viernes, 18 de agosto de 2017

"La menos vanidosa y la más abnegada de las tareas literarias"

El siguiente artículo sobre Borges como traductor, que llega al Club de Traductores Literarios de Buenos Aires por gentileza del traductor cubano Orestes Sandoval, lleva la firma del crítico e investigador cubano Carlos Espinosa Domínguez, y fue publicado por el sitio Cubaencuentro el 7 de agosto pasado.

La irreverencia feliz y creativa

Para Félix Lizárraga, traductor y lector ferviente de JLB

La historia de la literatura registra varios casos de autores que se dieron a conocer muy precozmente. El nombre que de seguro ha de acudir a la mente de muchos lectores es el del francés Arthur Rimbaud, quien entre los dieciséis y los veinte años escribió los poemas que lo han hecho inmortal. Pero difícilmente se podrá imaginar que exista uno que, a edad mucho más temprana, haya realizado su primera traducción. Pues ese escritor existió y fue el argentino Jorge Luis Borges (1899-1986).

Para tratar de explicar ese curioso episodio de su biografía, resulta pertinente apuntar que la abuela materna de Borges era de origen británico, y desde niño recibió una educación bilingüe. Eso lo convirtió en un lector voraz en ambos idiomas (leyó por primera vez el Quijote traducido al inglés). Años después, su familia se trasladó a Suiza y allí aprendió francés y alemán. La traducción a la cual aludí la hizo cuando tenía la tierna edad de nueve años. Fue el cuento de Oscar Wilde “El príncipe feliz”. Gracias a la intervención de un amigo del padre, se publicó en el diario bonaerense El País, el 26 de junio de 1910. La versión apareció firmada como Jorge Borges (hijo).

Tradujo a lo largo de toda su vida. A los 84 años y a pesar de su ceguera, aún lo seguía haciendo. Tradujo fundamentalmente del inglés, francés y alemán, pero también del nórdico antiguo. Entre los autores que trasladó al español, figuran Herman Melville, Henri Michaux, Walt Whitman, Virginia Woolf, Edgard Allan Poe, Wallace Stevens, T.S. Elliot, Jack London, H.G. Wells, Chesterton, Carl Sandburg, Herman Hesse, Rudyard Kipling, Jonathan Swift, Francis Ponge, George Bernard Shaw, André Gide, Willian Faulkner (es suya la versión de Las palmeras salvajes publicada en Cuba, aunque se eliminó su nombre). Un detalle curioso es que cuando citó a Shakespeare no lo tradujo al español, sino que siempre lo citó en inglés. En 1938 la editorial argentina Losada publicó un volumen con varias obras narrativas de Franz Kafka, en el cual se adjudican a Borges todas las versiones. En realidad, solo le pertenecen las de algunos cuentos. De hecho, él mismo se ocupó de corregir aquel error y argumentó que nunca hubiera traducido así el título (por sus conocimientos de alemán, sabía que realmente es La transformación). Pero así apareció en francés y Losada hizo servilmente lo mismo. Cuando se preparó el libro, se optó por atribuirle a él la traducción de todos los textos, y en el caso de  La metamorfosis se utilizó, de acuerdo a Borges, una versión “acaso anónima que andaba por ahí”.

Algunas de sus traducciones han sido criticadas, debido a determinadas decisiones tomadas por él. Una de ellas fue la de no omitir el pronombre yo en algunos versos de Hojas de hierba de Whitman, eliminado en otras versiones. Eso respondía a su modo personal de concebir el traslado de un texto literario a otro idioma. La dejó expuesta en textos ensayísticos como “Las dos maneras de traducir” (1926), “Las versiones homéricas” (1932), “Los traductores de las 1001 noches” (1936), “Nota sobre el Ulises en español” (1946), “El enigma de Edward Fitzgerald” (1951), así como en el cuento “Pierre Menard, autor del Quijote” (1939).

En el primero de esos textos, emplea genéricamente los términos clásico y romántico, que remiten a períodos históricos específicos del arte occidental, para establecer y definir dos clases de traducciones. La primera practica la literalidad, corresponde a las mentalidades románticas y no solicita la obra de arte, sino al artista. “¡Cuidado con torcerle una sola palabra de las que dejó escritas!”. Esa reverencia del yo justifica la literalidad de las traducciones. La otra clase corresponde a las mentalidades clásicas y practica la paráfrasis. Le interesa siempre la obra de arte y nunca quien la creó. Cancela las nociones de autor y texto original y defiende que la traducción debe ser irreverente y ennoblecedora. Después, Borges dejó de emplear esos dos términos, pues para él se trataba del lector creativo como valor esencial.

La versión puede superar al original
Para él la traducción —“la menos vanidosa y la más abnegada de las tareas literarias”— significaba, en esencia, transformar un texto en otro. Y para ello, reclamaba que al traductor se le debe dar carta blanca para “mejorar” el original. No compartía la idea de texto definitivo, que según él corresponde al dogma religioso al cansancio. “La superstición de la inferioridad de las traducciones —amonedada en el consabido adagio italiano— procede de una distraída experiencia. No hay un buen texto que no parezca invariable y definitivo si lo practicamos un número suficiente de veces”. Situaba original y traducción en un plano equivalente, en tanto que “borradores”. Asimismo, creía que la versión podía superar al original, y también que este o su traslación literal no tenían por qué ser fieles al resultado final. Al respecto, conviene reproducir unas palabras suyas:

“Suele presuponerse que cualquier texto original es incorregible de puro bueno, y que los traductores son unos chapuceros irreparables, padres del frangollo y de la mentira. Se les infiere la sentencia italiana de traduttore tradittore y ese chiste basta para condenarlos. Yo sospecho que la observación directa no es asesora en ese juicio condenatorio (aquí se me ha salido una especie de alegoría legal, pero sin querer) y que los opinadores menudean esa sentencia por otras causas (…) En cuanto a mí, creo en las buenas traducciones de obras literarias (de las didácticas o especulativas, ni hablemos) y opino que hasta los versos son traducibles. El venezolano Pérez Bonalde, con su traducción ejemplar de El cuervo de Poe, nos ministra una prueba de ello. Alguien objetará que la versión de Pérez Bonalde, por fidedigna y grata que sea, nunca será para nosotros lo que su original es para los norteamericanos. La objeción es difícil de levantar; también los versos de Evaristo Carriego parecerán más pobres al ser escuchados por un chileno que al ser escuchados por mí, que les maliciaré las tardecitas orilleras, los tipos y hasta pormenores de paisajes no registrados en ellos, pero latentes: un corralón, una higuera detrás de una pared rosada, una fogata de San Juan en un hueco. Es decir: a un forastero no le parecerán más pobres: serán más pobres. Su caudal representativo será menor”.

El concepto defendido por Borges parte de que, del mismo modo que diversos lectores hacen infinitas interpretaciones de una obra, tampoco hay una única manera de traducir. Eso se relaciona directamente con el hecho de que veía la traducción como paradigma de lectura, escritura e interpretación de un texto. En otras palabras, la concebía como una irreverencia feliz y creativa. Eso sí, exigía a los traductores algunas cualidades. Una de ellas era la de poseer un oído privilegiado, es decir, conocer íntimamente la lengua y la cultura del original, además, por supuesto, de la lengua a que se está traduciendo.

