionalismo y la traducción. El enorme impacto que autores como Shakespeare, Byron, Scott, Mcpherson, Voltaire, Rousseau y Goethe, por citar algunos ejemplos destacados, causaron en la lengua de llegada a la que se iban traduciendo es bien conocido. En Hungría, por ejemplo, György Bessenyei (1742 1811), muy influenciado por Voltaire, llevó a cabo un redescubrimiento de la literatura y la cultura húngaras; en Polonia, el conde Krasicki (1735-1801) tradujo a Macpherson con el objetivo claro de ampliar las fronteras culturales polacas; el mismo papel desarrolló Dositej Obradovic (1739-1811) en Serbia; por último, en la misma época, Valentin Vodnik (1758-1819) intentó que el esloveno gozara de una tradición literaria de la que hasta entonces carecía con la publicación de sus traducciones. No obstante, puede que el ejemplo más ilustrativo y más divertido para comprender el fervor nacionalista provocado por los textos escritos es el de los manuscritos checos de los siglos IX y X publicados por Vaclav Hanka (1791-1861) en los años 1817 y 1818. Estos manuscritos, muestrarios y modelos de la gloria cultural checa antigua, que sirvieron para el florecimiento y el auge de la literatura checa del XIX, no eran en realidad más que invenciones; es decir, el resurgir de la literatura nacional checa se fundamentó en un engaño.

Desde principios del siglo XIX en adelante las traducciones literarias al inglés, quizá debido al asentamiento internacional británico, fueron disminuyendo de manera significativa con respecto a épocas anteriores, en la misma medida en que gran cantidad de autores británicos se traducían a lenguas europeas en un porcentaje muy superior al habitual hasta entonces. Esta marcada tendencia debió suponer, sin duda, importantes problemas a autores como Percy Bysshe Shelley y Lord Byron, muy interesados como estaban en el establecimiento de una cultura nacional. Por un lado, encontramos en esa época un creciente aislamiento británico en términos culturales, mientras que por el otro surgen naciones que tratan por todos los medios establecer su propia cultura nacional bajo el dominio extranjero. La función que la traducción podía tener para autores italianos o alemanes, por no mencionar polacos o bohemios, era, sin duda, bien diferente de la que las obras traducidas representaban en territorio británico.

En su libro sobre Shelley y la traducción, The Violet in the Crucible, Timothy Webb sostiene que no hay una explicación sencilla que aclare por qué Shelley traducía. Sugiere este autor que Shelley parecía contemplar dos actitudes ante la traducción: la primera, como empleo de la traducción para diseminar ideas; la segunda, como escape en los momentos en que, como él mismo dijo en 1818, se veía «totally incapable of original composition» (170). Para Shelley, pues, la traducción tiene un doble perfil: en primer lugar posee una función moral, en cuanto que expande el acervo cultural de la lengua de llegada, dando a conocer a esa cultura «grandes» autores del pasado; en segundo lugar, sirve, según Shelley, como ayuda para crear nuevas energías creativas en esa cultura de llegada, que es precisamente lo que William Cowper reclamó haber hecho con su traducción de La Ilíada de 1771 (1). Pero Webb también deja caer en su estudio que para Shelley la traducción no dejaba de ser una actividad secundaria y que lo que aparenta ser una confusión de actitudes frente a la traducción no era más que una gran inseguridad ante el reto de la empresa a la que se enfrentaba en cada traducción. No parece sencillo encontrar argumentos a favor de esta última afirmación, y sí aparenta ser más fácil defender que existía una ausencia casi total de dimensión política cuando se realizaban traducciones al inglés, lo que a Shelley seguramente le resultaba ciertamente incómodo. Lo que es seguro es que Shelley tradujo abundantemente hasta el final de sus días.

La imagen, si nos dirigimos a Byron, es bien diferente: a pesar de ser un consumado lingüista, tradujo muy poco, lo que ya es de por sí interesante. De joven tradujo lo que a priori se podría esperar de él: Horacio, Catulo, Esquilo y Eurípides, aunque sus mejores traducciones se pueden extraer de la lengua italiana. Incluso de esa lengua tradujo relativamente poco: el primer libro de Morgante Maggiore, el episodio de Paolo y Francesca de La Divina Comedia, uno de los fragmentos más extraños de toda la obra de Dante. Tampoco se encuentran demasiadas reflexiones sobre su labor traductológica, aunque lo poco conocido es harto revelador. Como años después haría Ezra Pound, Byron se mezcla deliciosamente entre traslatio e imitatio, creando lo que Pound dio después en llamar «homages», poemas como The Lament of Tasso y The Prophecy of Dante.

