martes, 12 de noviembre de 2013

Quizás habría que haber pensado un poco más lo del cadáver...

El 30 de octubre pasado, Guido Carelli Lynch publicó el siguiente artículo en el diario Clarín.

Ya se puede ver en Internet
el diccionario de este continente

“¡Sobre mi cadáver!”, se exaltaba hace unos días en Panamá, durante el Congreso de la Lengua Española, Humberto López Morales, secretario de la Asociación de Academias de la Lengua (ASALE). Esa respuesta –aseguraba a Clarín – había preparado si sus colegas de la Real Academia Española (RAE) no daban rienda a su iniciativa de crear un Diccionario de Americanismos. Pero no hizo falta, este académico se salió con la suya y en octubre de 2010 la ASALE publicó su propio diccionario con 70 mil palabras y un total de 120 mil acepciones que se utilizan en este continente, donde vive el 90 por ciento de los hispanohablantes. Ahora, la obra está disponible en Internet, en http://lema.rae.es/damer/.

El español se ensancha todo el tiempo. Del este al oeste y del norte al sur. El diccionario de americanismos es un muestrario de ese desarrollo, que nunca es antojadizo. Porque con la primera intervención estadounidense en República Dominicana surgió el concepto de partywatcher, que era el vigilante de las fiestas adonde acudían los gringos. La palabra se dominicanizó: hoy un pariguayo es una “persona que hace el ridículo por no estar a la altura de las circunstancias” o un sinónimo de estúpido. En el mismo país y en Honduras, petardo se utiliza para denominar un “pedo estruendoso y de mal olor”. Pero en Puerto Rico el petardo es el rabo de gallo, una bebida. Una “traba”, en cambio tiene muchas y distantes acepciones. En Nicaragua, Bolivia y Chile (y también en la Argentina aunque el diccionario no dé cuenta) se utiliza como sinónimo de “gancho” para el pelo. En Colombia, en cambio, es el estado de euforia tras el consumo de algún estimulante. Una guagua, por el contrario, puede ser un “niño de pecho” en Colombia; un autobús en México y Centroamérica; o una “piedra en forma de media luna que se emplea para moler” en Bolivia. El diccionario identifica el argentinismo “gorila”, como “persona de ideas reaccionarias y gobiernos autoritarios”. Pero en Costa Rica, la palabra describe a los hombres corpulentos.

Por todos esos malos o buenos entendidos, López Morales creía que el Diccionario de Americanismos era una necesidad. Porque el Diccionario de la Real Academia Española, que ya lleva 22 ediciones, sólo incluye los americanismos que se hablan en más de tres países o en España.

El proceso para unificar criterios para este diccionario llevó casi tres años. Cada una de las 21 asociaciones americanas y la propia RAE colaboraron con el proyecto, enviaron sugerencias y correcciones. Pero por distancias y política –la ASALE funciona en el edificio de la RAE y se financia con recursos del ministerio de educación español– las decisiones finales se tomaron siempre en Madrid.

El prólogo del diccionario precisa la génesis del proyecto. Los primeros intentos datan del siglo XIX, cuando surgió la mayoría de los academias latinoamericanas. Recién en el Congreso de la ASALE de Puerto Rico en 2002 se acordó avanzar en el proyecto.

Algunas críticas perduran. “No es exhaustivo ni exacto. Baste como ejemplo la palabra “mouse”, de amplio uso en América.

El Diccionario de Americanismos dice que se usa solo en Panamá y Estados Unidos, el DRAE la ignora y el Diccionario Panhispánico de Dudas la desaconseja. Las decisiones fueron tomadas en Madrid, como se admite en el prólogo”, dispara el uruguayo Ricardo Soca, editor del popular sitio elcastellano.org y un crítico asiduo de la RAE.

La filóloga argentina Ana María Gargatagli cree que un diccionario como el de americanismos refuerza la idea de que existe un castellano general (y culto) que se utiliza en España y cientos de formas dialectales que ni siquiera comparten todos los países de América.

En el diccionario de americanismos hay proporcionalmente más insultos que en el DRAE. “Hay palabrotas tremebundas, pero esto no es un diccionario de piedad, están las palabras que se usan”, afirmaba el secretario de la ASALE.

La Asociación prepara por estos días una nueva edición, que podría ser presentada después de su próximo Congreso, en noviembre de 2013. “Tenemos unas 700 enmiendas, nuevas acepciones, nuevos orígenes. Hay además palabras que nacen y otras que mueren, como la vida misma”, explicaba López Morales.

Basta echar un vistazo al diccionario y no ser ningún letrado pare ver cuántos significados y orígenes deben ser corregidos. Mientras tanto, lejos de las academias, nuevas palabras nacen y se forjan.

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