Pensaba que la literatura del conocimiento se puede trasladar a otro idioma (“Quien haya leído la Ética de Spinoza en inglés, español, alemán o francés podrá comprenderla tan perfectamente como aquel que la haya leído en latín”), pero dudaba que la otra literatura, la de la emoción, fuera traducible: “No sé si un poema es traducible, creo que el único modo de traducir un poema es recreándolo, es algo que está más allá del falso juego de sinónimos que los diccionarios nos dan”. Opinaba que solo se puede hacer “siempre que el traductor sea un poeta y que no se quede en la precisión científica o filológica. Lo que es conceptual para los fines de la política, por ejemplo, es esencial y puede traducirse; los pensamientos pueden traducirse, las metáforas no”.

Insistió también en que muchas veces se comete el error de no tomar en cuenta que cada idioma es un modo de sentir o percibir el universo. Para ilustrar lo que afirma, apunta que súbdito es decente en España y denigrante en América. Luna, que para nosotros es ya una invitación de poesía, es desagradable para los bosquimanos, que la consideran poderosa y de mala entraña y no se atreven a mirarla cuando campean. Por otro lado, hizo notar que existen idiomas más o menos adecuados para la traducción: el inglés, el alemán, el holandés, las lenguas escandinavas poseen una facilidad para las palabras compuestas que no tiene el español. Y agrega: “En Shakespeare, por ejemplo: «From this world-weary flesh», sería en español: «De esta carne cansada del mundo». «Cansada del mundo» es una frase pesada en español, mientras que la palabra compuesta «world-weary» no lo es en inglés. Estos defectos tienen que perderse en la traducción”. Incluso sostiene que dentro de una misma lengua, hay casos en que la traducción es imposible. El ejemplo más claro es para él Shakespeare, quien “es intraducible a un inglés que no sea el suyo”.

En una encuesta sobre el tema de la traducción, se refirió a la calidad de las publicadas en Argentina. Allí comenta que para sus compatriotas tienen la ventaja de que están hechas “en un español que es el nuestro y no un español de España. Pero creo que se comete un error cuando se insiste en las palabras vernáculas. Yo mismo lo he cometido”. En efecto, en su versión de Las palmeras salvajes de Faulkner incluye argentinismos como compadrear, caranchos, boleado. Y en la de la última página del Ulises de Joyce emplea el voceo de ese país.

“Y la traducción era muy mala”
En los comentarios sobre libros que escribió en su juventud en revistas como  El Hogar y Sur, se refirió en más de una ocasión a las versiones de obras extranjeras publicadas en España y Latinoamérica. Una de ellas fue la del Ulises de James Joyce, hecha por J. Salas Subirat. A propósito de la misma, reproduzco una anécdota que contó el novelista argentino Juan José Saer: “Una tarde de 1967, el autor de este artículo asistió a la escena siguiente: Borges, que había viajado a Santa Fe a hablar sobre Joyce, estaba charlando animadamente en un café antes de la conferencia con un grupito de jóvenes escritores que habían venido a hacerle un reportaje, cuando de pronto se acordó de que en los años cuarenta lo habían invitado a integrar una comisión que se proponía traducir colectivamente Ulises. Borges dijo que la comisión se reunía una vez por semana para discutir los preliminares de la gigantesca tarea que los mejores anglicistas de Buenos Aires se habían propuesto realizar, pero que un día, cuando ya había pasado casi un año de discusiones semanales, uno de los miembros de la comisión llegó blandiendo un enorme libro y gritando: «¡Acaba de aparecer una traducción de Ulises. Borges, riéndose de buena gana de la historia, y aunque nunca la había leído (como probablemente tampoco el original), concluyó diciendo: «Y la traducción era muy mala». A lo cual uno de los jóvenes que lo estaba escuchando replicó: «Puede ser, pero si es así, entonces el señor Salas Subirat es el más grande escritor de lengua española»”.

De los textos acerca de las traducciones ajenas, posiblemente el más demoledor es el Borges publicó en Sur sobre la versión de León Felipe de Canto a mí mismo de Whitman. De entrada, la califica de errónea y perifrástica. Para apoyar su juicio, cita varios ejemplos. Donde Whitman escribió: “Todos los cuartos de las casas los pueblo con una fuerza armada: / Mis amantes, burladores de tumbas”, Felipe, “fiel a Núñez de Arce”, prefiere: “Toda esta habitación la lleno yo de una fuerza poderosa,/ de un ejército invencible,/ de elementos que me aman/ de genios destructores de sepulcros”. El poeta norteamericano acaba así un poema: “A las once de la mañana empezaron a quemar los cadáveres;/ Esta es la relación del asesinato de los cuatrocientos doce muchachos”. El escritor español corrige esa brevedad: “A las once comenzaron a incinerar los cadáveres./ Y esta es la historia del asesinato a sangre fría, de aquellos cuatrocientos doce soldados, gloria de los Guardias Montañeses, tal como contaban en Texas cuando yo era muchacho”. Al final de su comentario, Borges apunta: “La transformación es notoria; de la larga voz sálmica hemos pasado a los engreídos grititos del cante jondo. Guillermo de Torre salva este libro con un epílogo excelente, que encierra alguna traducción fidedigna del poeta calumniado por León Felipe”.

Concluyo estas líneas como Dios manda: con una breve muestra de la faena como traductor del escritor argentino. Son tres poemas pertenecientes al libro Antología de Spoon River, del poeta y dramaturgo norteamericano Edgard Lee Masters. Se publicaron por primera vez en la revista Sur en 1931. Los encontré reproducidos en el periódico habanero Diario de la Marina, donde aparecieron dentro de una sección titulada Poesía, el 12 de marzo de 1950, página 51.

Ana Rutdedge

Oscura, indigna, pero salen de mí
Las vibraciones de una música eterna:
“Sin rencor para nadie, con amor para todos”.
En mí el perdón de millones de hombres para millones
Y la faz bienhechora de una nación
Resplandeciente de justicia y verdad.
Soy Ana Rutledge que reposa bajo esta hierba,
Adorada en vida por Abrahán Lincoln,
Desposada con él, no por la unión,
Sino por la separación.
Florece para siempre, oh república,
Del polvo de mi pecho.


Petit, el poeta

Simiente en una vaina seca, tic, tic, tic.
Tic, tic, tic, como una discusión entre insectos.
—Y ambos desfallecidos que la fuerte brisa despierta—
Pero el pino hace una sinfonía con ellos.
Triolets, rondeles, villanelas, sextinas.
Baladas a decenas con el mismo viejo argumento:
Y, ¿qué es el amor sino una rosa que se marchita?
Tragedia, comedia, valentía, verdad,
Coraje, felicidad, heroísmo, fracaso
—Todo eso en el telar y ¡con qué dibujos!
Montes, pastizales, ríos y arroyos—
Ciego, toda mi vida a eso.
Triolets, sextinas, villanelas, rondeles.
Simiente en una vaina seca, tic, tic, tic
Tic, tic, tic, qué minúsculos yambos.
Mientras Homero y Whitman rugían por los pinos.