El prólogo a The Prophecy of Dante contiene una afirmación que es interesante respecto a la actividad traductológica, cuando dice que ha empleado la terza rima que «I am not aware to have seen hitherto tried in our language», de manera que el poema «may be considered as a metrical experiment». Después de esta afirmación, Byron comienza a hablar de los problemas de la traducción, curioso, cuando menos, porque el poema no es una traducción. Se queja también Byron aquí de la traducción al italiano del cuarto canto de Childe Harold , cuya estrofa spenseriana (2) se convierte en la traducción en verso libre «without regard to the natural divisions of the stanza of the sense». Independientemente de que el comentario esté o no directamente relacionado con su labor, lo que Byron sí que deja claro de manera implícita es que la forma del poema debe equilibrarse al máximo con el contenido del mismo y que el traductor que no lo hace así, sea cual sea la razón, crea una entidad formal nueva y destruye la forma y el sentido del poema original. Esta afirmación cobra especial relevancia cuando estudiamos la traducción que Byron hizo de Pulci, como analizaremos más adelante.

Una vez que se ha pronunciado sobre la traducción, Byron salta a la arena del nacionalismo y los textos literarios. Los italianos, afirma Byron, «with a pardonable nationality are particularly jealous of all that is left to them as a nation – their literature», y añade: “In the present bitterness of the classic and romantic war, they are but ill disposed to permit a foreigner to approve or imitate them, without finding some fault in his ultramontane presumption. I can easily enter into all this, knowing what would be thought in England of an Italian imitator of Milton, or if a translation of Monti, or Pindemonte, or Arici, should be held up to the rising generation as a model for their future poetical essays” (Byron 2004: 16).

Llegados a este punto, quizá dándose cuenta del terreno un tanto pantanoso que pisaba, Byron se disculpa por la digresión y abandona la discusión, no sin antes hacer bien explícita su opinión respecto a las fuertes implicaciones políticas que el traductor de su época ha de considerar.

En 1819, en la adenda en prosa a West-Östlicher Divan, Goethe formula su conocida división tripartita del proceso de la traducción (3). Goethe afirma que toda cultura literaria debe pasar por tres fases de la traducción, que se pueden encontrar simultáneamente en una literatura determinada, ya que, en realidad, son cíclicas. La primera fase «acquaints us with foreign countries on our own terms» (2006: 200), de manera que el material traducido entra en la cultura de llegada imperceptiblemente y adquiere una función propia y habitual en esa cultura. En la segunda fase se produce una apropiación por medio de la sustitución y la reproducción, donde el traductor absorbe el sentido de la obra original y lo reproduce en sus propios términos; Goethe denomina este tipo de traducción «parodistic» (2006: 201) y lo ilustra con las grandes traducciones francesas de los siglos XVII y XVIII. Por último, la tercera fase busca la consecución de una identidad entre la lengua fuente y la de llegada por medio de la creación de un sistema literario y lingüístico nuevo; este tipo de traducción, defiende Goethe, es el más noble, aunque también el más complicado, ya que, con toda seguridad, es donde el traductor se va a encontrar con la hostilidad del lector al que se dirige la traducción. Goethe, pues, aboga por un nuevo concepto de originalidad en la traducción.

Al analizar los vínculos entre el nacionalismo y el monolingüismo es de justicia señalar la existencia de un movimiento que caminaba en dirección contraria: el internacionalismo en términos culturales. En 1818 se creó en la Sorbona de París la primera Cátedra de Literatura Comparada, y ya en 1850 los términos «literatura comparada» se habían acomodado en diferentes lenguas europeas, incluida la inglesa. Las premisas básicas de estos nuevos estudios literarios eran entonces simplemente comparar y contrastar tipos de escritura a lo largo y ancho de las diferentes fronteras culturales, estudios que hasta entonces se veían como parte connatural de la literatura tradicionalmente entendida, hasta que las fronteras políticas y lingüísticas se definieron de manera más rígida. Por tanto, al estudiar el trabajo de Byron desde la perspectiva de la traducción, se debe éste considerar dentro del marco histórico cultural cambiante de entonces, donde, por un lado, las naciones trataban con orgullo de preservar el monopolio de sus propios escritores, y, por el otro, se comprometían en la búsqueda de una unidad universal ideal. El modelo de Goethe sugiere que estos aparentemente contradictorios procesos podían sucederse simultáneamente, aunque en el caso de Byron, igual que con Shelley, su postura se complicaba más aún por su estatus de exiliado, grupo marginal de expatriados repartidos por toda Europa cuya posición les negaba una función social importante. ¿Cuál podría ser, pues, la función de la traducción para Byron? Queda fuera de toda duda que no compartía la concepción traductológica de Shelley, aunque también era perfectamente consciente de los problemas ideológicos propios de la traducción. Traducir se podía considerar una apropiación por parte de la cultura «colonizadora» o, contemplado desde otro punto de vista, como un acto subversivo. En cualquiera de los dos casos, el traductor aparece como el derrotado.

Lo que sí que se echa en falta en las pocas anotaciones de Byron sobre la traducción, igual que en las más copiosas de Goethe, es alguna alusión a la precisión y la fidelidad de la misma, términos puestos en tela de juicio desde comienzos del siglo XVIII, donde el traductor se veía como un mero retratista o imitador, y cuya obligación moral abarcaba tanto el original como el receptor.

