martes, 9 de junio de 2015

Una de asombros convocados

También el 4 de junio pasado, la editora y traductora Ana Ojeda publicó en el blog de Eterna Cadencia la siguiente columna de opinión.

La lengua: espacio de resistencia

Si, como dijo Barthes, mi lenguaje es mi piel, quiero libertad para frotarla cuando, cómo y con quien yo quiera.

Las políticas de la lengua son políticas antes que nada, es decir, no-inocentes, pletóricas de “agenda”. En La máquina de despedazar historias, Antonio Jiménez Morato se sorprende de que «en Argentina se critican despiadadamente las traducciones al español que hace una editorial catalana pensando que ése es el idioma que se habla en España, sin tener muy en cuenta que en muchos casos a los peninsulares nos suenan tan marcianas como a cualquier otro lector hispanohablante». Su asombro convoca el mío: discutamos primero porqué una editorial catalana adquiere derechos de traducción para todo el territorio hispanoamericano, en lugar de adquirirlos únicamente para la Península Ibérica, liberando el resto de los territorios hispanohablantes a sus propios editores, y traductores, y versiones de castellano.

En el caso planteado por Jiménez Morato, se trata de traducciones (catalanas) que llegan a América latina; pero existe también otra realidad (aún peor): la de los sellos que adquieren derechos para todo el territorio hispanoparlante a sabiendas de que sólo distribuirán su traducción en territorio español. Es decir: los libros no llegan a esta parte del mundo pero de todas maneras se nos obtura la posibilidad de adquirir derechos para traducir y producir desde aquí. A través de un mecanismo económico (euros vs. pesos), quedamos relegados a –rehenes de– las decisiones editoriales de un lugar muy ajeno, muy lejano.

¿Se trata entonces, como sostiene Jiménez Morato, del «modo en que se lee a los autores foráneos»? Se trata de una cuestión de dinero, es decir: de política comercial, es decir: de dominación.

Jiménez Morato continúa: «Tampoco parecen darse cuenta muchos de los que critican las traducciones que llegan a cuentagotas gracias a la política de protección lingüística de los Kirchner, que la mayoría de las traducciones que se exportan desde las editoriales porteñas suenan tan localistas que logran, otro ejemplo, convertir a un autor brasileño de Porto Alegre que escribe en un portugués tan neutro como correcto en un guapo venido a menos en las tabernas de Almagro que teme que lo “agarre la cana”». En una charla reciente con Inés Garland, traductora —entre otros— de Ni quiero ni puedo, de Lydia Davis (Eterna Cadencia, 2014), ella sostenía que a su entender “las palabras tienen temperatura”. Traducir, entonces, consiste en identificar, distinguir, cuál es la temperatura —el tono— de la obra en su lengua original y encontrar una equivalente en la lengua propia. Por esta razón, estoy convencida, distintas traducciones de un mismo libro generan distintos libros. Un ejemplo exquisito: la traducción española que Paul B. Preciado (ex Beatriz) compuso para Melusina y la que Marlène Bondil entramó para Hekht Libros de Teoría King Kong, de la autora francesa (y pareja de Preciado) Virginie Despentes.

La traducción es un proceso alquímico altamente subjetivo. Convertir la lengua de un autor brasileño de Porto Alegre en la de un guapo de Almagro es una decisión posible, que ubica la cercanía del texto con el lector local en un primer plano, de importancia e interés. Es como traducir el francés martiniqueño de Aimé Césaire en su  Una tempestad a un rioplatense explícito, sin concesiones: es entender el mundo desde nuestra manera de hablar, que moldea nuestro mundo. Es ser consciente y, por lo tanto, político. Es ser resistente.

Tras comentar algunas declinaciones de la traducción al castellano, el ansia de la colaboración de Jiménez Morato es, en realidad, recomendar la lectura de Felipe Benítez Reyes, autor español poco conocido del lado de acá. Pero: su texto me basta para comprender que incluso las buenas intenciones reproducen una lógica (imperialista) del lenguaje, que borra las decisiones político-económicas que fundamentan las políticas de traducción, difusión y comercialización de los libros españoles en sus ex colonias: Buenos Aires. Quejarse porque las traducciones argentinas hacen hablar a todo el mundo en rioplatense es no comprender que el lenguaje modela el mundo en que vivimos, no querer ver que la dominación lingüística es, primero y antes que nada, dominación. Del lenguaje. Que es mi piel. Que es política.


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