Chandler Nicholas

Bañándome cada mañana, afeitándome,
Vistiéndome después,
Pero nadie en la vida para alegrarse
Con mi trabajada apariencia.
Caminando cada día, respirando hondo
En pro de mi salud,
Pero la vitalidad ¿de qué me sirvió?
Adelantando cada día la mente
Con meditación y lectura,
Pero nadie con quien canjear sabidurías.
No era un ágora, no era un banco de liquidación
Para lo intelectual, Spoon River.
Buscando, pero no buscado de nadie:
Maduro, afable, utilizable, pero no utilizado.
Encarcelado aquí en Spoon River,
Menospreciado por los buitres mi hígado,
Devorándose solo.

jueves, 17 de agosto de 2017

Un valioso ensayo sobre la importancia de la traducción en el Perú


En la entrada de este blog correspondiente al 17 de septiembre del 2013, Isabel Sabogal Dunin-Borkowski se refería a la Breve historia de la traducción en el Perú, del poeta, editor, crítico y traductor peruano Ricardo Silva-Santisteban. El 29 de noviembre de 2016, con firma de Manuel Barros Alcántara, se publicó en el sitio de la Casa de la Literatura Peruana el siguiente artículo sobre el mismo libro. Se reproduce a continuación.

Breve historia de la traducción en el Perú

A lo largo de su vida, Ricardo Silva-Santisteban (Lima, 1941) ha mantenido un incansable compromiso con la literatura y, especialmente, con la poesía. Poeta, traductor y profesor universitario, Ricardo es el editor literario más importante de los últimos años. Ha rescatado, prologado y preparado muchas de las ediciones de poesía y literatura peruana más relevantes de este siglo. Y, dentro de ellas, la traducción literaria ha tenido un lugar fundamental. Además de sus propias traducciones, ha publicado la Antología general de la traducción en el Perú que consta de cinco volúmenes, con varios otros de aparición próxima. Preocupándose no solo de rescatar canónicas traducciones peruanas, también ha difundido varias de las más representativas de la región hispanoamericana. La colección El manantial oculto, su paso por la Biblioteca Abraham Valdelomar y, en los meses más recientes, su labor editorial como presidente de la Academia Peruana de la Lengua son claras muestras de la importancia de todo su trabajo.

En el transcurso de dicha trayectoria, Breve historia de la traducción en el Perú (2012) puede ser vista como una parada necesaria para su autor, pues en ella ha historiado sus propios procesos y paulatinos descubrimientos. A rigor, el libro es uno de los resultados a largo plazo de los caminos personales por los que Ricardo Silva-Santisteban ha optado, preguntándose siempre por la presencia, importancia y distintos grados de alcance de la traducción en nuestro país. Breve, conciso, después de los estudios de Estuardo Núñez (1908-2013), el panorama trazado por Ricardo Silva-Santisteban es el primer intento de historiar la presencia de los traductores en el Perú. Dividido en dos partes, el libro presenta una breve historia de sus principales hitos y, seguidamente, un aporte bibliográfico para su difusión y consolidación como campo de estudio e investigación. En la primera parte el autor nos muestra que traducir no es meramente un hecho literario. Desde un inicio nos sugiere que la traducción es una posibilidad de diálogo y, por ende, de negociación entre los participantes y sus capacidades interpretativas, siendo la primera de ellas, la política.

Abriendo el ensayo, el autor señala la genealógica necesidad de la traducción. Los conquistadores españoles requirieron de un intérprete para comunicarse y empezar a conocer la cultura del “otro”. En ese contexto, antes que un oído, unos ojos y una mente dadas a traducir, el traductor era un oidor, aquel “juez” con el poder de interpretar y la otorgada potestad de ofrecer sentidos, incluso, al punto de imponerlos. Así, antes que un hecho estético —en tanto oficio literario— la traducción fue un hecho social. Surcar la incomprensión refiere al acto político de interpretar y transmitir en otra lengua la sensación de lo percibido en una primera. Esta misma razón implica optar, preferir y determinar las posibilidades del sentido o sentidos en aquello escuchado, pensado, vivido a través de otras lenguas. Al igual que con la Malinche en México, de esta genealógica necesidad nace la traducción en el Perú con el caso de Felipillo. Aunque no entra en nombres ni detalles, el aporte de Silva-Santisteban comienza desde esta primera página. Identifica en la lengua —y las formas culturales de vida que en ella se encuentran— cómo se trastocan las distintas dimensiones de la capacidad humana de crear y, más aún, la de interpretar.

Implícitamente, el autor se pregunta por los diferentes intereses y horizontes culturales que el oficio de la traducción tuvo a lo largo de la historia. Si bien la traducción tuvo una segunda presencia pública a través de su uso político, la catequización de los nativos, el texto se centra en presentar las siguientes. El muestrario va hacia inmediatamente lo literario cuando la presencia de los cronistas devino en su fecunda condición de “clásicos de la literatura y la traducción hispanoamericana”. Durante los primeros dos siglos de la época colonial, la recopilación y registro de las creaciones quechuas fueron las prioridades de los traductores. Pero también lo fueron las traducciones de los clásicos italianos y latinas, especialmente en el caso del Inca Garcilaso de la Vega y Diego Dávalos Figueroa. En el S. XVIII predominaron las letras francesas que tiene en Pedro Peralta Barnuevo a su principal traductor con La Rodoguna y, en menor medida, aparecen las inglesas. Entrando al S. XIX, la presencia del latín tuvo mayor fuerza, especialmente con la versión del Salterio peruano hecha por José Manuel Valdez, aunque una literatura “menos común” como la portuguesa empieza a tener presencia con Juan de la Pezuela y su versión de Los Lusiadas. Asimismo, a finales de ese siglo, se da un acercamiento a la literatura aborigen. No olvidemos que fueron los poetas del tardío romanticismo quienes tradujeron en distintas versiones y variados recursos el clásico del teatro quechua, Ollantay.

Entrando al S. XX encontramos otra sugerente variedad. Aunque ha habido intereses constantes —franceses, latinos, ingleses, alemanes o italianos— este siglo nos trajo otros horizontes culturales. El S. XX tiene en los modernistas los primeros en interesados en el Brasil literario. Con distinto éxito y grado de importancia, Víctor G. Mantilla, José Santos Chocano y Enrique Bustamante y Ballivián fueron los primeros en traducir a poetas brasileños. Esta lengua tuvo una relativa presencia a lo largo del S. XX, especialmente en los años ochenta, con las publicaciones de los treinta y un volúmenes hechas por poetas peruanos. Por otra parte, en las primeras décadas del siglo pasado, Adolfo Vienrich tradujo canciones folklóricas quechuas y, recién en los años treinta, apareció su sucesor en dicho campo: José María Arguedas. Al igual que el rescate de los distintos registros de la literatura quechua, a lo largo del siglo surgieron marcados intereses por las lenguas orientales y alemana. El principal traductor de la poesía china ha sido Guillermo Dañino, quien ha tenido sucesores que continúan su labor en esa como en otras literaturas: grecolatinas, hindú y japonesas. Asimismo, Juan José del Solar ha sido el principal traductor de varios clásicos de la literatura en lengua alemana: Canetti, Kafka, Walser, Brecht. Recordemos también al traductor principal de la generación del cincuenta, Javier Sologuren, quien introdujo al país la lírica sueca. En los años más recientes, entre otros traductores interesantes están Isabel Sabogal con una traducción de Czeslaw Milosz, Renato Sandoval con Rilke y Reynaldo Jiménez con Haroldo de Campos.