En el prefacio a su traducción de Homero, Pope sintetiza la postura clásica dieciochesca respecto a la traducción, esa que defiende el término medio por encima de los extremos: “I will venture to say that there have not been more men misled in former times by a servile, dull adherence to the letter, than have been deluded in ours by a chimerical insolent hope of raising and improving their author... The translator must... copy him in all the variations of his style, and the different modulations of his numbers; to preserve, in more active or descriptive parts, a warmth, and elevation; in the more sedate or narrative, a plainness and solemnity; in the sentences a shortness and gravity; not to neglect even the little figures and turns on the words, not sometimes the very cast of the periods, neither to omit nor confound any rites and customs of antiquity” (Pope 1967: 15).

El resultado del método que Pope propone se puede observar en unos versos de uno de los baladistas más prolíficos de principios del siglo XVIII, Matthew Prior, que dice en «Down-Hall; A Ballad»: “Hang Homer and Virgil: their meaning to seek, A man must have pok ́d into Latin and Greek; Those who love their own tongue, we have a reason to hope, Have read them translated by Dryden and Pope” (Prior 1959: l. 551).

Sin embargo, Cowper, en el prefacio a su traducción de La Ilíada, publicada un poco después, en 1802, presenta una imagen bien diferente: “I will venture to assert that a just translation of any ancient poet in rhyme is impossible. No human ingenuity can be equal to the task of closing every couplet with sounds homotonous, expressing at the same time the full sense of his original” (Cowper, en T. R. Steiner 1975: 54).

El problema de la equivalencia, todavía sin resolver en la actualidad, subyace todas estas reflexiones sobre la traducción. Es significativo que en la época pre-enciclopédica nunca surgió la cuestión de la «exactitud» definida en términos de equivalencia exacta entre sistemas lingüísticos.

Algunas personas perecieron en la hoguera por traducciones que ofrecían una interpretación «errónea» de las Sagradas Escrituras, pero a nadie se le denunció por inexactitudes en esas traducciones. Esa noción de fidelidad exacta a un texto fuente determinado presupone algún tipo de similitud oculta que permite que esas equivalencias se produzcan.

De lo poco que Byron tradujo, me parece que, lejos de lo que tradicionalmente se ha sostenido, sus aportaciones al debate de la traducción son muy enriquecedoras. En el prefacio de Morgante Maggiore, Byron señala que se ha tomado la libertad, como Pulci había hecho antes que él, de cambiar los nombres propios, aunque: “In other respects the version is faithful to the best of the translator ́s ability in combining his interpretation of the one language with the not very easy task of reducing it to the same versification in the other [...] The translator wished also to present in an English dress a part at least of a poem never yet rendered into a Northern language; at the same time it has been the original of some of the most celebrated productions on this side of the Alps, as well as of those recent experiments in poetry in England which have already been mentioned” (Byron 2004: 153).

La traducción de Byron de la obra de Pulci se ha tildado en numerosas ocasiones de inerte y aburrida; el crítico y poeta Philip Hobsbaum afirma que Byron no fue capaz de entender y aprender directamente de la poesía de Pulci, así que, teniendo en cuenta tan respetada opinión, el lector, en este caso yo mismo, se enfrenta a la traducción de Byron con expectativas, digamos, más o menos dudosas. Cuál es la sorpresa cuando el lector que esto firma se encuentra con una traducción mucho mejor de la esperada. Cuando Pope menciona la necesidad de que el traductor siga en su trabajo con precisión el texto fuente, está poniendo de relieve una de las premisas que muchos de los docentes de la traducción intentamos inculcar desde el principio a nuestros estudiantes: que el traductor debe, en primer lugar, analizar la estructura del texto fuente de manera que comprenda a la perfección los patrones que en él se encuentran. En muchos textos poéticos, la rima es el rasgo estructural dominante, mientras que en otros muchos este aspecto no es más que secundario; la función de la rima en los textos poéticos, pues, varía, y ha de ser la lectura atenta del traductor la que revele esas variaciones. En el caso de la poesía de Pulci, lo que consigue la rima es poner en primer término ciertos elementos y pasar la fuerza de cada estrofa a los dos últimos versos, con el empleo de un modelo ababacc. El último pareado es especialmente válido para el propósito del poeta, a saber, la sátira del anti-héroe, porque rebaja el tono elevado de lo dicho hasta entonces. En un poema largo, una vez que se establece el efecto sorpresa de los dos primeros versos, las expectativas del lector se dirigen hacia el momento del impacto en el que la habilidad poética del autor se ha de hacer evidente.