Definitivamente tenía que haber ausencias, pues el autor no quiso agotar todas sus referencias. Si bien podríamos decirle que faltó mencionar las traducciones de la literatura aymara —que sí figuran en la bibliografía del libro—, la versión de Trilce en quechua que elaboró Porfirio Meneses Lazón o la traducción de la primera parte de Don Quijote hecha por Demetrio Túpac Yupanqui el 2006, lo importante es partir del sugerente panorama que nos ofrece y del propio rasgo expositivo de sus fuentes. Aunque académico, Ricardo no quiere avasallarnos de referencias en el relato, pues no busca caer en una exhaustiva labor historiográfica. Si el autor hubiera desarrollado más esa historia —no olvidemos que es “breve”— el libro pasaba a tener otras exigencias y recursos con los cuales afrontarlas.

En la segunda parte del libro, el autor nos brinda una “Contribución a la bibliografía de la traducción en el Perú”. Está presentada de manera didáctica, como una guía para el conocimiento de la traducción: sus cultores, sus principales representantes, ensayistas y recopiladores. La primera sección comprende una selección de “Estudios y antologías” y, la segunda, una bibliografía histórica de los traductores peruanos, desde Juan de Betanzos (1510-1576) hasta Miluska Benavides (1986). Esta contribución no sólo es más extensa que el propio ensayo, sino que es fundamentalmente una invitación a la aventura —a la investigación y al propio conocimiento— de nuestra lengua a través de otros y desde otros.

Pero, en general, Ricardo hace mucho más que ofrecernos un mero listado o enumeración de los principales hitos de la traducción en el Perú. También aprovecha la historia que nos cuenta para mostrarnos otros registros en el anecdotario de las traducciones en el Perú. Por ejemplo, nos cuenta que Clemente Palma tradujo el Tartufo de Moliere para sus clases en San Marcos. También, nos recuerda la faltante edición de las traducciones reunidas de Westphalen. De igual manera, el muestrario de los traductores peruanos nos sugiere que ellos estuvieron atentos tanto a las novedades como a los clásicos y sus distintas versiones disponibles. Entre muchas otras cosas, el libro nos sugiere la importancia que la traducción ha tenido para la formación de la propia literatura peruana, en tanto oficio, ejercicio estético o una recurrente exploración personal.

Si bien este no es un ensayo histórico-social sobre la literatura, sí deja entrever parte que desde lo literario nos sugiere la vida social de nuestro país. La propia historicidad del traductor tuvo su origen en lo político, pasando por distintas formas de lo literario hasta llegar hacia lo poético. En ese trayecto encontramos parte de la configuración histórica de los gustos literarios y, por ende, sugiere una breve historia de las influencias o intereses principales de los traductores peruanos. A través de ella, Ricardo Silva-Santisteban nos sugiere cómo, en distintos periodos, los traductores “se asoman” a distintos horizontes culturales, tienen una mayor prevalencia por algunos y un histórico desinterés por de otrosLa traducción ha formado parte de la vida intelectual del Perú, incluso desde antes que ésta empiece a ser una nación. Y ella no se reduce a un aspecto más de los alcances públicos de la literatura, pues la traducción como forma de (re)creación y difusión potencia un ideario geográfico y cultural, esos nacientes espacios que se van “conquistando” en otras lenguas, tanto nacionales como extranjeras. En buena cuenta, esta es parte de la historia de lo que siglo a siglo ha sido la formación, el alcance y la potestad de nuestra lengua.





miércoles, 16 de agosto de 2017

Otra versión de Eliot, esta vez española


Publicada en la edición del 4 de agosto pasado de El Cultural, el suplemento del diario El País, de Montevideo, la siguiente reseña de Juan de Marsilio se ocupa de la reciente traducción de André Jaume de varios poemas de T. S. Eliot.






El sabor de los frutos tardíos

Las reediciones de los clásicos los acercan a nuevas generaciones lectoras. Mejor aún si la reedición aporta un abordaje crítico claro, riguroso y nuevo. Objetivos que Andreu Jaume, responsable de la traducción, introducción y notas de esta edición bilingüe logra con creces.

Thomas Stearns Eliot nació en Saint Louis, Missouri, en 1888. Estudió en Harvard y en 1914 se trasladó al Reino Unido, donde completaría una brillante carrera como poeta, crítico literario y dramaturgo, que lo llevaría al Premio Nobel en 1948. En 1915 contrajo matrimonio con Vivienne Haigh-Wood, de quien se separó en 1933 debido a serios trastornos mentales de ella. Vivió el fracaso matrimonial con culpa y tristeza, como recuerda Frank Morley, su compañero en la editorial Faber & Faber: “Hay veces en que un hombre puede sentirse como si se hubiera caído a pedazos y al mismo tiempo verse a sí mismo de pie en las calles escrutando los restos y preguntándose qué tipo de máquina saldrá si puede volver a juntarlos. Fue catorce años después, hablando de sus propios sentimientos, cuando Tom utilizó esa figura retórica”. Los Cuatro Cuartetos son la bitácora de la recomposición moral del autor del largo poema “La tierra baldía”.

En 1927 Eliot se hizo ciudadano británico y se convirtió a la High Church (Alta Iglesia), corriente del anglicanismo cuya liturgia se parece más a la de la Iglesia Católica. Esto implicaba desandar lo andado por su linaje: en el siglo XVII sus ancestros, protestantes extremos, habían viajado a América para alejarse de una Inglaterra que juzgaban contaminada de “papismo”. Este regreso y conversión son claves en el segundo cuarteto, “East Coker”, la localidad de origen de los Eliot, y en el cuarto, “Little Gidding”, en el que se hace un paralelo entre la Segunda Guerra Mundial y los conflictos civiles y religiosos ingleses del siglo XVII, en tiempos del Rey Carlos I y Oliverio Cromwell.

El poeta se casó en 1957 con Valerie Fletcher, su secretaria en Faber & Faber. Sus restos esperan juntos la resurrección en la St. Michael and All Angels’ Church, de East Coker.

EL CONTEXTO
Salvo por “Burnt Norton”, publicado en la sección de inéditos de los Collected Poems, de 1936, cuando buena parte de la opinión literaria inglesa daba por concluida la carrera poética de Eliot, los siguientes tres cuartetos fueron compuestos y publicados entre 1940 y 1942, es decir, en lo más arduo de la Segunda Guerra Mundial. Esto puede apreciarse de manera especial en el segundo movimiento de “Little Gidding”, el último de los cuartetos, ambientado en una noche de bombardeo en Londres (durante la Batalla de Inglaterra, Eliot sirvió como guardián de incendios, lo que lo obligó a largas noches en vela fuera de los refugios). Se cruzan en estos poemas las angustias y las esperanzas personales de Eliot, incluidos el fracaso de su matrimonio con Vivienne Haigh-Wood y su conversión al anglicanismo. También la guerra, entendida como una crisis de los mejores valores de Occidente e incluso de la Humanidad (Jaume es certero al señalar la influencia en estos poemas de los estudios de filosofía oriental, que Eliot había hecho en Harvard, lo que le permite proponer guías de abordaje de estos textos a quienes no compartan la fe cristiana del poeta).

En música, el cuarteto de cuerdas es una composición en cinco movimientos para conjunto de dos violines, viola y cello. Eliot se inspiró en los últimos cuartetos de Beethoven, como se lee en carta de 1931 al poeta Stephen Spender: “Me encanta saber que has estado con el Beethoven tardío. Tengo en el gramófono el ‘Cuarteto en la menor’ y me parece que su estudio es inagotable. Hay una especie de celestial o al menos más que humana alegría en algunas de sus cosas últimas que uno imagina para sí mismo como el fruto de la reconciliación y el alivio tras un sufrimiento inmenso; me gustaría hacer algo semejante en verso antes de morir”.

Estos poemas, divididos todos en cinco movimientos, se basan en la idea musical del ritornello, es decir, en la repetición, modificada y por ello desarrollada y profundizada de un tema. Llevan cada uno el nombre de un lugar visitado por el poeta. Salvo por “The Dry Salvages”, que da título al tercer cuarteto, y es un conjunto de tres promontorios en las costas de nueva Inglaterra en las que Eliot veraneaba de niño con su familia, los demás sitios están en Inglaterra. Esto es una clave de la personalidad poética de Eliot: asumirse británico no lo llevó a negar su origen norteamericano.

La clave de estos poemas es la búsqueda del “punto cero del tiempo”, es decir, de esos momentos en los que se tiene una intuición de algo estable y verdadero más allá del tiempo en fuga. Esta idea de un anclaje sólido, que niega la destrucción causada por el tiempo, puede verse en el motivo recurrente de “East Coker”, que comienza afirmando “En mi comienzo está mi fin” y concluye “En mi fin está mi comienzo”. O también, en el mismo poema, cuando muestra que quienes un día bailaron alegres al casarse y luego murieron siguen allí, nutriendo lo viviente: “De dos en dos, conjunción necesaria,/ tomados de la mano o el brazo/ de concordia augurio. Dan vueltas y vueltas al fuego,/ cruzando las llamas o formando círculos,/ salvajes y serios o salvajes y alegres,/ alzan pies duros con zapatos pobres,/ pies de tierra, pies calizos que se alzan con agreste júbilo,/ la alegría de los que llevan tiempo bajo tierra/ nutriendo la cosecha.”

Este volumen contiene también dos textos teatrales previos a la composición de los Cuartetos  los coros de La Roca y Asesinato en la catedral— lo que es uno de los mayores aciertos críticos de Jaume. La tesis del editor es que en esos trabajos para teatro halló Eliot el lenguaje adecuado para comunicar sus preocupaciones y angustias existenciales y metafísicas. Lo había ya intentado en el largo poema “Miércoles de ceniza” (1930). Pero el darse cuenta de que en el texto teatral confluyen las voces de los personajes, sea que dialoguen o monologuen y a través de esas voces la del autor, de modo tal que el público escucha algo que no le están diciendo de modo directo le dio la clave para el armado de estos poemas, por momentos teatrales, en los que varias voces se entrecruzan. Jaume es prolijo en este rastreo.

PARA POETAS Y TRADUCTORES 
Ya en la introducción, pero más aún en las notas, Jaume es generoso en citas de la correspondencia de Eliot en las que el poeta explica las dificultades técnicas que hubo de enfrentar en la composición de estos textos, así como también de las opciones que fue descartando en el proceso. Obrando de modo coherente, el traductor muestra con generosidad su propio proceso de traducción, y las ganancias y pérdidas en cada opción, tratando de conservar en lo posible, sin traicionarlos, el sentido y sobre todo la sonoridad de los originales ingleses. Y este aspecto, acaso poco interesante para un lector común, es valiosísimo para quienes se acerquen a este volumen desde la condición de poetas y/o traductores.

Como de costumbre, la editorial Lumen presenta un volumen de elegante diseño, bella tipografía y carente de erratas, mérito este último no pequeño, en estos tiempos de creciente descuido editorial.

martes, 15 de agosto de 2017

Miguel Wald vuelve al ruedo y nosotros, contentos

"Nunca tuve un diario íntimo. Nunca escribí un diario de viaje. Nunca fui capitán de una nave, aunque me habría gustado ser el capitán Kirk, el del Enterprise. Mientras tanto, y para ir haciendo tiempo (¿se puede hacer el tiempo, o acaso solo se lo deshace?), voy a ir escribiendo textos para un blog. Algún día voy a tener uno." Esto dice el traductor Miguel Wald en la presentación de su blog, que, inactivo desde el año pasado, vuelve a la carga. Lo hace con una columna subida el 4 de agosto pasado, que, con el título "Otra vez con el idioma" plantea reflexiones como ésta: "Los idiomas son convenciones entre hablantes (no entre teóricos ni entre expertos) y sirven para comunicarse (Steiner dice que en realidá sirven más bien para ocultarse, pero de eso podemos hablar otro día). Si los hablantes convienen (acuerdan) usar tal o cual palabra, tal o cual preposición, tal o cual construcción, y se entienden bien usando esa palabra, preposición o construcción, pues esa será la forma correcta, porque es la que acordaron, explícita o implícitamente, como tal. ¿Para qué sirve tener otra forma a la que llamar correcta? ¿La realidad va por un lado y la corrección por otro? ¿Qué sentido tiene eso?".

Quienes deseen saber más pueden dirigirse a 
http://algundiavuatenerunblo.blogspot.com.ar/


lunes, 14 de agosto de 2017

Anne Carson, otra vez

En una entrada de este blog, correspondiente al 15 de noviembre de 2015, se destacaba la enorme visibilidad que estaba teniendo la poeta canadiense Anne Carson, quien, para entonces, ya había sido muy traducida al castellano. Se anunciaba, asimismo, en ese breve informe, que la poeta chilena Verónica Zondek estaba preparando su traducción de Rec Doc para la editorial mexicana Trilce. Unos meses después, el 21 de mayo de 2016, Aldo Perán (para quien el nombre de los traductores no existe) publicaba la siguiente nota en el periódico La Tercera, de Chile, donde se habla de Eros el dulce-amargo el primer libro en llegar a Chile “de la autora canadiense que amplió las fronteras de la poesía contemporánea y quien ha despertado un reciente interés por difundir en castellano su premiada obra”. En el artículo en cuestión, donde –reiteramos– no hay nombres de traductores, se mencionaba asimismo la finalización del trabajo de Zondek y se cerraba la nota con una breve entrevista a Carson. Rec Doc ya salió, lo cual plantea una buena excusa para volver a ese artículo.

Anne Carson, la belleza de ser poeta

Cuando era tan solo una niña, llegó a sus manos un libro que tenía por título Vidas de santos. Su madre leía versiones abreviadas de clásicos literarios en el Reader’s Digest y su padre tenía predilección por los libros de historia. En una casa abarrotada de libros, esa colección de breves biografías le fascinó tanto que terminó por comerse algunas de sus páginas. Luego, cuando estaba en la secundaria, se interesó por el latín y el griego antiguo. Finalizó los estudios universitarios y Anne Carson comenzó a ser lo que en la actualidad la ha transformado en objeto de admiración -pero también de resentimiento- entre críticos, autores y lectores: una escritora insondable de gran talento.

Nacida en 1950 en Toronto, el centro financiero de Canadá, Anne Carson es hija de una dueña de casa y de un funcionario del Toronto Dominion Bank. Debido al cargo de su padre, y al sistema bancario canadiense, su infancia transcurrió en distintas ciudades de la región de Ontario. Luego, en los 70, ingresó a Clásicas –el estudio de la Grecia antigua y de la civilización romana– en la Universidad de Toronto, para proseguir sus estudios en la prestigiosa universidad escocesa de St. Andrews. A comienzos de los 80 retornó a Canadá para escribir su tesis doctoral, que centró en la obra de la poeta griega Safo. Su investigación finalizó en 1986 con la publicación de su tesis, un estudio interdisciplinario –con un estilo deudor de Ronald Barthes y de la French Theory– sobre la indagación del concepto griego de Eros.