Si Byron traducía del italiano al inglés, hay que tener en cuenta un rasgo estilístico de esta lengua que contrasta con la inglesa: los sustantivos se suelen colocar, igual que en español, delante de la concatenación de adjetivos; en inglés, se pueden agrupar esos adjetivos delante del nombre, de manera que a veces éste se ve abrumado por tanta calificación. Este recurso se puede utilizar para atenuar la fuerza del sustantivo o, por el contrario, como recurso cómico que ayuda a subrayar la incongruencia de ese sustantivo. Así que el adjetivo inglés puede llevar una gran carga, igual que el verbo con la capacidad que tiene para ayudarse de formaciones auxiliares. Cualquiera que tenga cierta experiencia traduciendo del italiano –o del español– al inglés se da cuenta casi de inmediato de estas sencillas diferencias mientras lee o traduce el texto; lo que quizá sea más sorprendente es percatarse de la habilidad con la que Byron supo mantener en inglés el recurso de Pulci en italiano de sostener ciertos elementos al principio de la composición; veamos, por ejemplo, los versos 33 al 36 de Morgante Maggiore, en los que Byron coloca al principio un sustantivo que, con sorprendente exactitud, corresponde al del texto de Pulci:

33 e rivocava la forza e la mente
Orlando has recalled his force and senses

34 poi si chinò per tor di terra un sasso
And then he stopped to pick up a great stone

35 Orlando ringraziava il Padre e ́l Verbo
Orlando thanked the Father and the Word

36 tanto ch ́anco torni a Carlo Mano
At least return once more to Carloman

No estoy defendiendo que este tipo de extrema fidelidad sea necesariamente buena y deseable; lo que sugiero es que la prueba clara de esa fidelidad al texto fuente de la mano de la cuidadosa estructuración de cada una de las estrofas que conduce a los pareados finales muestra un acercamiento a la traducción refinado y sensible, que cuida tanto el contenido como la forma del original. Byron se esfuerza por imitar el tono de la poesía de Pulci siguiendo casi al pie de la letra la estructura del verso y retiene el orden de las estrofas hasta donde la sintaxis inglesa le permite. Este tipo de traducción, muy cerca de la propuesta de Pope, ubica al traductor en una posición respecto al original que no es ni subversiva ni dominante.

La traducción de El Morgante permite a Byron una experiencia con la ottava rima en sus primeros pasos4. Algunas de las rimas de Pulci en sus octavas son tan forzadas que aparentan ser grotescas en sí mismas. Byron trata de adaptar esta técnica del poeta italiano empleando en inglés la half-rhyme5, rimas encadenadas o, al igual que en italiano, forzando las rimas al máximo, es decir, distorsionando el modelo rítmico en inglés hasta extremos casi absurdos. En resumen, Byron «experimentó», tal como afirma en el prefacio, con el Morgante debido a causas que tienen que ver tanto con la forma –emplea una rima determinada para conseguir un cierto tono– como con la búsqueda de una afinidad con el autor del texto italiano.

Uno de los puntos más debatidos de la teoría de la traducción desde 1950 hasta nuestros días es el de la afinidad del traductor con el autor del original (Catford 1965; Steiner, 1975; Rabadán, 1991; Robinson, 1991; House, 1997; entre otros muchos). ¿Por qué ciertos autores deciden traducir a otros? Ya se ha mencionado antes que Shelley a veces traducía desde un sentimiento de obligación moral, es decir, desde su deseo de que sus contemporáneos conocieran los escritos de autores que él consideraba meritorios. Byron, por otra parte, eligió traducir Morgante, texto absolutamente eclipsado por Orlando Furioso y por otros grandes poetas del Renacimiento. Pero si observamos con atención la obra de Pulci, encontramos ciertos factores que con seguridad Byron consideró atractivos: la elección del material del poeta italiano; la tentación de revestir una obra considerada menor con ropajes de poesía épica; la persecución que sufre el personaje por parte de Ficino por sus herejías y blasfemias; o su trágico final, enterrado con nocturnidad como un hereje y un apestado. ¿Qué mejor lugar para buscar cómo manejar la ambigüedad que en una obra de un autor como Luigi Pulci, a quien Byron había leído hacía unos años por primera vez en traducción de John Hookham Frere?