Eros el dulce-amargo, la primera publicación de Carson, acaba de llegar a librerías chilenas en una cuidada traducción. Publicado en Argentina por Fiordo Editorial, este ensayo nos presenta la agudeza intelectual de la escritora canadiense para presentar los orígenes y condiciones en las que surgió el concepto de lo erótico, cuando Safo descubrió que la experiencia de Eros le parecía dolorosa y placentera al mismo tiempo. El eros como falta, como deseo, pero también como electricidad estática y como condición sólo posible para quienes pudieran acceder entonces a la capacidad de leer y de escribir, en una sociedad gobernada por la oralidad. El problema de lo erótico (el amor es una cuestión de control ¿Qué significa controlar a otro ser humano? ¿Controlarse a uno mismo? ¿Perder el control?) está ampliamente documentado e interrelacionado históricamente, y permite al lector ampliar no tan solo su conocimiento de la cultura griega.

Este no es el único libro de Carson que circula en librerías. A principios de 2000, la única publicación de Carson disponible en castellano era La belleza del marido: un ensayo narrativo en 29 tangos (Lumen, 2003). Sin embargo, el panorama ha cambiado, y para mejor. Se han sumado en los últimos años las traducciones de Hombres en sus horas libres (Pre-Textos, 2007), Decreación (Vaso Roto, 2014), la versión chilena de El ensayo de cristal (Cuadro de Tiza, 2015) y recientemente se acaba de publicar en España su libro más célebre: Autobiografía de Rojo (Pre-Textos, 2016). Además, la poeta chilena Verónica Zondek, entregó hace unas semanas a una editorial mexicana su traducción de Rec Doc, una secuela de Autobiografía de Rojo. Este año también se publicará en Chile la traducción de Irony por el sello Alquimia Ediciones. El interés por la obra de Carson se ha transformado, durante el último tiempo, en un asunto de interés editorial a nivel iberoamericano.

¿Por qué tanto interés en torno a su trabajo? ¿Qué hace que una mujer que reescribe mitos griegos y aborda la experiencia mística de Safo y Simone Weil, que cita a Emily Brontë en sus poemas, también a Freud, San Agustín y a Artaud, tenga cada vez más lectores? ¿Será acaso su modo de construir imágenes poéticas? ¿Que sus libros sean una especie montaje incomparable? Es cada vez más común leer en publicaciones extranjeras que es una posible candidata al Premio Nobel. Ya ha sido distinguida con la beca Guggenheim y la prestigiosa beca MacArthur. Fue, además, la primera mujer en obtener el T. S. Eliot Prize for Poetry, entre otros destacados galardones por su obra y por su oficio como traductora. Sucede que además de ser profesora universitaria, Carson es traductora de los clásicos griegos, poeta, ensayista y ha realizado lecturas con performances en NYU. Hace unos meses publicó un texto de ficción en The New Yorker, donde publican regularmente algunos de sus poemas.

Reacia a dar entrevistas, Anne Carson se niega a hablar de su vida y de su trabajo, producto de un obsesivo cuidado por su privacidad, a pesar de que trabaje una y otra vez con sus propios asuntos familiares –la demencia senil de su padre, la muerte de su hermano, el quiebre matrimonial y posterior separación de su primer matrimonio–. Es por eso que ha dado muy pocas entrevistas a lo largo de su trayectoria. Sin embargo, respondió vía e-mail un par de preguntas para La Tercera, en lo que es su primera reacción al interés por su trabajo en lengua española.

–Desde la publicación de Eros el dulce-amargo ha trabajado continuamente en torno a la cultura griega. Como poeta, ¿qué posibilidades le ofrece el griego clásico?
–Para mí, el griego clásico es un lenguaje que no tiene fondo, en el cual puedes viajar hasta las profundidades de las palabras por siempre.

–Safo entendió a Eros –lo dulce-amargo– como una experiencia que cruza la historia de la literatura. ¿Cuánto ha cambiado nuestra visión de lo erótico en relación al pasado?
–No ha cambiado demasiado. Eros sigue siendo sinónimo de ausencia. Sin embargo, pienso que existe una nueva tolerancia para la actividad erótica, entendida como un avance en el amplio espectro de deseos, avance que no se limita a una sola elección de género, o método, o clase de devoción para la actividad erótica propiamente tal.

–A propósito del interés por traducir su obra en lengua española, ¿tiene interés por la obra de algún escritor o poeta latinoamericano?
–Admiro el trabajo de María Luisa Bombal, Heberto Padilla, Rosario Castellanos y Clarice Lispector.

viernes, 11 de agosto de 2017

"Ellos me ignoran y yo me divierto ignorándolos"

Zabaloy y su traducción, con la estatua de Joyce en St. Stephen's Green


Por alguna razón, que ya linda con la coquetería,  Marcelo Zabaloy, el traductor argentino de Ulises y de la versión completa de Finnegans Wake se la pasa diciendo que es un outsider y que los traductores profesionales lo ignoran, razón que, a su vez, lo lleva a ignorarlos. Lo cierto es que, desde 2015 a la  fecha, aparece directa o indirectamente en 16 entradas distintas de este blog –muchísimo más que ningún otro traductor, fue invitado a presentar su versión del Ulises en la Biblioteca Nacional, en el marco de la celebración que hizo el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires por los 70 años de la aparición de la primera edición en castellano –la de Salas Subirat– y fue presentado a Laszlo Erdelyi, director del suplemento de cultura del diario El País, de Montevideo, quien le dedicó nada menos que un número entero, tapa incluida y caricatura de Ombú, el mejor dibujante y caricaturista del Uruguay. Convengamos que o ésta es una manera muy extraña de ser "ignorado" o Zabaloy espera algo más que no queda del todo claro, sobre todo, porque, contrariamente a lo que él supone, ya recibió una enorme atención y su labor, una gran cobertura así como múltiples elogios (más algunas críticas, como no podía ser de otra manera). Así planteadas las cosas, volvemos a publicar una nueva entrevista –otra más con el traductor de Bahía Blanca, está vez a cargo de Julián Doyle. Salió publicada en el último número de The Southern Cross, el periódico de la comunidad irlandesa argentina, y se reproduce acá por gentileza del autor y de Guillermo MacLoughlin, director del periódico.

“Los presos dicen que leen la Biblia para ser mejores. Deberían leer Ulises

Espíritu amateur. Provocador sin provocar. Toda una vida reparando computadoras y haciendo los tendidos de cables de redes de datos. Toda una vida leyendo como hobby. Bahía Blanca. “No tengo pose de escritor ni de traductor. Si a mí me gusta una palabra, la pongo”. Una traducción del Finnegans Wake, un libro aún más desafiante que el Ulises, con diez revisiones antes de entregar el texto definitivo. “Te podrás imaginar cómo me ha quedado el cerebro. No hay argumento, no hay una historia que puedas relatar, es una misma historia contada una infinita cantidad de veces. Y en una línea, donde hay diez palabras, cuatro de ellas no existen. No están en los diccionarios. Estás obligado a crear neologismos”.