En numerosas ocasiones, grandes traductores literarios han afirmado que la afinidad entre el autor del texto fuente y el traductor es un factor decisivo en el proceso de la traducción (Peden 1989; Rabasa 1996). Estos autores defienden que algunos escritores tienen que traducir en momentos determinados de sus carreras literarias. Independientemente de que esta afirmación sea discutible, que lo es, sí que podría servir para intentar explicar por qué algunos escritores emprenden la traducción de textos que les atraen en ciertas circunstancias. Quizá lo que más interesa en nuestra discusión es que la distinción que se hace al referirnos al estatus de «original» y traducción deriva casi siempre de una visión particular de la producción literaria del momento. No hay más que echar un vistazo a la literatura del siglo XVI para comprobar que existía otro concepto de traducción distinto al que tenemos hoy en día en el mundo occidental. Los problemas comienzan a multiplicarse cuando la autoría de la obra literaria pasa a primer plano y cuando la originalidad prima por encima de otros valores literarios. Cuando Pulci escribió Morgante o cuando Shakespeare reescribió Hamlet, la cuestión de la originalidad del contenido era irrelevante; lo que de verdad importaba era cómo se daba forma a ese material ya existente, y, en ese contexto, la traducción no se consideraba una actividad secundaria. Parece, pues, que se podría pensar que las traducciones de Byron constituyen un eslabón más en su formación como poeta, de manera que, antes de escribir Don Juan, necesariamente habría de traducir Morgante. Es bien sabido que en el Canto III de Don Juan, cuando Byron traduce e incorpora estrofas completas de La Divina Comedia, está empleando la práctica medieval de apropiarse de lo escrito por otros autores, sin ningún tipo de recato ni rubor. Una de las traducciones sí reconocidas por Byron, en el sentido que nosotros entendemos, es el episodio de Paolo y Francesca de Infierno V, que, significativamente, no traduce completo: no aparecen en la versión de Byron la famosa imagen de las palomas, ni las palabras que Francesca dirige a Dante, el viajero. En su lugar, Byron comienza con la historia de Francesca, «The Land where I was born sits by the seas...», y concluye con el final del Canto. La elección del episodio, en el que Francesca confiesa estar enamorada, y el triste final al que ese amor prohibido la arrastra es uno de los momentos más emotivos de La Divina Comedia y, como señalaba anteriormente, la afinidad del traductor con el texto que traduce es evidente: en ambas obras aparecen el hermano y la hermana (política), el amor que nace de inmediato tras la lectura de un libro, su desamparo ante la pasión desatada, el trágico clímax y como dice Francesca: «The greatest of all woes / Is to remind us of our happy days / In misery...».

Es necesario destacar aquí, no obstante, que lo que surge del análisis de la traducción de Byron es el mismo tipo de atención a los detalles de la forma, manteniendo muchos de los recursos del original italiano a pesar de que emplea la terza rima, algo que Henry Francis Cary, a pesar de su inmensa sabiduría literaria y sus excelentes dotes de traductor, no fue capaz de trasladar en su versión inglesa. Veamos juntas las dos traducciones –la de Byron y la de Cary– para comprobar cómo el primero se las ingenió para solucionar problemas sintácticos en los que Cary tuvo evidentes problemas:

Amor, ch ́a nullo amato perdona
mi prese del costui piacer si forte,
che, como vedi, ancor non a ́bbandona.

Love that denial takes from none beloved
caught me with pleasing him so passing well
that, as thou seest, yet he deserts me not (Cary)

Love, who to none beloved to love again
Remits, seized me with wish to please so strong
That, as thou seest, yet, yet it doth remain (Byron)

¿Qué conclusión se puede sacar de esta breve mirada al Byron traductor? En primer lugar, y en contra de lo que habitualmente se afirma del poeta inglés, el que Byron tradujera relativamente poco no está directamente relacionado con su falta de interés por la traducción y con la calidad de las que realizó; más bien se podría afirmar lo contrario: traduce lo que le habría gustado escribir, siguiendo criterios que se encuentran en el texto que traduce y en su particular lectura del mismo, y no en factores que puedan haber llevado a otros autores a traducir. En sus traducciones, por otra parte, sigue los preceptos de Pope, manteniendo las estructuras internas del texto fuente en la medida que la sintaxis inglesa se lo permite y, al mismo tiempo, esforzándose denodadamente por escribir poesía en lugar de caer en el viejo artificio de mantener el contenido por encima de la forma. A este respecto, parece que la traducción que Byron ejerce pertenece al tercer grupo de lo que al principio del ensayo nos proponía Goethe, ya que con el empleo de la terza rima y, especialmente, de la ottava rima ensancha las fronteras de la poesía inglesa sin detractar el texto fuente en italiano. Una vez que ha negado la traducción como arma nacionalista, Byron elige en su lugar traducir por razones personales y, en el camino, avanza en su formación como poeta. Lo irónico de toda esta cuestión es que mientras que las traducciones de Byron han caído en el olvido a lo largo de los años, generaciones de traductores han trasladado su obra en multitud de lenguas, a menudo con resultados dudosos, precisamente porque sus criterios para traducir no se encuentran dentro de los propios textos, sino fuera de ellos.


Notas
1. Este aspecto, directamente relacionado con la ubicación de la traducción en el sistema de llegada, es uno de las propuestas fundamentales y más desarrolladas por los teóricos de la denominada Escuela del Polisistema, especialmente Itamar Even-Zohar (1978) y Gideon Toury (1980, 1995).

2. Estrofa de nueve versos, con rima ababbcbcc, empleada por Edmund Spenser en The Faerie Queene e imitada de vez en cuando por poetas románticos.

3. En D. Weissbort y A. Eysteinsson (eds.), 2006, Translation – Theory and Practice. A Historical Reader, traducción de A. Lefevere, pp. 199-204.

4. La octava, de origen italiano, se comenzó a emplear en el siglo XIV; sin embargo, fue Pulci en Morgante Maggiore (1487) quien comenzó el uso peculiar de esta estrofa por el que casi siempre es identificada: bajo un tono mitad serio mitad burlesco, se esconde una parodia de las canciones de gesta.

5. Half-rhyme es un recurso empleado con cierta frecuencia por poetas ingleses, en el que se repiten en los versos los sonidos finales, aunque los sonidos vocálicos son diferentes; por ejemplo: «chess/grass», «rain/gun», «jump/stamp» o «gallows/wallows».


Bibliografía
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Catford, J. C. A Linguistic Theory of Translation: an Essay on Applied Linguistics. Oxford: Oxford University Press, 1965.

Cary, H.F., trad. Dante Alighieri ́s Inferno. New York: P.F. Collier, 1908.

Even-Zohar, I. «The position of translated literature within the literary polysystem». Ed. L. Venuti, 1978/2000. 192-197.

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Hosbaum, P. «Byron and the English Tradition». Byron: Wrath and Rhyme. Ed. A. Bold. Londres & Totowa, NJ: Barnes & Noble, 1983.

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House, J. A Model for Translation Quality Assessment. Tübingen: Gunter Narr, 1977.

Peden, M.S. «Building a Translation. The Reconstruction Business: Poem 145 of sor Juana Inés de la Cruz». Eds. J. Biguenet y R. Schulte, 1989. 13-27.

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Rabadán, R. Equivalencia y traducción. Problemática de la equivalencia translémica inglésespañol. León: Universidad de León, 1991.

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Weissbort, D. y A. Eysteinsson, eds. Translation - Theory and Practice. A Historical Reader. Oxford: Oxford University Press, 2006.





domingo, 15 de enero de 2012

A qué suena y por qué Raymond Chandler en castellano

The Game Afoot es un excelente blog que administra José Ignacio (únicos datos que constan), dedicado al género policial. Allí, una colaboradora del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires encontró el texto que se reproduce a continuación, a propósito de las traducciones que se hicieron en la Argentina y en España del gran Raymond Chandler (foto).

Tesis Doctoral  
Las traducciones de Chandler al español

Estoy terminando de leer Adiós, muñeca de Chandler y me encuentro en Internet esta interesante tesis doctoral de Daniel Peter Linder Molin, The american detective novel in translation: the translations of Raymond Chandler’s novels into spanish http://hdl.handle.net/10366/d10525646 (en inglés, con un resumen en español a partir de la página 528).

Copio y pego de los objetivos: La tesis “analiza cuatro novelas de Raymond Chandler (The Big Sleep, 1939; Farewell, My Lovely, 1940; The Little Sister, 1949; y The Long Goodbye, 1954) y las traducciones al español publicadas en Argentina y España. Partiendo de la hipótesis de que toda traducción implica manipulación, se seleccionaron y se analizaron entre cuatro y seis casos textuales ideológicamente problemáticos, como por ejemplo algunas instancias de dudosa moralidad sexual. La existencia de numerosas traducciones permite una amplia visión histórica y cultural que engloba el periodo autócrata franquista en España (1939-1975) y el periodo golpista y represivo en Argentina (1976-1982). El análisis revela que las traducciones argentinas, las primeras en producirse, no fueron censuradas (Al borde del abismo, Hopenhaym, 1947), aunque algunas de las más tempranas sufrieron supresiones al ser abreviadas (Una mosca muerta, Goligorsky, 1956 y El largo adiós, De Setaro, 1956). Las traducciones españolas más tempranas fueron o bien autocensuradas (Detective por correspondencia, Macho-Quevedo, 1945 y Una dama tenebrosa, De Luaces, 1949) o censuradas por el gobierno (El sueño eterno, Navarro y ¡Adiós para siempre preciosidad!, Márquez, publicadas en Novelas escogidas (Aguilar: Madrid, 1958).

Entre 1972-1973 Barral Editores (Barcelona) publicó traducciones nuevas de estas novelas en su Serie Negra Policial. Aunque estas versiones se convirtieron en las «clásicas» al publicarse masivamente en la España postfranquista, dos son plagios (El sueño eterno y El largo adiós, ambas atribuidas a Lara cuando son copias de obras de Navarro y De Setaro respetivamente) y otra es una traducción desde el francés (La hermana pequeña, Vinyoli). Nuevas traducciones autónomas no censuradas se publicaron en 2001 y 2002, tres de ellas producidas por José Luis López Muñoz, ganador del Premio Nacional de Traducción en 1980 y 2000.

Particularmente útil me ha parecido la lista de las traducciones utilizadas:

Traducciones de The Big Sleep:
Hopenhaym, 1947. Al borde del abismo.
De Luaces, [1948?]. Una mujer en la sombra.
De Luaces, [1949?]. Una dama tenebrosa.
Navarro, 1958. El sueño eterno.
Lara, 1972. El sueño eterno.
López, 2001. El sueño eterno.

Traducciones de Farewell, My Lovely:
Macho-Quevedo, 1945. Detective por correspondencia.
Márquez, 1958. ¡Adiós para siempre, preciosidad!
Elías, 1972. Adiós, muñeca.
Aira, 1988. Adiós, muñeca.
López, 2001. Adiós, muñeca.