El autor de la traducción al castellano rioplatense de dos de las obras fundamentales de James Joyce, tiene seis hijos, anda por los 60 años, una vida made in Bahía Blanca, ex jugador de rugby, y se autodefine como un buscavidas.

A 72 años de la primera traducción al español del Ulises, realizada por el argentino J. Salas Subirat, que también era alguien excéntrico del mundo literario: su mundo era el de la venta de seguros. Gracias al reciente libro de Lucas Petersen sobre la vida de Salas Subirat se supo mucho más sobre una figura ignota e ignorada por el ambiente de los libros. Algo similar le ocurre a Zabaloy, aunque con algunas diferencias de escala. “En el año 1961 yo tenía cinco años. No era habitual que los chicos estudiaran inglés, pero a mi no me costaba, me gustó, se me hizo como un caramelo”.

Recuerda el momento en que, una vez terminada la traducción, su señora le preguntó por qué no buscaba editor. “Yo no sabía, porque por ahí algo te da mucho placer hacerlo y para otro es una porquería. Además estaba muy deprimido. Entonces un domingo a la mañana empecé a escribir por email a las editoriales que encontré en una lista. Adjuntaba el capítulo 15, Circe, el que transcurre en el burdel a medianoche, para mostrar que la cosa iba en serio. Escribí a todas las editoriales en Argentina, México, España. Pero nada. Ni una respuesta. La Asociación James Joyce de Bahía Blanca no pareció interesarse en absoluto; la editorial Ediuns, de la Universidad Nacional del Sur, dijo que no tenía gente para evaluarlo y que si quería podía editarla a mi exclusivo cargo, sin revisar el texto; los diarios y revistas literarias argentinas tampoco se interesaron.

Pero en febrero de 2010, seis meses después, recibió una llamada en Bahía Blanca. “¿El señor Zabaloy? Buenos días, le habla Edgardo Russo”. Trabajaron juntos hasta el 2012, capítulo tras capítulo. “Mientras tanto, como yo necesitaba mi droga, me puse a traducir el Finnegans Wake. En el 2012 tenía el 70% hecho”.

El irlandés Declan Kiberd, autor de la introducción al Ulises más vendida del mundo anglosajón (el de Penguin Classics) contó que Joyce amaría esto, “porque él escribió el Ulises pensando en gente como Zabaloy. Lo hizo para porteros, para guardas de tren, personas con oficios comunes o trabajos mecánicos. Él con el Ulises estaba celebrando a la gente común, a la mujer común. Es realmente un privilegio que el Ulises esté siendo traducido por gente que no proviene del mundo literario. Casi todo el libro se nutre del discurso y el habla común de la gente de la calle”. 

Si Dublín desapareciera de la faz de la tierra, podría reconstruirse entera a partir de las páginas de mi novela, se jactó James Joyce. Hay solo cuatro traducciones del Ulises al español: dos argentinas y dos españolas. La primera de Salas Subirat, la segunda del español José María Valverde (1976), la tercera de los españoles García Tortosa y Venegas (1999), y la última de Zabaloy (2015).  “La primera lectura del Ulises me llevó seis meses, o algo así, porque leía despacio, en la cama con el diccionario en la panza, y eso requiere paciencia. Desde el primer párrafo me sentí perplejo y cautivado. El famoso monólogo de Molly Bloom me llevó un mes o un poco más”.

Para el Ulises, Zabaloy se rodeó de un equipo de expertos, comenzando por su editor, el ya fallecido Edgardo Russo, a los que se sumarían los especialistas Teresa Arijón, Anne Gatschet y Eugenio Conchez, en la traducción y revisión del texto y la redacción de las sumamente pertinentes notas explicativas; se agrega, al final, una tabla comparativa entre las ediciones inglesas, y una francesa, consultadas, pensada sobre todo para los especialistas, y una lista de personajes, útil, ésta sí, para el lector perdido en la selva joyceana. Desde todo punto de vista, una edición cuidada y confiable.

En cuanto a Finnegans Wake Joyce lo publicó en 1939, diecisiete años después de la primera edición del Ulises y dos años antes de su muerte en 1941. La novela, una gigantesca epifanía, arranca con la historia de Finnegan, un albañil que se cae de un andamio y resucita (o se despierta) gracias a unas gotas de whiskey para reencarnarse en el personaje central de la obra: H.C. Earwicker. “En distintos momentos incorpora oraciones e incluso párrafos enteros en 70 idiomas”. Aunque hay traducciones parciales, como la de Víctor Pozanco, de 1993, o la de Francisco García Tortosa, de 1992, esta es la primera traducción al español íntegra del libro.

A 650 kilómetros de Buenos Aires, Zabaloy responde los mails de TSC:

–¿Cómo es la vida en Bahía Blanca, cómo es tu vida en Bahía Blanca, la ciudad cambió mucho en estos años?
–Nací y viví acá toda la vida. Trabajo con uno de  mis hijos en su agencia de viajes un poco en casa y un poco en  la oficina. Los martes voy a la Unión de Rugby y el jueves cocino en el club para la subcomisión.  Los sábados voy a ver a la Primera y a veces  los infantiles o los juveniles. En los ratos libres traduzco algo que me guste, sin encargos por lo general. No quiero trabajar de  traductor. Soy un aficionado. Los traductores son maltratados por las editoriales y yo no tengo ningún interés en dejarme maltratar. Traduje este año El atentado de Sarajevo (Georges Perec) para El Cuenco de Plata pero solo porque adoro a Perec.

–¿Cambió mucho tu estilo de vida después del Ulises, fue un antes y un después para vos?
–Después de leer y traducir el Ulises cambian muchas cosas en el interior de una persona pero no me cambió el estilo de vida.  Tuve la necesidad de seguir con algo que le diera sentido al tiempo libre. Y empecé a leer y traducir Finnegans Wake.
–¿Cómo te sentís cuando leés en las entrevistas que te hicieron cosas como: “No es escritor ni traductor profesional. Ni siquiera es profesor de literatura.”?
–Tienen razón. La figura del outsider no me molesta. Y es genuina. Toco de oído y ni siquiera soy un profesor de literatura. Leo desde que tengo memoria. Escribo y no publico porque el pudor me frena. Traduzco porque me apasiona hacerlo.

–Me pasa seguido encontrar traducciones al español  de libros que me interesan y no poder leerlos por tanto español madrileño presente en el texto. Se complica aún más cuando se trata de ficción.
–Lo que me interesa por lo general lo leo en inglés o en francés. Gracias a Dios, Vladimir Nabokov se auto-tradujo (su hijo y él). Cada lechón en  su teta. Los españoles se mofan de  los argentinos y viceversa. No me da la talla para criticar a nadie.

–¿Cómo fue tu infancia, tu familia viene de la inmigración o no hay conexión con ese tipo de historias de puerto y campo?
–Mi infancia son recuerdos de un patio en calle Alsina y un huerto claro donde madura un limonero. Mis abuelos maternos eran hijos de vascos y franceses escapados del hambre. Nada original. Mis abuelos paternos, uno nieto de alguien impreciso de Aquitania o el país vasco francés y otra nieta de suecos. Es decir, producto netamente argentino. Pero sí, claro, todos inmigrantes. Mi vieja nació en Coronel Pringles y vivió en el campo hasta que se casó. Hice la primaria y la secundaria en escuelas públicas y después estudié dos años de abogacía en la UCA. En 1976 murió mi viejo y volví a casa. Después me casé.