Traducciones de The Little Sister:
Goligorsky, 1956. Una mosca muerta.
Escolar, 1958. La hermanita.
Vinyoli, 1973. La hermana pequeña.
Aira, 1989. La hermana menor.
Ibeas, 1995, 2001. La hermana pequeña.

Traduciones de The Long Goodbye:
De Setaro, 1956, 1962. El largo adiós.
Márquez, 1958. El largo adiós.
Lara, 1972. El largo adiós.
Zadunaisky, 1988. El largo adiós.
Vasco, 2002. El largo adiós.
López, 2002. El largo adiós.

Confío en que pueda ser también de interés general.

sábado, 14 de enero de 2012

“La compañía está demasiado ocupada”

La noticia llega a través de la agencia EFE y fue publicada el 11 de enero pasado en el suplemento i-eco del diario Clarín. Aparentemente, las instituciones que agrupan a los escritores chinos son más rápidas que en otras partes del planeta.

Nueve escritores chinos demandan a Apple
y piden una indemnización de US$ 1,9 millones

Nueve escritores chinos presentaron una demanda contra el gigante tecnológico Apple, al que piden una indemnización de 1,9 millones de dólares por la presunta distribución ilegal de sus libros a través de aplicaciones disponibles en la tienda virtual Apple Store.
Según informó ayer el oficial China Daily, el Tribunal Popular Intermedio Número 2 de Pekín ha aceptado la demanda que presentaron los autores el pasado mes de octubre de manera conjunta, a través de la Alianza por los Derechos de los Escritores.

En ella acusaban a la firma estadounidense de obtener beneficios con la publicación de sus libros sin el permiso de los propietarios de los derechos de autor.

El vocero de la citada asociación, que lucha por salvaguardar los derechos de autor en la red, Bei Zhicheng, afirmó que la compañía fundada por el difunto Steve Jobs comunicó a los escritores que no habían proporcionado "suficientes documentos" y que el e-mail que enviaron el pasado julio a Apple "no se ajustaba a lo requerido por la empresa".

Un empleado del departamento de Relaciones Públicas de Apple en China, citado por el diario, rechazó comentar el caso y se limitó a explicar que la compañía está demasiado ocupada con el lanzamiento del nuevo iPhone 4S en Pekín, previsto para este viernes, como para prestar atención a la denuncia de los escritores.

Según un miembro del tribunal, Li Zhitao, el juicio podría abrirse después de la celebración del Festival de la Primavera, a partir de febrero.

La Alianza por los Derechos de los Autores protagonizó en marzo de 2011 una demanda similar contra el buscador chino Baidu, que tuvo que retirar 2,8 millones de documentos de su biblioteca virtual.

viernes, 13 de enero de 2012

Una queja recurrente y una respuesta finísima

Así como hay lectores que al día de hoy siguen enviando comentarios a entradas que tienen dos y  tres años de publicadas, la búsqueda de materiales en la web nos lleva a sitios insólitos y pretéritos. Por ejemplo, a Sibelius, que tiene sede en Mar del Plata, Argentina. En esta entrada, correspondiente al 16 de febrero de 2006, puede leerse la queja de un lector argentino que reclama traducciones españolas más ecuménicas, lo que, en las actuales circunstancias de crisis, pasa de ser una sugerencia a un reclamo vigoroso para que los libros españoles puedan seguir vendiéndose en Latinoamérica. Pero también, entre los varios comentarios, el que pegamos a continuación no tiene desperdicio.


Los lectores argentinos apreciamos mucho el hecho de que nuevamente se consigan en Argentina libros importados, especialmente porque la mayoría de las editoriales no los vende al mismo precio que en Europa, sino que tienen un precio competitivo con los editados en Argentina. Se trata de políticas de los grandes grupos editoriales que prefieren vender los libros más baratos aquí, antes que perder un mercado importante.
Estas complejas políticas editoriales nos favorecen gracias a una peculiar alineación de los astros. Pero la emoción ante la ampliación la oferta de editorial en Argentina, se disipa ante la traducciones españolísimas que pueden llegar a opacar el placer de la lectura. El nuevo libro de Tom Wolfe, Yo soy Charlotte Simmons, es un buen ejemplo. Que un libro que afuera se cobra venticinco euros ($90) pueda conseguirse en Argentina a $39 alegra a cualquiera, pero los coños, las pollas, los gilipollas, los hijoputa frustran la lectura de hasta el más fervoroso lector. En definitiva, lo que no se puede comprender es por qué no se realizan traducciones más neutras si el mercado es tan importante como para venderle a precios preferenciales. De hecho Argentina y México son los mayores compradores de libros fuera de España. No está bueno leer un pasaje erótico de un libro con un diccionario de españolismos en mano para advertir cuáles son las partes del cuerpo aludidas.

Comentario:
Anónimo dijo...
Miras Torrente 1, Torrente 2 y mejor obvias Torrente 3, y listo. Ya estas al dia con los españolismos: "vete a tomá por tu puto culo cabron"

jueves, 12 de enero de 2012

Escritores perplejos ante las opciones de asociación que tienen

Hace aproximadamente una semana, hubo dos entradas en este blog dedicadas al conflicto de intereses desatado por la pretensión de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) de cobrar derechos colectivos a los medios de comunicación y de la negativa de la Sociedad de Escritores y Escritoras de Argentina (SEA) a considerar ese punto de vista. La discusión, con todo, volvió a poner de manifiesto el encono que existe entre ambas instituciones y la poca representatividad que le atribuyen muchos escritores argentinos. Así, el 9 de enero pasado, Guido Carelli Lynch publicó el siguiente artículo en Clarín, donde vuelven a ponerse estas cuestiones sobre el tapete.

Los escritores argentinos,
entre dos gremios con poca representatividad

La historia del sindicalismo argentino sabe de fracturas irreconciliables. Los escritores no están ajenos a ellas. Por eso, deben optar por la histórica y en las últimas décadas desprestigiada Sociedad Argentina de Escritores (SADE) o por la joven Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA). La mayoría de los autores consultados por Clarín, sin embargo, prefiere mantenerse al margen de las dos organizaciones gremiales del sector.

Los escritores tienen razones propias y diversas para explicar su no pertenencia. “Va a ser bastante difícil y va a llevar tiempo que los escritores vuelvan a reorganizarse”, asegura Vicente Battista, flamante secretario gremial de la SADE. Las idas y vueltas del autor de Sucesos argentinos son un reflejo de la suerte de ambas asociaciones. Empezó en la SADE, se borró y se esperanzó con la SEA, se volvió a borrar y regresó a una SADE con pocos escritores pero con las cuentas más saneadas. “Hay que responder con hechos”, se entusiasma Battista.

Otros son menos diplomáticos. “Nunca fui amigo de ninguna sociedad de escritores. No lo sentí necesario. Siempre la SADE me pareció un espacio gerontológico, y la SEA una entelequia que nació dirigida por un editor, y la verdad es que ningún editor puede representar nunca a ningún autor”, dispara Gustavo Nielsen, premio Clarín de novela. El autor de La otra playa se refiere al editor independiente, poeta y fundador de la SEA, Víctor Redondo, y a la la comisión directiva de la SADE en la que no hay menores de 50 años.

Marcelo Cohen y Edgardo Cozarinsky –miembros de la SEA, aunque de bajo perfil– defienden su pertenencia a la sociedad que impulsó la pensión de la Ciudad de Buenos Aires para escritores, un subsidio para autores mayores de 60 años que no tienen acceso a una jubilación y que hasta el momento han cobrado ochenta escritores, entre ellos, Alberto Laiseca. Otros autores, en cambio, cuestionan algunas declaraciones políticas de la institución que hoy dirige Graciela Aráoz. En los últimos años, la SEA se manifestó en contra de la “privatización” del Teatro Colón, de la Ley de Mecenazgo porteña y contra el intento de golpe de Estado en Ecuador. La opinión más polémica fue su declaración para condenar la incursión del ejército israelí en Gaza en 2009. “Es muy fácil hacerse el comprometido cuando se habla de un conflicto tan lejano; pero la SEA se cuidó muy bien de pronunciarse en muchos conflictos argentinos de esos años, que dividían a la sociedad”, dispara Leopoldo Brizuela, ex socio de la entidad.

Algunos ven con buenos ojos que las agrupaciones se expresen políticamente más allá de los reclamos sectoriales. “Sería bueno que los escritores pudieran recobrar una voz pública y potente sobre los asuntos principales del país”, se entusiasma Guillermo Martínez, que desconoce los principios de cada asociación. Martín Kohan, más cercano a la SEA, en cambio, opina que su función debería ser exclusivamente gremial.

Para el presidente de la SADE Alejandro Vaccaro, muchos autores no se acercan a las instituciones porque “los que más venden no tienen necesidades de agremiación”. Y reconocen su cuota de responsabilidad. “No hay conciencia gremial; porque pretender cobrar es poco cool; o porque pelearnos entre nosotros parece ser la última cosa que garpa”, se queja Brizuela. Para Kohan, los agentes literarios pueden ser muchos más eficaces que los gremios a la hora de perseguir los intereses de los escritores.

Las dos entidades, en tanto, volvieron a cruzarse después de que Vaccaro confirmara que la SADE intentará cobrar a partir de febrero derechos de autor colectivos, igual que otros colectivos gremiales de artistas como SADAIC. La SEA distribuyó un comunicado de prensa tildando de autoritario el proyecto, y –a pesar de las buenas intenciones que declaran sus presidentes– el diálogo entre las organizaciones es inexistente.

El problema, quizá resida, como aporta Martínez en que “es difícil que un escritor se vea a sí mismo como un trabajador regular con derechos que deben ser resguardados”. La mayoría, claro, vive de otra cosa.