–Dijiste en varias notas que en Ulises está prácticamente todo, que es un libro que te hace mejor persona sin ser de autoayuda.
–Es cierto que está todo. Los presos dicen que leen la Biblia para ser mejores. Deberían leer Ulises. El tiempo no se siente. Es posible que se acelere y acorte penas. De  todo tipo. En todos los sentidos de la palabra pena. Y en todos los sentidos de la palabra tipo.

La cuestión dela infidelidad está muy presente en Ulises y más que nunca en la sociedad actual con sus redes sociales, etc. ¿Cuál es tu visión de este punto en la historia de Joyce y también en paralelo con nuestra sociedad?
–La carta que Bloom recibe en su casilla de correo de parte de una tal Martha Crawford está dirigida a Henry Flower, su apodo. La trampa matrimonial se ajusta a los tiempos que corren. De las palomas mensajeras a la carta con lápiz labial en beso al incitante mensaje de Whatsapp, la esencia no ha cambiado. Hay una urgencia que apaciguar y por el medio más discreto. La tecnología que se inventó para la guerra termina usándose para  los amores clandestinos. A Bloom, víctima y victimario, no le pareció  tan terrible. A Molly, menos. A Joyce, menos que menos. No voy a llevarles la contra.

–¿Para quien nunca leyó nada de Joyce, le conviene arrancar por Ulises o por algo menos extenso?
–Describo mi experiencia. Primero leí un cuento de Dublineses, “Counterparts”, que me encantó. Muchos años después leí todo Dubliners, una maravilla. Después vino  el retrato del artista adolescente. Y mucho después Ulises.

–¿Encontraste un método para trabajar? En una nota decías que le dedicabas diez horas por día de lunes a lunes!
–Es cierto. Encontrar el método quiere decir encontrarle el gusto a la cosa.  Ver que es posible. Que hay un modo de  escribir una frase complicada en otro idioma  y escribirla en castellano sin quitarle la complicación original. Y que quede linda. Que sea agradable de oír. Y entonces cuando leía en voz alta lo escrito y me gustaba había encontrado el método.

Y también es cierto que le dediqué a las correcciones de Ulises entre diez y doce horas diarias durante un año. Leíamos por Skype con Edgardo Russo y  nos reíamos como locos. Fue un placer exquisito y lamento muchísimo que se hayan terminado dos cosas: la vida de Edgardo y la traducción del Ulises.

Es difícil de creer que algún tipo haga esto por nada. Pero no era por nada. Era para que el Ulises se publicara y para ese entonces ya tenía un contrato con El Cuenco. No podría haberse hecho de otra forma. Por otra parte en 2012 ya había decidido retirarme del trabajo de cableados. Había sufrido dos infartos y mi hijo me propuso que lo ayudara con su agencia. Tenía tiempo y la subsistencia asegurada.

A Finnegans Wake le dediqué mucho más tiempo. De los siete años que me llevó traducirlo, cuatro fueron a tiempo completo. Salvo los días que estuve de viaje, el resto los pasé traduciendo, de la mañana a la noche incluso sábados y domingos. La ayuda de  Eugenio Conchez en Ulises y sobre todo en Finnegans Wake trasciende lo humano. Eugenio es una maravilla de persona. Un fulano irrepetible. No hay quien le llegue a los talones en el arte de revisar. Es implacable.

–“Juro por lo más sagrado que jamás espié ninguna de las traducciones al castellano”. No me queda claro si aún hoy no has leído ninguna edición al castellano de Ulises o quisiste decir que en el momento de traducirlo no las tuviste en cuenta?
–No leí ninguna traducción al castellano del Ulises, ni antes, ni durante, ni después de traducirlo. Sí leí y  tuve siempre delante la traducción al francés de Auguste Morel y Valéry Larbaud.

–Salas subirat:“Una obra difícil de entender en inglés tenía forzosamente que desanimar a los traductores. Pero traducir es el modo más atento de leer, y el deseo de leer atentamente es responsable de la presente versión”.
–Nada más cierto. Sin saber nada de Salas Subirat y sin tener la más mínima  intención de traducir el Ulises y que alguien lo publicara hice lo que él hizo. Empecé  traducir para entenderlo mejor.

–¿Cuál fue el principal obstáculo que te encontraste a la hora de traducir Ulises?
–Las primeras hojas de Oxen of  the Sun, una génesis de la literatura inglesa.

–El traductor Matias Battiston decía que tuvo que viajar a Dublin para poder terminar su libro sobre James Stephens, caminar por las calles que nombraba el libro, por los lugares, etc. Como una forma de pesquisar detalles circunstanciales y biográficos que quería incluir.
–Había terminado la primera lectura de Ulises cuando fui a Irlanda por primera vez. Apenas estuve un día caminando por Dublín. Después fui varias veces más pero siempre con grupos así que no tuve mucho tiempo libre. Estuve en Sandycove, en la Torre Martello, etc. Me sirvió  todo lo que había leído antes y durante la traducción. Las visitas a Dublín me provocaron nostalgia de cosas jamás vividas.

–En relación a Finnegans Wake, cómo fue la gestación del libro, tuvo la mística que has contado acerca de tu aproximación a Ulises o lo tomaste más como un “encargo”?
–No hubo ni podría haber habido encargo alguno. ¿Quién encargaría algo así a un outsider? Finnegans Wake, su traducción a lo largo de siete años y sus doce lecturas en voz alta, solo en mi biblioteca, han dejado una huella y en Bahía Blanca hay quienes lo notan y cruzan de vereda cuando me ven. Con Finnegans Wake encontré el método y me hice amigo de Hervé Michel. Este genio ignorado fue mi guía.Y los muchísimo ensayos y libros que leí mientras traducía. Me pasé un mes entero en la BNF en Paris leyendo todo lo que pude sobre la gestación de FW. Esto fue sin beca, por supuesto. Así le encontré la vuelta. Todo fue un goce sublime.

–Hay algo que sobrevuela en todas las notas que leí sobre vos, que es el nivel de corporativimo de los traductores profesionales y de la literatura argentina vista como un ambiente cerrado o sesgado.
–Está bien que así sea. Los literatos y los académicos hacen lo suyo. Cuidan la quinta. No tengo ningún reproche. Son, para mí, mundos ignotos. Ellos me ignoran y yo me divierto ignorándolos. A mí no me da la talla para mito. Salas Subirat fue un héroe absoluto. Me avergüenza que me comparen con él. No tiene sentido. Más allá del honor que me hacen.

–¿Mantuviste contacto con alguien de la comunidad irlandesa en Bahía Blanca?
–La Asociación James Joyce de Bahía Blanca me invitó el año pasado a dar una charla en un salón enorme de la Municipalidad. Ellos pusieron mucho entusiasmo en la difusión. Una bella soprano cantó “Love's old sweetsong”. Lo pasamos muy lindo aun con poca gente. 

–Por último, que enseñanzas te dejó el rugby, crees que sirvieron para darte fuerza a la hora de cambiar de rumbo en un momento de tu vida?
–Soy dirigente del club El Nacional y de la Union de Rugby del Sur. El rugby me dio casi todas las oportunidades que tuve para ir acomodándome en la vida. Por el rugby mantuve vivo mi interés por los idiomas del rugby, el francés y el inglés. Por el rugby conocí muchos países. Sin dudas ambas traducciones son producto directo del rugby.